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"... pero, en calquier caso, ¡el Camino de Santiago existe! y en él se encuentra la magia, el espíritu y la simiente de un mundo nuevo, más humano, mejor y diferente". (Juan)

 

LOS PAPELES DE CÁPARRA

     Cáparra es un lugar lleno de misterio. Allí duermen las ruinas de una vieja ciudad romana. Dicen que allí de noche se escucha el latido de muchas historias antiguas...

     (... la llegada a Cáparra me parece mágica e impactante... La llegada al arco la siento como un momento cargado de magia. El alma se me llena de luz.

     Busco una sombra al lado del arco para sentarme solo. Ahora sí que me apetece saborear un ratito de fresca soledad buscada. De la soledad rica y sabrosa. Que también existe. Remuevo una piedra para sentarme sobre ella. Oigo un ruído metálico. La levanto y veo una caja metálica, parecida a las cajas en las que venía el colacao cuando yo era niño... La cojo. La abro. Dentro hay unos papeles escritos a mano. El primero es un poema.. Luego ojeo otros que contienen relatos breves y una carta de amor. Me parece un hallazgo maravilloso, totalmente mágico... Siento como si me estuviera metiendo dentro de un cuento lleno de magia y misterio.

     Estos son algunos de esos escritos. Poco a poco iré poniendo más...)

I.- ¡Dejate renacer!

 

     Venancio tiene tres hijos. Trabajaba en una empresa, pero ahora lleva ya más de un año en el paro. La crisis se ha cebado con él.

     Su mujer es ama de casa. Ambos han llamado a muchas puertas para pedir para él un trabajo "de lo que sea". Pero la respuesta siempre ha sido la misma: "Lo sentimos mucho, pero en este momento no tenemos nada para usted". Con 60 años es casi imposible conseguir un empleo.

     Por suerte, su hijo mayor, que ya tiene 19 años, ha empezado a trabajar como peón de albañil. Su sueldo es pequeño, pero unido al subsidio de desempleo que todavía cobra su padre, da para ir tirando.

     Hace tres meses el hijo más pequeño de Venancio tuvo una enfermedad grave. Los médicos dijeron que lo más probable era que se muriese. Venancio en ese momento de desesperación rezó a Dios con todas sus fuerzas y se hizo a si mismo la promesa de hacer a pie el Camino de Santiago si su hijo se salvaba.

    El niño sanó. Y Venancio, además de dar gracias a Dios, se dispuso a cumplir su promesa. Salió de Sevilla con 170 euros en el bolsillo, unas zapatillas gastadas, una mochila vieja y dos mudas de ropa.

     El primer día, antes de llegar a Guillena, le salió ya la primera ampolla. Durante varios días caminó solo. Dormía en los albergues cuando los había y estaban habiertos. Y donde no encontraba uno abierto buscaba el porque de una Iglesia para cobijarse durante la noche. Compraba siempre la comida en los supermercados porque le salía más barata que en los bares.

     Siempre se despertaba muy temprano y empezaba a caminar cada día cuando todavía era de noche. Pero esto no le libraba de sufir el riguroso calor de agosto que caía con fuerza sobre su cabeza a partir de la una del mediodía.

     Llevaba una botella de agua de litro y medio y otra de medio litro. Cada vez que veía una fuente las rellenaba.

     Los primeros días tuvo muchas agujetas. Le dolían mucho las piernas por las mañanas al empezar a caminar. Pero en cuanto se íban calentando un poco... el dolor se suavizaba y se hacía más soportable. Le fueron saliendo más ampollas en los pies. Le dolían cada vez que pisaba. Este dolor era mucho más dificil de soportar que el de las agujetas.

     Pero, por encima de todo le dolía la soledad. Caminaba solo durante horas y horas, un día tras otro. A veces, cuando encontraba alguna sombra, se sentaba un rato, y por su cabeza pasaba la idea de abandonar, de rendirse, de dar vuelta y volver a casa... Pero enseguila la desechaba, llevando su pensamiento a su hijo vivo, sano y salvo... Sabía que tenía una promesa que cumplir. Por difícil que fuera, debía seguir hacia adelante...

     Al sexto día se encontró con otro peregrino llamado Andrés, que también llevaba varios días caminando solo. Hicieron juntos durante dos etapas. Andrés hacía el Camino principalmente por razones deportivas. Lo veía como una forma de hacer ejercicio físico. Se encontraba muy en forma. No tenía ampollas ni agujetas ni dolor alguno en su cuerpo. Le gustaba caminar y estaba acostumbrado a hacerlo. Además Andrés reconocía que para él el Camino era también una forma de librarse durante un mes de su mujer, de sus hijos, y sobre todo de sus suegros y de sus cuñados a los que no soportaba. Al cabo de dos días Andrés, viendo que el ritmo de Venancio era mucho más lento que el suyo, y que estaban haciendo etapas mucho más cortas de lo que a él le gustaba, decidió retomar su ritmo y se fue.

     Venancio volvió a quedarse solo, naufragando de nuevo en su soledad, en el extenso mar de Extremadura, bajo el sol cruel de Agosto. Pero al decimonoveno día se encontró con otro peregrino llamado Tomás. Éste llevaba varios años haciendo el Camino, siempre en el mes de Agosto. Y todavía no sabía muy bien por qué lo hacía. La primera vez había ido por pura casualidad, para acompañar a unos amigos. Pero luego le había gustado y estaba enganchado al Camino. Le gustaba tener cada año diez o quince días de silencio y soledad para poder ordenar sus pensamientos, para reubicar su vida y su existencia, y para conocerse mejor a sí mismo. Y eso era lo que buscaba y lo que encontraba en el Camino.

     Tomás no tenía prisa y no le importaba caminar al ritmo de Venancio. Los dos siguieron durante varios días, caminando, a veces juntos, a veces separados, pero siempre reencontrándose al final de cada etapa.

     Un buen día, camino de Zamora, a Venancio (que en ese momento iba solo y mucho más atrás que su compañero Tomas) se le rompió la mochila. Y para colmo se le acabó el agua. Con la mochila rota bajo el brazo, sus dos botellas totalmente vacías, y el sol del mediodía clavándosele en la cabeza... se fue agotando poco a poco hasta que llegó un momento en el que vió que ya no podía más y se sentó, dispuesto a morirse allí mismo si no aparecía nadie para socorrerlo. Pero una vez sentado miró hacia el horizonte y vió como no lejos de allí había una casa, perdida en medio de la llanura solitaria.

     Haciendo un esfuerzo sobrehumano consiguió ponerse en pie y caminar hasta la casa. Pero cuando llegó y llamó a la puerta vio que la casa estaba cerrada y que en ella no había nadie. Se dejó caer al suelo allí mismo, delante de la puerta, derrumbado. Tenía hambre y sed, le dolían las ampollas, las piernas, la espalda... Pero sobre todo le dolía el alma... Y no pudo evitar que los ojos se le llenasen de lágrimas.

     Pasado un tiempo llegó la dueña de la casa. Él pensó que iba a reñirle por estar allí tumbado, con aquellas pintas, o que al verlo iba a asustarse y a echar a correr... Pero no fue así. La señora le saludó amablemente, entró en la casa y volvió inmediatamente con una jarra de agua fresca... Le dió de beber y luego le invitó a entrar y le dio un poco de fruta y le preparó un bocadillo de jamón con tomate.

    Al cabo de un tiempo, cuando ya le vio un poco repuesto, le pidió que le dejase lavarle los pies para curarle las ampollas. Él se negó. Pero ella insistió tanto y con tanta firmeza que al final no le quedó más remedio que aceptar. Una vez lavados los pies, ella se los secó cuidadosamente con una toalla, y cogió una aguja, la desinfectó, y le fue pinchando y vacíando una a una todas las ampollas. Y a continuación, con una jeringuilla, les inyectó betadine, para que no se le infectasen.

     Una vez que hubo terminado de hacerle todas las curas le pidió a Venancio que se acostase en una cama y descansase durante un buen rato. Venancio estaba tan alucinado que accedió, incapaz de negarse a nada.

     Cuando despertó ya había llegado el marido de la señora. Y ambos estaban sentados, conversando tranquilamente mientras hacían tiempo para que él se despertara y comiera con ellos.

     Al terminar de comer, Venancio quiso despedirse para continuar su camino. Pero ellos no le dejaron. La mujer le dijo: "Esta tarde descansas. A la noche te vuelvo a hacer las curas de las ampollas. Duermes en nuestra casa. Y mañana, tempranito te hago de nuevo las curas, y ya te dejo para que sigas tu camino".

     Y así se hizo. Venancio tuvo que pellizcarse variasveces para asegurarse de que estaba despierto y de que aquello no era un sueño ni una alucinación.

      Por la mañana temprano la señora le despertó, le curó de nuevo los pies, le dió un buen desayuno, y le dejó marchar.

     Venancio, al levantarse vio que tenía toda su ropa limpia y metida en una mochila nueva. Esto sí que ya no le parecía posible. Se lo comentó a la señora y ella le explicó con naturalidad que la mochila era de uno de sus hijos y que la ropa se la había metido en la lavadora y en la secadora mientras él dormía.

     Venancio, antes de marcharse, le preguntó a la señora por qué sabía curar tan bien las ampollas. Y ella le explicó que ahora estaba jubilada, pero que antes había sido enfermera.

     Finalmente Venancio les preguntó por qué había hecho todo aquello con un desconocido y ella le contestó que ella y su marido tenían la suerte de tener su casa al borde del Camino y que esto les había permitido socorrer en multiples ocasiones a muchos peregrinos. Que esto a ellos los hacía muy felices, pues así cumplían el mandato evangélico de dar ayuda al que la necesita.

      Venancio le dio un fuerte abrazo a Luz, que así se llamaba la señora, y salió de la casa. Estaba amaneciendo.

     Venancio se sintió inmensamente feliz. El sol empezó a encender el nuevo día con una luz especial y diferente. Sus pies, curados y renovados, besaban con armonía en cada pisada el alma del universo. Y con todo su ser, alma y cuerpo, rezó, dando gracias a Dios y a su hijo por haber obrado juntos el milagro de haberle enviado al Camino. Nunca antes había visto tan claro el sentido de su vida.

     Al medio día se encontró con Tomas en Montamarta y se lo contó todo. Al terminar de escucharle, Tomas le dijo estas palabras: "Empezaste el Camino para cumplir una promesa, con la idea de hacer un enorme sacrificio. Pero ahora el Camino se ha convertido en una bendición para tí, pues está dándole a tu vida un sentido diferente. Has venido con la idea de hacer el Camino, pero ahora es el Camino el que te está haciendo a tí, convirtiendo en una persona nueva. No impidas que el Camino obre en tí este milagro. ¡Déjate renacer!".

 

II.- Pensamientos

     A veces vivimos escapando de vidas que no nos gustan, ocultando nuestros fracasos con mentiras, sin tener la valentía suficiente para romper las cadenas que atenazan nuestras alas y nos impiden volar hacia nuestros sueños.

     Incapaces de construir con valentía una existencia libre, plena y feliz, nos contentamos con pequeñas migajas de seguridad, comodidad o placer.

     Maniatados por nuestros miedos, nos arrastramos sin pena ni gloria hacia la vejez, hacia la tumba y hacia el olvido, sin darnos cuente de que hace ya tiempo que estamos muertos.

 

 

III.- Carta de Pedro a Eva

     Querida Eva:

      Todavía recuerdo con claridad el momento en el que te ví por primera vez. Eso fue hace veinte años. Tú estabas sentada, al lado de tu mochila, a la sombra, bajo el arco de Cáparra. Yo llegaba caminando, muerto de soledad, de calor, de cansancio y de sed.

     Tú me ofreciste agua fresca. Me senté y bebí. Luego volví a mirarte... y me pellizqué para asegurarme de que no estaba soñando.

     Llevaba cinco días caminando solo, sin encontrarme con ningún peregrino.

     Mi guía decía: "En Cáparra no hay nada...". Pero no era cierto. Allí estabas tú, con tu mirada, con tu sonrisa, con tus palabras...

     Verte fue como encontrar de repente y por sorpresa un trozo de cielo en medio de la nada.

     Me senté a tu lado, bajo la sombra del arco. Sacaste de tu mochila un racimo de uvas y me las ofreciste. Sabían a gloria. Nunca en mi vida había probado un manjar tan exquisito. Tú también comiste. Compartimos el racimo mientras jugábamos a mirarnos y a conversar. Si el cielo existe, tiene que ser algo así.

     Tras descansar un buen rato nos pusimos a caminar de nuevo. Juntos. Sin prisas. Hablando. Parecía como si nos conociésemos de toda la vida, como si fuéramos amigos desde la infancia. Nos contábamos nuestras vidas, desnudando nuestros sentimientos más profundos, confiando plenamente uno en el otro, y hablando de corazón a corazón.

     Éramos muy jóvenes entonces. Yo tenía una novia desde hacía varios años. Tú también tenías un novio formal. Pero no podíamos evitar mirarnos a los ojos con ternura, sintiéndonos genial.

     Yo no me había enamorado nunca de una forma tan loca y repentina.

     Caminamos juntos durante siete días. A veces cogidos de la mano. Otras veces uno al lado del otro. Pero siempre con nuestras almas entrelazadas.

     Compartimos agua, comida, hambre, sed, calor, cansancio... Compartimos descansos a la sombra, palabras y silencios, miradas y sonrisas... Compartimos también abrazos, besos y caricias...

     Sentimos como el espacio y el tiempo dejaban de existir mientras nos mirábamos a los ojos con ternura dibujando momentos eternos. Aquellos siete días fueron como un segundo, como un instante fugaz e infinito al mismo tiempo.

     Recuerdo ahora aquel beso que nos dimos al borde de un lago, que empezó cuando se estaba poniendo el sol y que terminó cuando ya la tierra estaba oscura y el cielo lleno de estrellas. Nunca sabré cuanto duró, pero sí se que fue el beso más largo, más intenso y más hermoso de mi vida. Y recuerdo que, al terminar aquel beso, miles de ranas nos aplaudieron con su canto mientras millones de mariposas volaban y bailaban en mi estómago.

     Terminados los siete días, volvimos a nuestras casas. Y al aterrizar tuvimos que elegir entre continuar en el sueño o volver a la realidad de nuestras vidas.

     Y al final pensamos que el sueño era imposible. Nos queríamos tanto y con tanta intensidad que aquello no podía ser real. Era imposible seguir queriéndose así durante mucho tiempo y no morir de amor.

     No pudimos, ni quisimos, romper el sueño, ni borrarlo. Al final decidimos guardarlo en un rinconcito de nuestros corazones, como una joya valiosa.

     Yo me acabé casando con mi novia de siempre. Y tú con tu novio formal. Formamos matrimonios y familias felices. Tu tienes tres hijos. Yo tengo cuatro. Tu le quieres a tu marido y a tus hijos. Y yo le quiero a mi mujer y a mis hijos. Todo nos va bien en la vida.

     Pero yo muchas veces me sigo preguntando qué hubiera sucedido si hubiésemos decidido seguir juntos, viviendo nuestro sueño. Es posible que no hubiéramos podido mantener por mucho tiempo un amor tan intenso. No lo se. Nunca podré saberlo.

     Pero lo que sí se es que aquella que viví contigo fue la locura más apasionada y más bonita de mi vida; y que nunca quise tanto a nadie en tan solo siete días; y que todavía hoy llevo dentro la dulzura de aquellos besos.

     Hoy, veinte años más tarde, estoy de nuevo en el Camino. Ahora mismo estoy otra vez a la sombra bajo el arco de Cáparra. Y miro la piedra vacía en la que tú estabas sentada hace veinte años.

     Cierro los ojos. Respiro. Y siento que todavía te quiero. Siento que un trocito de ti sigue habitando en mi alma. Y no puedo ni quiero evitarlo.

     Abro los ojos y te escribo. Sé que nunca leerás esta carta. Cuando la termine excavaré con mis manos un agujero en la tierra, aquí mismo, al lado del arco, y la enterraré en él. No la escribo para que la lea nadie. Solo la escribo porque lo necesito, porque no puedo evitarlo.

     Escribo para decirle al silencio que aunque sé que es imposible, Eva, yo te quiero. Y para decirle a estas piedras romanas que aunque pasen otros dos mil años, en las raices del mundo, en las olas del mar, y en las caricias del viento... yo siempre te seguiré queriendo.

     Desde el corazón. Pedro.

IV.- El secreto.

      "Da gusto ver como le quieren sus sobrinos", me dijo el doctor Fernández.

     "Sí. Es cierto que me quieren mucho. Pero no son mis sobrinos, ¡son mis hijos!",  le dije.

     Él me miró amablemente, me sonrío, y me dijo: "Tiene usted razón: le quieren como si fueran hijos".

     "Usted siempre bromeando, doctor".

     No había nadie en la habitación. Solo nosotros dos. El doctor Fernandez se puso serio, me miró de nuevo, y empezó a hablarme pausadamente:

     "Amigo Hermenegildo, ¿quiere que hablemos en serio de ese tema?"

     "Claro que sí. ¿Que quiere usted decirme?"

     "Como usted sabe, hace cinco días entró usted en el quirófano y yo y mi equipo le operamos de la próstata. Todo ha salido muy bien. Y dentro de muy poco se va usted a poder ir a su casa.

     En el momento de la operación vimos que tiene usted un problema de nacimiento que hace de todo punto imposible que usted haya tenido hijos. No le dimos ninguna importancia, porque a sus setenta y cinco años no creo que piense tenerlos... No sé si debo contarle esto o si hubiera sido mejor habérmelo callado para siempre"

      Percibí sin duda ninguna que el doctor Fernandez hablaba totalmente en serio y que no tenía ninguna duda de que lo que decía era totalmente cierto.

     A los pocos días me fuí para mi casa, con las próstata curada, pero con el cerebro aplastado bajo la losa de un insoportable secreto. Mi caracter cambió radicalmente y empecé a comportarme de un modo arisco, brusco, seco... Callado y taciturno. Y por mucho que lo intentaba no podía evitarlo.

     Pasados tres meses mi buen amigo Bruno se vino al Camino de Santiago y me trajo con él, casi obligado. "Así dejarás un tiempo en paz a tu familia, que la estás matando con tu malhumor. Y a lo mejor, con un poco de suerte, te curas... o te mueres en el intento". Bruno lo decía medio en broma. Pero yo me lo tomé muy en serio: Morirme sería la mejor solución. Y morir en el Camino, haciendo sacrificios y penitencia, no me parecía una mala opción.

***

     Después de varios días Caminando por Sevilla y Cáceres, por la Vía de la Plata, bajo un sol de justicia, ahora estoy aquí, en Cáparra, a la sombra del arco, reflexionando sobre mi vida.

     Tengo setenta y cinco años. Una mujer, Pepa, que toda la vida me quiso con locura. Me dió siete hijos. Me cuidó. Me mimó. Me escuchó. Me apoyó y me animó en los momentos duros. Sonrió y disfrutó conmigo en los momentos alegres. Y que me hizo feliz. Todo lo feliz que se puede ser en este mundo.

    El tiempo ha ido pasando. Los hijos se han casado. Tengo ya veintitrés nietos. El mayor ya terminó la carrera y ya está trabajando. Y la más pequeña tiene solo un año y pico. Todos me adoran y a todos los quiero con locura.

     Pepa ahora tiene alzheimer. Hace diez años que le empezaron los primeros síntomas. Desde hace dos años ya no conoce a nadie. Tenemos que cuidarla como si fuera un bebé. Pero lo hacemos con amor y con todo el cariño del mundo. Ahora está viviendo en casa de nuestro hijo Manolo y de nuestra nuera Silvia. La quieren y la miman como a sus propios hijos. Es algo por lo que les estaré eternamente agradecido, especialmente a mi nuera, que al fin y al cabo no es de nuestra sangre y no tiene obligación ninguna de sentir cariño por nosotros...

     He trabajado mucho a lo largo de mi vida para sacar adelante a mi familia. En algunas épocas he tenido que bregar muy duro. En la posguerra era muy dificil conseguir comida para tantas bocas. Pero, gracias a Dios, nunca nos ha faltado el pan.

     Ahora, ya jubilado, estaba disfrutando de una vejez serena y pacífica. Disfrutando del cariño de toda mi gente. Daba mi vida por vivida y completa. Y ya no esperaba nada de ella. Me sentía con las manos llenas. Feliz y dichoso. Y dispuesto a gozar sin grandes sorpresas de los días o años que Dios me quisiera todavía regalar.

     Pero la revelación del Doctor Fernández me rompió todos mis esquemas. Nunca se sabe las sorpresas que te puede dar la vida en cualquier momento.

     Por supuesto que no me lo creí así ciegamente a la primera. Unos días depués de salir del hospital fui (en secreto) a un médico privado para que me examinase y me dijese si él creía que yo podía haber tenido algún impedimento para tener hijos. Después de mirar y remirar él me confirmó tajantemente el mismo diagnóstico: "tiene usted un defecto innato que hace totalmente imposible que usted vaya a tener hijos... Y, por supuesto, también es imposible que usted los haya tenido en ningún momento. ¡Puede usted estar tranquilo!"

     Le pagué la consulta y me fuí. Pero desde luego que no me fui "tranquilo". Es impresionante lo ciegos que pueden ser a veces algunos "especialistas". ¿Como me pudo decir "puede usted estar tranquilo"? ¿Es que no me veía la cara...

     ¿Cómo puede estar tranquilo un hombre al que de pronto le dicen que sus siete hijos no son sus hijos, que sus veintitrés nietos no son sus nietos, que toda su vida la ha dedicado a trabajar y a sacrificarse para dar de comer a unos hijos que realmente no son sus hijos? Toda la vida se volvió absurda de repente. Y las manos que yo creía llenas, quedaron de repente totalmente vacías...

     Pensé que, dado que todo se había vuelto absurdo de repente, la única opción era el suicidio. Estaba claro. Pero me quedaba una duda: debía morirme llevándome para siempre mi secreto a la tumba o debía contarlo de algún modo? ¿Cómo? ¿Dejando una carta escrita? ¿O reuniendo a toda la familia y contándoselo serenamente antes de suicidarme?...

     En estos pensamientos andaba cuando Bruno me arrastró al Camino. Y estos pocos días que llevo aquí ya me han servido para cambiar mi decisión primera: ya he llegado a la conclusión de que no quiero suicidarme. Quiero seguir viviendo. Sea como sea y cueste lo que cueste.

     Pero ahora me queda por resolver la segunda cuestión: ¿Qué hago con mi secreto?

     Esta mañana, caminando durante veinte kilómetros a través de la áspera soledad de estos parajes, se me ha ocurrido una solución.

     No sé si es la mejor. Pero es la que voy a seguir. En realidad es la que ya estoy siguiendo. Es la que ya estoy a punto de concluir.

     Escribir mi historia en este pequeño cuaderno. Hacer un agujero en la tierra, aquí mismo, al lado del arco de Cáparra, y enterrarlo. Así de simple. No me voy a llevar mi secreto a la tumba. Sino que voy a enterrar mi secreto, para que sea él el que se muera, y para que yo pueda seguir viviendo...

     Al fin y al cabo... ¿qué es lo que importa: el semen o el amor? Mi mujer me ha querido siempre. De eso no me cabe ninguna duda. Y sabía muy bien que yo quería tener hijos. Y me ha dado siete. ¿Importa algo que el semen fuera mío o fuera ajeno?

      Mis hijos y mis nietos me quieren con locura. Y yo les quiero a ellos. ¿Qué diablos importa de quién fuera el semen? Además se parecen a mi: eso lo dice todo el mundo. Y todos han salido buenos y trabajadores, como su padre, como su abuelo...

     Y en cuanto a Pepa...

      Siempre me ha querido. Y siempre me lo ha demostrado. Si estuviera bien seguro que tendría alguna forma de explicármelo todo... Pero ella ha enterrado ya su secreto en el alzheimer. Y yo voy a enterrar el mío, para siempre, aquí mismo, al pie del arco...

     Pepa, ¡te sigo queriendo, de verdad, de corazón, igual que siempre!

 

V.- Amor en el Camino

      Tengo cáncer. Todavía no se lo he dicho a nadie.

     Le he pedido al médico que me hablara claro. Que me dijera toda la verdad. Me preguntó si había venido con algún familiar. “No. He venido yo sola”. Dudó un poco. Le insistí: “Quiero saber toda la verdad”. Cerró los ojos. Respiró hondo. Al final habló.

     “El cáncer de mamá no es necesariamente mortal. Muchos casos se curan. Las estadísticas son muy buenas. Pero, por desgracia, el tuyo está ya muy avanzado. Podemos operarte. Podemos intentarlo. Va a ser muy difícil. Y va a ser muy duro. Y es posible que al final no consigamos nada”.
Tragué saliva. “Está bien. Me pongo en sus manos. Quiero intentarlo. Quiero luchar. Tengo una hija”.
Sonia va a cumplir siete años la semana que viene. Es un cielo de niña. Alegre. Divertida. Ocurrente. Ingeniosa. Creativa… Es una niña feliz, aún a pesar de no tener padre.

     “Si quieres que lo intentemos tenemos que actuar con rapidez. Te opero el martes que viene, por la mañana. Tienes que estar en el Hospital a las nueve para el ingreso. Hoy es jueves. Mañana, viernes, a las diez de la mañana vente por aquí que tenemos que hacerte unas pruebas”.

     Justo el martes es el cumpleaños de mi hija. Tengo muy pocos días. Antes de que me durmieran con la anestesia me gustaría dejar aclaradas dos cosas. Tengo dos dilemas que todavía no sé como resolver..

     El primero es si le digo o no a mi hija que tengo cáncer. Siempre he sido partidaria de decir la verdad. Ni siquiera la he engañado contándole lo de los Reyes Magos. Le he dicho la verdad en todo, menos en una cosa. Una sola excepción, pero muy grande y muy pesada. Nunca le he dicho quién es su padre..

     Y este es mi segundo dilema: ¿Debo decirle a Sonia quién es su padre? ¿Acaso sé yo bien quien es su padre? .

     Era el año 2002. Empecé el Camino de Santiago en Roncesvalles, con una amiga. En Larrasoaña, al final de nuestra primera etapa, conocimos a dos chicos australianos. En aquel pueblo solo había un bar. Y allí estuvimos comiendo. Como solo estábamos nosotras y ellos decimos unir las mesas y comer juntos. .

     Nada más sentarnos nuestros ojos se encontraron. La primera mirada fue alucinante. Me hizo estremecer el alma entera. Desde ese mismo instante quedé completamente enamorada. Nunca me había sucedido algo así… .

     Se llamaba Robert. Para él era también su primer día en el Camino. Estaba cansado, pero feliz. Yo me sentí envuelta en una nube de felicidad. De primero lentejas. De segundo conejo guisado. Agua para beber. Natillas de postre. Y como regalo de la casa una copita de pacharán. Esa comida me supo a gloria. Todavía sigo sonriendo y notando como se me acelera el latido del corazón cada vez que la recuerdo….

     Después de comer vino la tarde de tertulia. Llegaron algunos peregrinos más que se unieron a nosotros. A la noche en el albergue estábamos unos veinte. .

     Al día siguiente empezamos a caminar muy temprano. Todavía era de noche. Me dolían las piernas. Pero apenas notaba el peso de la mochila. Me sentía ligera y feliz. Caminamos juntas, mi amiga Claudia y yo durante bastante rato. Por cierto, me acabo de dar cuenta de que todavía no he dicho mi nombre. Yo me llamo Nuria..

     Ya había amanecido y empezaba a asomar la sonrisa del sol tras una montaña lejana cuando vimos unas silvas cargadas de apetitosas moras. Nos paramos a coger unas pocas. Estaban muy ricas. Y en ese momento aparecieron Robert y su amigo Peter. Caminaban ligeros, como si estuvieran jugando. Casi como si no pisaran el suelo. Se pararon con nosotras. Compartimos con ellos las moras. Y estuvimos un buen rato riendo sin parar, casi sin saber por qué….

     A partir de ahí ya formamos grupo y casi no nos volvimos a separar en todo el camino. Peter y Claudia se lo pasaban muy bien juntos. Charlaban. Reían. Se notaba que había entre ellos un bonito sentimiento de amistad, sin ninguna otra complicación. .

     Entre Robert y yo se estableció desde el primer momento un sentimiento más intenso. Al tercer día nos lo confesamos. Él también se había enamorado de mí. A nuestros veintibastantes años parecíamos dos adolescentes que caen en las redes de su primer enamoramiento… .

     Pero nos sentíamos muy a gusto. Y no veíamos ninguna razón para prohibirnos esa felicidad que nos había caído del cielo, sin esperarlo. .

     Tuvimos también nuestros pequeños sufrimientos. Ampollas. Agujetas. Momentos de calor y de sed. Pero apenas nos importaba. Lo esencial era el hilo de luz que entrelazaba nuestros corazones...

     El día que llegamos a Frómista ya no quedaba ni una sola plaza en el albergue. Nuestros amigos habían llegado dos horas antes y sí que habían pillado una litera. Pero cuando nosotros llegamos ya no quedaba ninguna cama libre. Tampoco nos permitieron dormir en el suelo como otras veces… Pensamos en dormir en la misma puerta de la Iglesia de San Martín. Pero al final echamos cuentas y vimos que todavía podíamos permitirnos buscar un hostal. Encontramos una habitación doble a buen precio en el Hotel Doña Mayor. .

     Llegamos a Santiago el día 27 de agosto. Al día siguiente nuestros amigos australianos cogían el avión. Les acompañamos hasta el aeropuerto. Nos despedimos. Antes de que el avión empezara a volar, ya estaba yo llorando como una magdalena. Me bajaban lágrimas enormes por las mejillas. Me las recogía con la lengua. Y me sabían a gloria. A pesar de estar llorando de aquel modo, por dentro me sentía inmensamente feliz. Acababa de vivir la locura más feliz y más intensa de toda mi vida..

     Nos sentamos en un banco. Acaricié la pequeña libreta donde había anotado el teléfono y el mail de Robert y de Peter y la guardé con cuidado en el bolsillo lateral de mi mochila. Ellos no habían apuntado nuestros datos. Habíamos quedado en que sería yo la que escribiría primero. Claudia tampoco había apuntado nada. Ella siempre prefiere vivir las cosas en el momento y guardar los recuerdos directamente en el corazón. Por eso nunca hace fotos. Dice que la magia hay que vivirla en cada momento y que no sirve de nada intentar revivirla más tarde. .

     Volvimos en autobús a Santiago. Dimos un paseo por la ciudad. Y buscamos la estación de trenes. Esa noche teníamos previsto viajar en tren hasta Madrid. Y dos días después cogeríamos el avión rumbo a Canadá. La vuelta a casa se me hacía muy extraña. .

     El tren llegó con una puntualidad más británica que española. Subimos. Buscamos nuestro compartimento. Dejamos nuestras mochilas. Fuimos a la cafetería para cenar algo. Al acabar de cenar nos dimos un abrazo muy grande. No sabíamos por qué, pero nos apetecía abrazarnos. “Estamos como cabras”, dije. Claudia se limitó a encogerse de hombros y a sonreír..

     Volvimos al compartimento. Estuvimos charlando un largo rato. Era ya muy entrada la noche cuando nos venció el sueño y nos quedamos dormidas..

     Los altavoces que anunciaban la llegada a Madrid nos sacaron de nuestro limbo. Nos desperezamos. Buscamos nuestras mochilas… ¿?. ¡Santo cielo! ¡No estaban! Buscamos al revisor. Pero no pudo hacer nada por nosotras. Nos aconsejó que al bajar fuésemos a la Policía a poner la correspondiente denuncia. Así lo hicimos. Pero de nada nos valió. Probablemente quien nos las hubiese robado habría bajado en alguna estación anterior a la de Madrid… .

     ¿Quién podría tener interés en robar unas mochilas llenas de ropa sucia? ¡Si ni siquiera estaba allí el poco dinero que nos quedaba! El money y nuestros documentos de identidad quedaron, por suerte, en nuestros bolsillos. .

     Entonces… ¿ningún problema? Sí. Para mi había un problema muy grande. La libreta. La pequeña libreta donde tenía apuntados el mail y el teléfono de Robert. “Por favor, que aparezca la libretita. Todo lo demás me da igual”. .

     Pero no. La libretita no apareció. Intentamos hacer memoria. Pero ninguna de nosotras dos conseguía acordarse con precisión del mail ni del número de teléfono de ninguno de nuestros dos amigos. ¡Qué desastre!.

     Volvimos a nuestras casas. Y a nuestra vida normal. Al poco de llegar, reanudé mis clases de francés en el instituto. Me pareció que los alumnos me miraban de un modo diferente. Alguno me decía: “Profe, está usted muy guapa. Le han sentado muy bien las vacaciones”..

     Noté que se me estaba retrasando la regla. Decidí hacerle una visita al ginecólogo. “No sé si te voy a dar una sorpresa: estás embarazada”. Se me puso cara de tonta. En ningún momento se me había pasado por la cabeza esa posibilidad. .

     Me volví a mi casa y me puse a pensar. Nunca en mi vida había pensado con tanta profundidad. Es como si estuviera pensando desde muy adentro, desde las raíces centrales de mi ser… Tras el primer momento de incredulidad, pasé a otro de susto y de agobio. Pero pronto decidí que eso no me servía para nada. Era necesario ver los caminos posibles y elegir el correcto… .

     La primera opción que se me vino a la cabeza fue la de abortar. Era la solución más sencilla. Un pequeño trámite y fin del problema. .

     Pero algo en lo más profundo de mi ser me decía que no, que no podía matar una vida que era fruto del amor más intenso de mi vida. No. No era un embarazo no deseado. Es cierto que no lo había buscado. Que había sido una casualidad. El azar. El destino. ¿Qué se yo? Si hubiéramos encontrado plaza en el albergue de Frómista… Si ese día no nos hubiéramos quedado dos horas charlando, sentados, con los pies metidos en aquel lindo regato… Si hubiéramos llegado con nuestros amigos al final de la etapa y no dos horas más tarde… Si nos hubieran dejado dormir en el suelo… Si yo hubiera aceptado el ofrecimiento de Peter que me dejaba su litera diciendo que a él no le importaba dormir en el suelo, fuera, delante de la puerta de la Iglesia… Si… .

     Pero Frómista ya había quedado atrás. Ahora estaba en mi casa, sentada en el sofá, y tenía que mirar hacia delante… Y tenía que decir qué hacía con una pequeña vida que latía dentro de mí… Si decidía seguir hacia delante mi vida iba a cambiar por completo… De chica libre y sin ataduras… a madre soltera… Si al menos vivieran mis padres… Pero aquel maldito accidente de avión les había sacado anticipadamente de este mundo… De eso habían pasado más de cinco años… Pero ahora sentía su ausencia con más fuerza que nunca… .

     Y había otra cosa que me agobiaba también mucho. ¿Cómo podría localizar a Robert para decirle que iba a tener un hijo? No es que pensase en exigirle nada. No tenía ninguna intención de complicarle la vida. Pero sí quería decírselo. ¿Cómo iba a traer un hijo a este mundo sin que su padre lo supiese?.

     Decidí salir a dar un paseo para respirar hondo y llenar mis pulmones de aire fresco. Mientras caminaba sola, a la vera del río, mis ideas se fueron aclarando. Cuando volvía a casa ya tenía mi decisión tomada: seguiría adelante con mi embarazo. Y traería al mundo el fruto de mi amor. Intentaría por todos los medios buscar la manera de localizar a su padre para contárselo. Aunque tuviera que pedirle a Dios un milagro. .

     Me dormí tranquila. Y al día siguiente, mientras me duchaba, supe que mi decisión era firme y que me llenaba de felicidad. Una nueva sensación nunca sentida anteriormente me invadió por dentro, inundando todo mi ser… .

     El embarazo discurrió con total normalidad. Mi única preocupación era buscar la manera de contárselo a Robert. Claudia fue la primera en enterarse de la noticia. Se lo solté a bocajarro el primer día que la vi. Primero se quedó de piedra, con la boca abierta durante un buen rato. Y a continuación me dio un abrazo igual que el que me había dado en Santiago, en el aeropuerto… Y las dos empezamos a reírnos como tontas… .

     Cuando le conté que pensaba seguir adelante con mi embarazo me miró con ternura y me dijo: “Estás loca, pero me parece bien. Cuenta conmigo” “Necesito contárselo a Robert” “Buscaremos la manera. Algo se nos ocurrirá”..

     Fueron pasando los meses. Un día el ginecólogo me dijo: “es niña”. Y yo pensé: “Le llamaré Sonia. Es un nombre que siempre me ha gustado desde que leí no recuerdo cual libro de Fedor Dostoievski en el que uno de los personajes se llamaba así. Tengo un recuerdo impreciso porque eso sucedió hace mucho tiempo”. .

     Sonia nació el diez de mayo de 2003. El parto fue natural. Sin complicaciones. .

     En sus tiempos de bebé se portó maravillosamente bien. Comía a sus horas. Y dormía como una bendita. Apenas lloraba. Y cuando lo hacía resultaba tan graciosa que daban ganas de reír y de comérsela. .

     Ya de niña era alegre y divertida. Es cierto que alguna vez me preguntaba quién era su padre. Y yo le sonreía y le decía: “ya te lo explicaré cuando llegue el momento”. Con esto ella parecía darse por satisfecha y seguía jugando, sonriendo, y disfrutando de su infancia feliz..

     Y para mi los años que pasaron desde que ella nació fueron también tiempo de felicidad y plenitud. Me sentí totalmente identificada con mi papel de madre. Y supe combinarlo bien con mi trabajo.
Solo una espina me seguía lastimando dentro: el no encontrar la manera de contarle todo esto a Robert..

     En el fondo seguía enamorada de él. Y cada vez que abrazaba a mi hija estaba sintiendo junto a mí el latido del corazón de Robert… Era una forma de amor realmente extraña, que no sabía explicar, y que realmente ni yo misma entendía muy bien….

     Pero ahora el cáncer lo cambia todo. Si me muero ¿quién cuidará de mi hija? .

     Tengo que volver a pensar con mucha intensidad. Otra vez estoy en una encrucijada. .

     Es jueves por la tarde. Me quedan pocos días. Pocas horas. El próximo martes me operan. ¡Justo el día en que mi hija va a cumplir siete años! ¿Qué hago?.

     El jueves por la tarde decido olvidarme de todo y limitarme a disfrutar con mi hija y a decirle bien claro lo mucho que la quiero..

     Pero el viernes por la tarde decido ya coger el toro por los cuernos. Llamo a mi amiga Claudia y se lo cuento todo. Y casi sin darle tiempo a reaccionar le pido a mi hija que deje de jugar y que venga a charlar un rato con nosotras y empiezo a explicarle las cosas con calma. .

     Primero le cuento mi peregrinación por el Camino de Santiago, mi enamoramiento de un chico australiano llamado Robert, nuestra llegada a Frómista cuando el albergue estaba lleno, nuestro hospedaje en el Hotel Doña Mayor, un lugar muy bonito y acogedor donde ella empezó a existir… Le cuento el resto de nuestro Camino, nuestra despedida, nuestro viaje en tren, el robo de nuestras mochilas y de mi pequeña libreta… Contesto sinceramente a todas sus preguntas… Y ella queda contenta y satisfecha… .

     Ahora falta la segunda parte. Esta quizás sea más difícil de contar y de explicar. Cierro los ojos y respiro hondo..

     “Hija, todavía tengo otra cosa más que contarte”. Y le digo que he ido al médico. Que me tienen que hacer una operación. Que va a ser el martes, el día de su cumpleaños, porque es urgente. Que Claudia se va a quedar con ella ese día. Que la operación va a ser muy complicada. Pero que vamos a querernos mucho y que todo va a salir bien. .

     Le caen las lágrimas. Musita: “mami, te quiero mucho, y no me importa quedarme sin celebrar mi cumpleaños. Lo que me importa es que no te mueras y que sigamos siempre juntas. Mami, ¡prométeme que no te vas a morir!” .

     Ahora soy yo la que me pongo a llorar como una fuente. No puedo evitarlo. Nos abrazamos. Y lloramos juntas. .

     Al cabo de un rato nos separamos y Sonia me mira y me dice: “Tenemos que buscar a papi. Podemos intentarlo por Internet”..

     “¿Cómo no se me había ocurrido antes?”, dice Claudia. Esta noche lo voy a intentar..

     Esa noche me resulta muy difícil conciliar el sueño. El sábado por la mañana todavía estoy en la cama cuando aparece Claudia con un portátil en la mano. Lo enciende. Lo he encontrado en el Facebook. Le he enviado un mensaje. Pero todavía no me ha contestado. Juntas miramos al ordenador. Estoy como embobada. Veo su foto. ¡Es él! Alucino. .

     Me froto los ojos. ¡Estoy despierta! ¡No estoy soñando!. Pero no soy capaz de acabar de creérmelo. De pronto, allí mismo, en ese mismo instante, mientras estamos viendo su foto, nos llega un mensaje: “Robert ha aceptado tu solicitud de amistad” ¡Es él! ¡Está ahí! ¡Está conectado! ¡Está al otro lado!.

     Claudia le envía un mensaje al instante: “Soy Claudia, del Camino de Santiago, tengo aquí a mi lado a Nuria, que quiere saludarte y hablar contigo”..

     Robert contesta: “¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo! ¡Ya pensaba que nunca más iba a saber nada de ella! ¿Por qué no me habéis escrito hasta ahora?”.

     Estoy totalmente aturdida. El corazón me late con tanta fuerza que parece que quiere salírseme del cuerpo. .

     Claudia sigue escribiendo: “Si quieres danos tu número de teléfono y te llama Nuria y te lo explica todo. Tiene muchas cosas que contarte”.

     Robert responde al instante: “679679679. El prefijo de Australia es el +61”.

     Claudia coge su móvil y marca al instante. Me lo pasa. Se me hace un nudo en la garganta. Soy incapaz de hablar. .

     Es Robert el que habla primero. “¿Nuria?” “Sí… soy yo… pero casi no soy capaz de hablar…” “¿Cómo estás, Nuria? ¡Te he echado tanto de menos!..”.

     Esta frase y el oír su voz amistosa me dan fuerzas. Respiro hondo. Me siento. Y empiezo a explicarle. Él escucha con atención. Se lo cuento todo. Como nos robaron las mochilas. Como me enteré de que estaba embarazada. Como decidí seguir adelante con el embarazo. Como nació Sonia. Como es….

     Lloramos juntos un buen rato. Juntos a pesar de los miles de kilómetros que nos separan. Juntos a pesar de llevar más de siete años sin vernos… .

     Él me cuenta que sigue soltero. Que nunca ha vuelto a querer a nadie del mismo modo. Que cree que en realidad me sigue queriendo a mí. .

     “Pues ahora lo mejor para ti es que me olvides, porque es muy probable que me muera. Tengo cáncer”, le suelto a bocajarro. .

     Silencio..

     Nos quedamos un rato muy largo en silencio..

     “¿Robert?”.

     “Ahora soy yo el que no puedo hablar, Nuria. Me he quedado helado”. .

     Silencio de nuevo..

     Poco a poco retomamos la conversación..

     Me dice que a pesar de todo se alegra de haberme reencontrado. Que va a coger el primer vuelo en el que encuentre billete. Y que vamos a luchar juntos. Por mí. Por nosotros. Y por nuestra hija..

     Lloro. Lloramos..

     Me pide mi teléfono y mi dirección. Se los doy. Nos despedimos. Miro el reloj. Son las once. Ha sido una breve conversación de dos horas..

     Me vuelvo a frotar los ojos para asegurarme de que no estoy soñando..

     Claudia me abraza..

     Sonia se despierta. Decidimos pasar el día juntos. Los tres. Y somos intensamente felices. Extrañamente. Incomprensiblemente.

     Claudia se queda a dormir en mi casa. Y el domingo lo pasamos también los tres juntos. Nunca antes había sentido con tanta fuerza el valor de la amistad. .

     El domingo a la noche Claudia me pide que la deje quedar también en casa a dormir. .

     El lunes a las siete de la mañana llaman al timbre. Claudia se levanta para abrir. “¡Robert!”. Salto de la cama. Voy corriendo. Enciendo una luz. Nos miramos a los ojos. Y nos abrazamos. Intensamente. Como si fuera el primer abrazo de nuestra vida. Y como si fuera el último. Como si fuera el único abrazo posible en toda nuestra vida..

     “Te quiero, Nuria”. .

     “Te quiero, Robert. Gracias por venir. Pero no quiero complicarte la vida. No tengo derecho a ello. Quiero que te sientas totalmente libre para irte en cualquier momento”.

     “No quiero irme nunca. Quiero estar siempre contigo. Eres la fuerza más grande que mueve mi vida. Lucharemos juntos, no lo olvides” .

     Sonia se despierta. “¿Qué pasa, mamá?”. “Ha venido tu papi” “Yupiiiiiiiiiiiiii”. Salta de la cama. Viene corriendo. Y se abrazan sin ni siquiera tener tiempo de mirarse”. Tras un buen rato se separan y se miran. “Déjame que te vea, hija” “Qué guapo eres, papi”. “Tu sí que eres guapa, hija mía. Te quiero mucho”.

     Ese lunes es uno de los días más intensos de mi vida. Me parece imposible que mi corazón aguante sensaciones tan fuertes. Nunca antes había sentido con tanta intensidad el sabor agridulce de la vida: estoy en vísperas de que me operen y me reencuentro con el amor de mi vida tras más de siete años de separación. ¡Qué fuerte!.

     ...

     “La operación ha salido bien y ya está empezando a despertar de la anestesia”, les dice el médico a Robert, a Sonia y a Claudia..

     Me hablan, pero apenas oigo. Estoy medio adormilada. A ratos me despierto y a ratos me vuelvo a dormir… Así paso no se cuantas horas… Después empiezo a sentir muchos dolores… Paso una noche horrorosa… .

     Pero al día siguiente ya empiezo a sentirme algo mejor. De repente les veo a todos felices. “¿Qué pasa?” “Es que has sonreído. Has vuelto a sonreír. Empiezas a ser nuevamente tú”. .

     Según van pasando las horas me voy sintiendo mejor. A los diez días me dan el alta y me mandan para mi casa. .

     Sé que tendré que volver. Ya me lo han contado. Que me pondrán quimioterapia. Que tendré que luchar mucho y muy fuerte para sobrevivir. Pero lucharé. Tengo muchas razones para ello. Tengo tres argumentos muy importantes para sobrevivir: Robert, Sonia y Claudia. El amor. La maternidad. Y la amistad. .

     Empieza la quimioterapia. Los médicos no son optimistas. Dicen que es realmente un caso muy difícil. Robert les contesta: “Con que no sea imposible nos es suficiente”. Siento su fuerza y su apoyo en todo momento. Y eso me da mucha energía..

     Un año y medio después vuelvo al Instituto. Todos me reciben con alegría. Están al corriente de lo sucedido. .

     “Profe, le queda bien el pelo corto”, me dice un alumno. Sonrío. “¿Queréis que os cuente lo que me pasó?”, les digo. “Sí, profe, aunque ya lo sabemos más o menos, preferimos que nos lo cuente usted misma”, dicen. “Vale, pues hoy no hay clase. Os voy a contar. Si alguno quiere puede marcharse ya para el recreo”, les digo. Y les cuento. Nadie se mueve de su asiento. .

     Al final termino: “Pero ahora ya ha pasado todo. Y los médicos me dicen que ya lo he superado. Y me han dado el alta. Dentro de un mes Robert y yo nos vamos a casar. Espero veros en la Iglesia y en el pincho que se servirá después”.

 

VI.- Acariciando la magia

      Daniel. Treinta y tantos años. Ingeniero de telecomunicaciones. Con un puesto de mucha responsabilidad en una empresa importante. Un buen sueldo. Y además un importante patrimonio heredado. Éxito profesional. Solvencia económica. Y, además, con un buen cuerpo y una cabeza lúcida y equilibrada. Un hombre física y mentalmente de muy buen ver.

     Soltero. Un soltero de oro. Un buen partido. En su camino se había encontrado con muchas mujeres. Algunas de ellas le habían gustado de verdad. Incluso había dos a las que había querido intensamente. Quizás ellas también le habían querido. Pero él siempre había llevado dentro la misma duda: me quieren a mí o a mi dinero.

     Y en cierto modo esta duda había estado en todo momento “arruinando” su vida. Nunca se había entregado plenamente a nadie. Había dado parcelitas de su cuerpo y de su corazón. Sus labios. Sus besos. Sus caricias. Había compartido trocitos de amor… Pero nunca se había entregado plenamente y sin reservas. El miedo y la duda se lo habían impedido. Y esto le había impedido ser feliz.
Aparentemente lo tenía todo en la vida. Pero en realidad le faltaba algo esencial: la capacidad de entregarse plenamente sin reservas, sin cálculos y sin límites, la capacidad de amar con locura y sin medida. Su razón había dominado siempre su corazón. Lo tenía casi todo, pero le faltaba lo esencial: amar y ser feliz.

     Necesitaba hacer un alto en su ajetreada vida. Parar. Apagar el móvil. Hacer silencio. Empaparse de soledad. Encontrarse consigo mismo. Conocerse. Quería buscar la manera de cambiar el rumbo de su vida. Menos éxito y más felicidad: esta era la fórmula. Había que encontrar la manera de aplicarla.

     Como todos los años había llegado agosto: su mes de vacaciones. En muchas ocasiones, había renunciado a todo o parte de sus vacaciones. Por necesidades de la empresa. Le necesitaban. Razones importantes, imperiosas, urgentes… Nadie podía hacerlo por él. Claro que se lo pagaban bien. Por cada día de vacaciones a que renunciaba le pagaban cuatro veces más que por un día normal de trabajo.
Pero se había dado cuenta de que dinero era lo que a él le sobraba. Este año pensaba disfrutar sus vacaciones íntegras, sin renunciar ni a un solo día.

     Y para empezar, había cogido una bici y se había ido a Roncesvalles, decidido a gastar los primeros quince días de sus valiosas vacaciones haciendo el Camino de Santiago. Sólo. Sin amigos y sin sirvientes. Porque eso era lo que quería: estar solo y encontrarse consigo mismo.

     Y quería hacer el Camino durmiendo en albergues y gastando poco dinero. Como un peregrino cualquiera.

     Habitualmente hacía deporte. Pero pronto se dio cuenta de que el Camino era un poco diferente. En cierto modo más exigente. En muchas ocasiones tuvo que bajarse de su bici y llevarla de la mano para poder subir cuestas empinadas. Y en alguna bajada perdió el equilibrio y dio con sus huesos en el suelo llevándose un buen susto.

     Pero, poco a poco se fue metiendo en el ambiente del Camino. Había muchos momentos de sufrimiento. Físico y mental. Cansancio. Dolor de piernas. Dudas. Ganas de tirar la toalla, de abandonar, de volverse a su casa. Pero había también otros muchos momentos de alegría y de felicidad intensa. El llegar al final de la etapa. En encontrarse con la mirada limpia y con la sonrisa sincera de otros peregrinos. El poder conversar con personas a las que acababa de conocer, sin ningún perjuicio previo. Y sobre todo la sensación de libertad. Esto era lo que más le gustaba. Nunca antes se había sentido tan libre. Por primera vez en su vida sentía que podía comportarse como realmente era.

     Poco a poco fue cortando los miles de hilos que le ataban a miles de cosas. Y llegó un momento en el que en su cabeza estaba ya casi vacía. Sus preocupaciones se habían vuelto ahora muy elementales: sus piernas, su cuerpo, su bici, el agua, el bocadillo, las mochilas, buscar una sombra en los momentos de calor y encontrar cada noche un lugar para dormir. Y poco más.

     Navarra. La Rioja. La llanura de Castilla: Burgos, León. ¡Cómo le había gustado la Catedral de León! Entrar en ella, despacio, a media tarde, viendo como las vidrieras jugaban con la luz dibujando sinfonías de colores… y sorprenderse de repente viendo como toda esa luz dibujaba finalmente el cuerpo suave de una peregrina arrodillada en el suelo, quizás rezando y ajena al milagro que él estaba contemplando… Fue algo completamente mágico. No recordaba haber sentido nunca una sensación tan maravillosa. Cerró los ojos un momento y por primera vez en su vida se sintió plenamente feliz.

     Ahora, después de haber cruzado Navarra y la Rioja, después de haber recorrido la inmensa llanura castellana, después de haber subido y bajado las últimas montañas de León, estaba a punto de entrar en Galicia. La meta estaba cada vez más cerca.

     La subida al Cebreiro le resultó dura, pero maravillosa al mismo tiempo. De cuando en cuando se paraba para volver la vista atrás y observar los paisajes cada vez más espectaculares. Además O Cebreiro le parecía un lugar lleno de magia. Conforme se iba acercando sentía como su corazón latía cada vez con más fuerza. Dormir en O Cebreiro le hacía mucha ilusión. Iba a ser su primera noche en Galicia. Y estaba descubriendo que cada día que pasaba se sentía mejor y que cada vez le gustaba más el Camino.

     Cuando llegó al pueblo de O Cebreiro lo primero que hizo fue entrar en la Iglesia de Santa María. Era media tarde. La iglesia estaba totalmente vacía. Sonaba música gregoriana. Se arrodilló. Y rezó, dando gracias por haber tenido la oportunidad de haber ido al Camino de Santiago y por haber llegado hasta allí. Había rezado de niño las oraciones que le enseñaba su abuela. Pero de adulto no había rezado jamás. Era la primera vez que rezaba desde que había salido de la infancia. Era su primera oración de hombre adulto.
Estuvo allí durante un tiempo. ¿Un minuto? ¿Una hora? ¡Qué más da! A veces no importa nada el tiempo, sino que solo importa la intensidad con la que se vive.

     Luego salió, cogió su bici, y se encaminó al albergue. Iba muy contento. Pero a su llegada le esperaba una desagradable sorpresa. El hospitalero le dijo: “Solo quedan cinco camas libres. Es todavía temprano y es posible que lleguen peregrinos a pié, que, como sabes, tienen preferencia sobre los ciclistas. Creo que no vas a tener cama. Lo siento”.

     A Daniel le dolió mucho que le dijesen que no iba a tener cama en el primer albergue de Galicia. Le hacía mucha ilusión dormir en O Cebreiro. Precisamente ahí, en ese lugar que él consideraba especialmente mágico. Pero quizás le dolió todavía más que a su llegada a Galicia le llamasen “ciclista”, contraponiéndolo a los “peregrinos”. Es cierto que él iba en bici. ¡Pero era un peregrino!. Puede ser que en Roncesvalles hubiera empezado como ciclista. Pero ahora mismo se sentía peregrino de los pies a la cabeza.

     Por un momento pensó que tenía dinero suficiente para haber reservado con antelación suficiente un hostal entero para él solo en O Cebreiro. Pero pronto apartó este pensamiento de su cabeza, pues se dio cuenta de que si pensaba así no se comportaba como un verdadero peregrino. Recordó que en el libro del albergue de Molinaseca había leído esta frase “En el Camino no importan las profesiones ni las posesiones. El Camino nos hace a todos iguales”

     Estuvo un rato sentado a la puerta del albergue. Vio como llegaban tres señoras mayores caminando. Y un poco más tarde un hombre y una mujer. Él cojeando ostensiblemente, con cara de estar sufriendo mucho, casi llorando. El hospitalero les apuntó, les asignó las dos últimas camas, y preparó una tina de agua en la que le lavó los pies al hombre. Luego, sin dejar de sonreír, le hizo las curas de sus enormes ampollas. Al final resultó que el hospitalero era mucho más humano y sensible de lo que Daniel había pensado en el primero momento. Daniel se arrepintió de haber formulado sobre él un juicio precipitado. Todavía le quedaba mucho por aprender. Cogió el libro del albergue y escribió: “El Camino es una escuela de tolerancia”

     A continuación saludó de nuevo al hospitalero, le pidió perdón por haberle puesto mala cara en el momento en que le dijo que no había camas, le agradeció la lección que le había dado curando los pies del peregrino recién llegado, y se despidió de él con un abrazo fuerte y sincero.

     Después de esto, Daniel se subió a su bici y se dispuso a seguir el Camino, sin saber muy bien donde dormiría esa noche. Tras haber parado en algún albergue en el que tampoco había plaza, llegó finalmente a Triacastela. Vio el albergue a la izquierda, con un campo grande delante de la puerta. Decidió que allí se quedaba. Si había sitio en el albergue bien. Y si no lo había podía dormir en el campo. Al fin y al cabo era agosto y llevaba un saco. Después de todo lo que había vivido ese día no le importaba si tenía que pasar la noche al raso.

     Efectivamente el albergue estaba totalmente lleno. Incluso un peregrino que había llegado caminando unos minutos antes tampoco tenía sitio. Era mayor y tenía cara de encontrarse excesivamente cansado. Una chica estaba intentando convencerle de que ocupase su cama, que ella tenía saco y esterilla y podía dormir fuera. Él, al final, accedió. Él, todo un hombre grandullón y corpulento, le dio las gracias a la chica pequeña y menuda que le había dejado su cama. Quizás en el Camino tampoco importa mucho la diferencia entre hombres y mujeres.

     La chica ayudó al hombre a acomodarse, le sonrió amablemente, y sacó sus cosas, y buscó en el campo un lugar en el que acomodarse. Extendió su esterilla y se sentó. Y justo en es momento se dio cuenta de la presencia de Daniel que se había quedado embobado a la entrada del albergue. Sus ojos se encontraron, y ella de pronto percibió que él la estaba mirando con una intensidad especial. Le sonrió y le dijo: “Hola, yo me llamo María… tu ¿como te llamas?”. “Daniel. Me llamo Daniel”. “¿Acabas de llegar, no?”. “Sí”. “Ya no queda sitio… Quizás encuentres cama en algún hostal… O a lo mejor, como vas en bici, a lo mejor todavía te quedan fuerzas para llegar al albergue siguiente”. “¿Tu vas a pie?” “Sí”. “Y ¿piensas que los que vamos en bici no somos verdaderos peregrinos?” “Noooooooooooo!. Por Dios! Cada uno hace el Camino como puede y como quiere. La leyes esenciales del Camino son la tolerancia y la libertad”. “¡Gracias por decir eso! Es muy importante para mi en este momento… ¿Te importa si me quedo a dormir aquí, en el césped?” “No. ¿Por qué me va a importar? La finca es grande y hay sitio para muchos más. De hecho no vamos a estar solos, porque hay al menos otros cinco peregrinos que han salido a cenar y que tienen pensado dormir también aquí fuera”.

     La chica hablaba con total naturalidad y espontaneidad. Pero para Daniel cada mirada, cada movimiento y cada palabra de ella tenían una importancia especial. No sabía por qué, pero desde el primer momento en que la vio había notado un estremecimiento en su corazón.

     Además estaba totalmente embobado. Ella se dio cuenta. Pero al principio no le dio excesiva importancia. Llevaba casi treinta días en el Camino y había aprendido ya que peregrinando se viven muchos momentos intensos de alegría, cariño y ternura. No era la primera vez que sus ojos sentían la caricia dulce y mágica de otros ojos.

     Pero para el todo esto era una novedad y no sabía muy bien como gestionarla. Se sentía como un adolescente obnubilado que se enamora por primera vez. Pero lejos de fastidiarle, en realidad le encantaba notar esa sensación…

     María sacó de su mochila un bocadillo de jamón con tomate, lo partió en dos, y le ofreció la mitad. Él lo aceptó. Se sentó en el suelo frente a ella, mirándola, y empezó a saborearlo. El sol estaba empezando a ocultarse tras las montañas. Y a Daniel se le antojó que aquella era la cena más rica y más romántica de su vida.

     Tras la “cena”, empezaron a hablar. Daniel se sentía totalmente libre para expresar sus sentimientos. Nunca había hablado con tanta libertad y espontaneidad de su vida interior. María también se sentía muy a gusto conversando con él. Poco a poco se fue apagando de todo la luz del sol. Una luna en cuarto creciente iluminó suavemente el silencio de la noche. Y así, a media luz, acariciando la magia, estuvieron Maria y Daniel conversando durante horas. Él le contó su vida y las razones por las que había venido al Camino. Ella le contó también la suya y le confesó la razón por la que estaba allí: tenía que tomar una decisión muy importante en su vida.

     Al final el sueño les venció y se quedaron dormidos. A la mañana siguiente se despertaron al amanecer, recogieron sus cosas, y salieron del albergue con la intención de desayunar juntos y luego despedirse. Alargaron el desayuno durante mucho tiempo. Y cuando fueron a despedirse vieron que no eran capaces de hacerlo. María se dio cuenta de que también ella estaba mirando a Daniel con ojos de enamorada.

     Ambos confesaron y reconocieron que les gustaba mirarse y estar juntos. Y Daniel decidió cambiar sus planes. Realmente no tenía prisa. Podía continuar durante ese día al ritmo de María, llevando su bicicleta cogida de la mano cuando fuera necesario.

     Y así lo hicieron ese día. Y a la mañana siguiente comprobaron que estaban todavía más enamorados y de nuevo decidieron seguir caminando juntos. Y así hicieron día tras día, hasta llegar a Compostela. Le dieron juntos el abrazo al Apóstol. Rezaron juntos delante de su tumba.

     Para Daniel era la segunda vez que rezaba en su vida adulta, y lo hizo dando gracias por haber encontrado a María. Y allí mismo se dio cuenta de que por primera vez en su vida estaba amando sin reservas, sin tasa, sin cálculo, sin limites, sin medida… y se prometió a sí mismo seguir haciéndolo indefinidamente… Y en ese momento se acordó del hospitalero de O Cebreiro, y dio gracias por no haber tenido plaza en aquel albergue… A su cabeza vino la frase manida de que “Dios escribe recto con líneas torcidas”.


….

     Diez años después Daniel y María siguen igual de enamorados. Están casados. Tienen tres hijos maravillosos. Daniel sigue conservando su mismo trabajo, pero lo hace de un modo totalmente diferente. Su vida ha cambiado por completo. Ahora no le importa el éxito. Ha encontrado la felicidad. María también trabaja. Al final decidió no hacerse monja. Es profesora de infantil. En su trabajo y en su matrimonio ha encontrado una forma perfecta de entregar su vida a Dios.

     Este año, mientras sus hijos estaban en un campamento, han venido de nuevo al Camino. Esta vez los dos en bici. Y a la Vía de la Plata. Me los he encontrado en Cáparra, sentados a la sombra del Arco, descansando a la sombra, compartiendo una botella de agua fresca y mirándose enamorados. Me paré a conversar con ellos y me contaron esta historia, autorizándome para darle forma y para publicarla. Oírles y ver cómo se quieren ha sido lo más maravilloso que me ha sucedido este año, de momento, en mi Camino…

VII.- Noche de miedo

      Camino de Santiago. Camino Sanabrés. Uno de los más bonitos que he conocido. Agosto.

     Me llamo Sara. He venido con mi amigo, Pedro. Empezamos a caminar en Sevilla. Cruzamos Badajoz, Cáceres, Salamanca, Zamora... Ahora estamos ya en Galicia, en la provincia de Ourense.

     Llegué a Campobecerros sola, a las nueve y media de la noche. A Pedro hoy le dolía mucho un pie y decidió quedarse en la Gudiña.

     Encontré un bar abierto, donde pude cenar algo. Pregunté por el albergue. Me dijeron que estaba arriba, en la vieja estación del tren, en medio del monte... Me dieron las llaves y me dijeron por donde tenía que ir. Mi cuerpo y mis piernas protestaron. Pero no había otra opción. Compré agua, me puse la mochila a la espalda, y empecé a caminar. Sola. Monte arriba. Estaba a punto de anochecer.

     En el albergue no había nadie. Abrí la puerta. Entré. Encendí la luz. Literas. Buenos colchones. Un baño decente. Todo muy nuevo. Y limpio. Un buen albergue.

     Me di una ducha. Me lavé los dientes. Coloqué mi saco en la cama. Saqué mi cuaderno de notas y empecé a escribir: "Estoy Campobecerros. Sola. En un albergue muy nuevo y coqueto que han hecho en la vieja y abandonada estación del ferrocarril. El resto del edificio de la estación está totalmente en ruinas. Pero la zona del albergue se ve muy bien cuidada. Esta noche estoy sola. Completamente sola en medio del monte. No tendré que soportar los ronquidos de nadie. No oiré ruídos de coches, ni de niños gritando de noche por las calles. Voy a poner la alarma del mobil para las 7 de la mañana. Me levantaré una hora más tarde de lo habitual. Hoy he caminado mucho. Creo que aquí voy a dormir muy bien. Me gusta mucho este ..."

     Cuando estaba escribiendo, a mitad de frase, se apagaron todas las luces... Con la luz del mobil intenté buscar el cuadro de las luces para ver si se habían bajado los interruptores. Pero no. Todos estaban hacia arriba. Di unas cuantas vueltas. Pero no encontré ninguna forma de volver a encender las luces. Salí a fuera y miré hacia el pueblo. Estaba todo en penumbra. No se veía ni una sola luz.

    Supuse que por alguna avería se habría ido la luz en todo el pueblo. Imaginé que pronto vendrían a arreglarla. Me senté. Era cuestión de esperar...

     El tiempo iba pasando sin que volviese la luz. Me di cuenta de que se me estaba acabando la batería del mobil. Esta, la del móbil, mi única luz, también iba a esfumarse...

     Decidí acostarme a dormir y olvidarme del tema. Al fin y al cabo, para dormir no se necesita luz... Me tumbé en una de las literas, metida dentro de mi saco, cerré los ojos, y empecé a pensar en las personas y en las cosas importantes que hay en mi vida...

     Estaba a punto de dormirme cuando una luz cegadora entró por la ventana. Al cabo de un rato un ruido tremendo hizo temblar toda la montaña. Me levanté y me asomé a la ventana. Mil rayos y truenos surcaron el cielo. Pero ni una gota de agua. Empecé a sentir miedo.

     Poco a poco la tormenta se fue alejando, hasta que desapareció sin dejar rastro. Pero en ese momento un aullído de un lobo cortó el aire negro de la noche y me heló la sangre. Sentí un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo. Estremecí y empecé a temblar. Por la ventana, con la luz de la luna llena, vi como no era un lobo, sino siete, los que se paseaban por la explanada de la estación. Miraron hacia mi ventana y empezaron a aullar todos con fuerza, enseñándome sus dientes. Eran enormes. Y se les veía muy delgados. Quizás muertos de hambre... Uno de ellos se relamió, mientras me miraba con gula...

    Durante un tiempo me quedé allí, de pié, pegada a la ventana, petrificada, incapaz de mover ni un solo músculo. Paralizada por el miedo.

     Luego intenté pensar. Estaba sola, en medio del monte, en una estación de tren abandonada, en mitad de la noche, sin luz y rodeada de lobos... La puerta y las ventanas del albergue eran muy frágiles. Cualquier lobo podría romperlas de un zarpazo. No tenía nada con qué defenderme...

     De pronto se me ocurrió una idea. Podría llamar al 112, el teléfono de emergencias... Cogí el mobil... ¡Oh Dios! Estaba apagado. Intenté encederlo. No fue posible: la batería estaba totalmente agotada. Y de nada me servía mi lindo cargador, si no había corriente donde enchufarlo...

     El aullído de los lobos volvió a atravesar mi cuerpo. Vi como uno de ellos se acercaba hacia la puerta y empezaba a arañarla con sus garras. Cerré los ojos y empecé a rezar. No sabía muy bien como hacerlo. Me acordé de las oraciones que mi abuela me había enseñado cuando era niña. Recité a media voz alguna de ellas: "Cuatro esquinitas tiene mi cama... cuatro angelitos guardan mi alma". Pero mi propia voz me resultó absurda... No eran esas oraciones las que necesitaba ahora. Lo que necesitaba era hablar con Dios, como una persona adulta. Pero no sabía como hacerlo. En realidad no lo había hecho nunca. Mi vida había sido buena conmigo. Siempre me había considerado autosuficiente. Nunca había sentido la necesidad de acudir a Dios. Pero en este momento de noche, miedo y zozobra estaba descubriendo mi fragilidad. Mi vida dependía ahora mismo de las zarpas de siete lobos hambrientos...

     Otros tres lobos se acercaron a la puerta del albergue, golpeándola con sus pezuñas cada vez con más fuerza. Una tabla se rompió. La zarpa de un lobo invadió el espacio interior de la habitación y dejó caer al suelo unas gotas de sangre. El lobo, herido y dolorido, aulló con más fuerza y rabia que nunca, cortando la noche... Me acurruqué en el suelo, en la esquina de la habitación más lejana a la puerta, y me dispuse a morir... En ese momento, un ruido terrorífico hizo estremecer todas las sombras. Era como si un mostruo enorme salido de las entrañas de la tierra estuviera deborando la montaña... Pero los lobos ni se inmutaron. Incluso parecía que sonreían. Como si el montruo que acababa de rasgar el cielo fuera un viejo conocido y amigo de ellos...

     Poco a poco los lobos fueron agrandando el agujero de la puerta. Hasta que uno de ellos consiguió meter por él su cabeza y me miró enseñándome sus dientes enormes... Al mismo tiempo, en los ojos del lobo, pude ver como un incendio enorme quemaba la montaña, el pueblo y el albergue... Mientras las llamas quemaban mi ropa, mi piel y mi carne, grité: ¡Fuegoooooooooooooooo!

...

     "¿Qué pasa, Sara?", me dijo Pedro mientras se acercaba a mi y me daba un abrazo. "Nada, que me acabo de morir", le contesté.

     Él, sin decir nada, me apretó fuerte contra su cuerpo. Me desperté del todo y le pregunté: "¿Donde estamos?". "En el albergue de Laza", me contestó. Y añadió: "Ya es hora de levantarse".

     Nos levantamos y salimos a la sala. Había ya varios peregrinos desayunando. Me saludaron sonriendo. Y al ver mi cara pálida me preguntaron si me encontraba mal.

     Yo les conté con pelos y señales el sueño que había tenido. Se quedaron impresionados. Yo, poco a poco, fui recobrando el color normal de mi cara. Y al poco rato estábamos ya todos riéndonos. Y acabamos convirtiendo mi sueño terrorífico en una historia divertida.

     Pablo, el valenciano, que es director de cine, dijo que acababa de darle un buen argumento para escribir una película.

     Y Paola y Dina, dos peregrinas italianas, comentaron que la noche anterior habían dormido en el albergue de Campobecerros. Y que habían estado muy agusto. Les había parecido un albergue idílico. No habían visto ni incendios, ni lobos, ni fantasmas. Y no habían pasado nada de miedo. Pero que sí que habían oído a la mitad de la noche el infernal ruído que salía de las entrañas de la tierra y se devoraba la montaña... ¡el ruído del tren!

VIII.- Cáparra

      Vía de la Plata. Provincia de Cáceres. Agosto. Susan, una peregrina alemana de cincuenta años, llegó a Cáparra a las dos de la tarde, después de haber recorrido más de 19 kilómetros a pie. Con sus sandalias, con su saco a la espalda, con su atuendo de peregrina medieval.

     Se sentó un rato a la sombra del Arco, para descansar. Había caminado toda la mañana sola. Sacó de su bolso el termómetro y lo miró: marcaba 42 grados. Cerró los ojos y sonrió hacia adentro. Se sentía bien. A ella le gustaba el calor. Y también la soledad.

     Miró la guía y leyó: "No hay nada en Cáparra, salvo las máquinas expendedoras de bebidas del Centro de Interpretación...". Su guía decía que esta era la etapa más dura de la Vía de la Plata. Casi 40 kilómetros sin pasar por ningún pueblo.Todavía le faltaban otros 19,7 kilómetros para llegar a Aldeanueva del Camino. Se acercó a la máquina expendedora y compró dos botellas de agua, de medio litro. Y comenzó de nuevo a caminar.

     Una hora más tarde empezó a ver un poco borroso. Buscó una sombra y se sentó. Se puso el termómetro en la cabeza, debajo del gorro. Lo miró. Marcaba 45 grados. Quizás esta temperatura estaba ya por encima del límite de lo que su cuerpo podía soportar. Bebió un trago de agua. Con mucho cuidado vertió un poquito de agua en la palma de la mano, y se refrescó la frente y un poquito la cabeza. Así recobró la claridad y nitidez en su visión. Esto la reconfortó.

     Decidió descansar un par de horas, allí, sentada a la sombra, esperando a que el calor cediese un poco. A las seis de la tarde se puso de nuevo a andar. Todavía hacía mucho calor. Pero no podía esperar más si no quería que se le hiciese noche en medio del camino...

     Avanzó lo más rápido que pudo. Y a las 9 de la noche llegó a Aldeanueva. Bebió. Bebió. Bebió. Buscó el albergue y se tumbó en una cama, sin cenar. Había sido un dia realmente dificil y complicado.

     A la mañana siguiente, cuando se despertó se dijo a sí misma: "Cuando me jubile volveré a España y fundaré un albergue en Cáparra. Será un lugar lleno de mágia, de luz y de música. Será un remanso de paz y bienestar en medio de la nada, en uno de los puntos más impresionantes de este Camino. En él recibiré y acogeré a todo el mundo con una sonrisa, un poco de agua fresca, un poco de alimento, una ducha, y una cama limpia. El albergue tendrá al lado una iglesia. Y por las tardes, cada día, a las siete, invitaré a los peregrinos a entrar en ella. Les dejaré que disfruten del silencio durante un buen rato. Y luego les cantaré una canción. La música recorrerá por dentro todo su cuerpo y llegará hasta el fondo, donde empieza el alma. Donde los romanos levantaron una ciudad, sobre sus ruinas, contruiré yo un trocito de cielo".

 

IX.- Sms desde Cáparra: "Te quiero"

      Diana nació en Pamplona hace veintisiete años. El pasado año aprobó las oposiciones de profesora de instituto. Imparte clases de filosofía. Le apasiona lo que hace, y sus alumnos lo notan y lo disfrutan. Además para los demás profesores es una buena compañera. Por ello está muy bien considerada en el centro donde trabaja. Y se siente querida.

     En su vida tuvo varios amores a los que se entregó con generosidad. Y en alguna ocasión incluso con locura. Pero todos terminaron apagándose. Sigue soltera. Y ahora mismo no tiene pareja.

     Este año decidió hacer el camino de Santiago en el verano, durante las vacaciones. Como preparación estuvo varios meses leyendo cosas sobre el Camino. En internet, en un foro de peregrinos, conoció a Daniel, un chico de Sevilla. Primero en el propio foro, luego por mesenguer y por correo electrónico, y más tarde por teléfono... la comunciación entre ellos se fue haciendo cada vez más sincera y fluida. En un principio ninguno de ellos buscaba nada en esa relación. Era simplemente un encuentro casual de dos personas entre las que poco a poco iba surgiendo una ciberamistad. Se entendían muy bien. Y se sentían muy libres y muy agusto. Había feeling. Parecía que la ciberquímica funcionaba entre ellos. Ninguno de ellos pedía ni exigía nada al otro. Cada uno escribía cuando le apetecía, sin ningún compromiso ni obligación.

     Daniel tenía veintiséis años. También estaba soltero. Y en este momento sin pareja. Y también era profesor. Daba clases de inglés. Pero le encantaba la filosofía y le gustaba mucho que su amiga le hablase de temas filosóficos. A cambio él a veces le escribía a ella mails en inglés, pues Diana estaba empeñada en perfeccionar sus conocimientos de este idioma.

     En el foro se habían encontrado por pura casualidad. Ella había dejado un mensaje diciendo que quería hacer el Camino de Santiago en agosto y pidiéndo a los foreros veteranos que le diesen algunos consejos útiles. Él leía el foro porque también quería hacer el Camino y buscaba información sobre el mismo. Cuando leyó el mensaje de ella le agradó la forma en que estaba redactado. Volvió a releerlo despació. Intuyó que detrás se encontraba una persona nada superficial. Al cabo de unos días aquel mensaje que había dejado Diana en el foro tenía cietno veinte comentarios, y uno de ellos era de Daniel.

     Diana nunca supo muy bien por qué le llamó la atención de un modo especial la respuesta que le había dejado Daniel. Pero el caso es que le escribió un mail agradeciéndosela. Y así, sin más, empezó la comunicación entre ellos.

     Cuando llegó el uno de agosto ambos empezaron el Camino. Ella en Roncesvalles. Y él en Sevilla. Cada tarde se enviaban un sms comentando las sensaciones del día. A pesar de los muchos kilómetros que les separaban, tenían la sensación de estar caminando juntos. Pero aún así hacían caminos muy diferentes. Ella le hablaba de bosques, de montañas, de rios, de fuentes, de peregrinos españoles y extranjeros, de albergues llenos... El le hablaba de llanuras agostadas, de secarrales inmensos, de temperaturas muy altas, de silencios y soledades...

     Pero el 17 de agosto, mientras recorría los 17 kilómetros sin ningún pueblo que separan Carrión de los Condes de Calzadilla de la Cueza, Diana tuvo su primer encuentro con la soledad. Hizo este tramo ella sola. Y tuvo mucho tiempo para mirar hacia adentro y para encontrarse consigo misma. Durante cuatro horas y media recorrió en silencio su propia alma. Y en un rincón de la misma encontró un sentimiento muy intenso de amor hacia Daniel. ¿Estaba enamorada?

     Ese mismo día Daniel estaba recorriendo la etapa más dura y solitaria de la Vía de la Plata de Carcaboso a Aldeanueva del Camino. Casi 40 kilómetros sin un pueblo, atravesando un enorme desierto de soledad y silencio... Iba, como todos los días, rumiando sus propios pensamientos. Intentando jugar a filosofar. A mitad de la etapa se encontró de repente con las ruinas de la ciudad romana de Cáparra. Le pareció un lugar mágico y sobrecogedor. Sentado a la sombra del Arco de Cáparra, empezó a sentir un amor intenso por Diana. Encendió el mobil. Escribió un mensaje muy breve. Y se lo envió. Era la primera vez que le decía algo semejante.

     Días después, el 25 de agosto, sus camino se juntaron en Astorga. A las ocho de la tarde, cuando Daniel llegó al albergue, Diana ya estaba allí. En cuanto se vieron se dieron un abrazo inmenso. Era la primera vez que se veían en persona. Era la primera vez que se abrazaban. Era su primer encuentro verdadero. Luego salieron afuera, se sentaron y estuvieron un largo rato mirándose a los ojos en silencio. Lego ella cogió su mobil, buscó un mensaje y se lo enseñó a Daniel. "Te quiero". Era el mensaje que él le había enviado desde Cáparra. Y en ese momento ella le preguntó: "Ahora, después de verme, ¿sigues pensando lo mismo?". "Sí", le contestó Daniel. "Te quiero", musitó ella. Se abrazaron por segunda vez en su vida. Se dieron un beso. Y se miraron de nuevo a los ojos. El sol iluminó sus rostros acariciándolos suavemente con sus últimos rayos y luego se tumbó a dormir tras las montañas, sonriendo felíz por verles así de locamente enamorados.

     Daniel y Diana volvieron al albergue cogidos de la mano. Al día siguiente caminaron juntos. Diez días después llegaron a Santiago, todavía más enamorados.

     Y años más tarde siguen recordando con inmensa alegría el momento en que se encontraron, en el albergue de Astorga, y el momento en que él desde Cáparra le envió a ella aquel mensaje diciéndole "Te quiero". Estando él en Cáparra y ella en Calzadilla de la Cueza, en un día que fue para ambos de silencio profundo y de intensa soledad, en el fondo de sus almas encontraron el amor que les unía. Y en una tarde luminosa, en Astorga, sus caminos se juntaron, uniendo sus vidas, que ya nunca más volvieron a separarse.

 

X.- Clemente

      Clemente. 60 años. Poeta. Hijo de una familia noble. Rebelde. Inconformista. La oveja negra de la familia. A los 25 años se casó con una prostituta. Ella le dió dos hijos y le quitó todo su dinero.

     Los hijos crecieron. Desde hace muchos años no le hablan. El sabe que le odian. No aceptan que la gente sepa que su madre era una prostituta. Y digo "era" porque desapareció hace 30 años y nunca más se volvió a saber nada de ella. Desapareció con el dinero. Dejando dos niños pequeños, y un exmarido artista, incapaz de darles a los niños una educación normal. Se fue sin avisar, sin decir a donde, sin dejar rastro... Se llevó el dinero y todo lo que de valor había en la casa. Y dejó al exmarido sumido en la desesperación, refugiado en los porros y el alcohol.

     Al cumplir los 60 años Clemente pensó en suicidarse para poner de una vez fin a su existencia absurda. Ya habia vivido lo suficiente para saber que la vida no tiene sentido. Juntó todas las monedas que le quedaban y se fue al bar de siempre, a tomarse su última borrachera. En cuanto estuviese totalmente borracho iría hasta el puente y se arrojaría al vacío.

     En el bar se encontró a un viejo colega. Esto le fastidió pues pensó que tendría que invitarle y compartir con él su vino, sus monedas, su tiempo... Le hubiera apetecido no encontrar a nadie conocido. Para disfrutar solo de las últimas horas de su vida...

     Con desgana convidó al colega a tomar un vaso. Y soltó una gran carcajada cuando el otro le dijo: "Muchas gracias, pero no quiero. He dejado de beber". "¿Tú? ¿Tú has dejado de beber?", le preguntó, incrédulo.

     El colega, mientras tomaba un bocadillo y un agua, le explicó con mucha calma los importantes cambios que se habían producido en su vida en los últimos tiempos. Había encontrado una mujer que le quería, y que le había enseñado a descubrir que todavía seguía siendo persona. La mujer le había ayudado a salir del pozo. Le había pedido que se fuera con ella a hacer el Camino de Santiago. Habían pasado treinta días caminando juntos. Y poco a poco él había ido redescubriendo lo bueno que todavía conservaba dentro. Se había reencontrado consigo mismo. Había dejado de emborracharse. Y había empezado a recuperar la autoestima.

     Clemente no sabía si creerse lo que lo estaba contando su colega o si tomárselo a broma. Le parecía totalmente imposible. "¿Y todavía sigues con ella? ¿Por qué no está aquí ella ahora contigo?", le preguntó Clemente con tono burlesco. Pero su amigo le contestó completamente serio y sereno: "Esta tarde ha ido a ua inmobiliaria. Estamos buscando un apartamente para alquilar, para irnos a vivir juntos. Nos queremos mucho. Y somos felices. Con ella he reencontrado la alegría y la sonrisa y he recuperado la ilusión y las ganas de vivir"

     Clemente no daba crédito a lo que estaba oyendo. El colega sigió hablando: "¿Por qué no lo intentas tú también? Deja de beber y busca dentro de tí lo bueno que todavía queda. Todavía estás a tiempo de ser felíz... ". Pero Clemente le contestó: "Estás loco!!!. Además yo no he encontrado ninguna mujer". "Eso es lo de menos, -le dijo el colega-, vete a hacer el Camino de Santiago y encuéntrate a ti mismo. Que eso es lo verdaderamente esencial. Todo lo demás es secundario"

     Clemente estaba deseando que su colega se fuese de una vez y le dejase seguir con su plan adelante. Lo tenía muy pensado y meditado, y no quería que nadie retrasase la hora de su muerte. Estaba completamente decidido y no iba a posponerlo ni un solo día más.

     Pero el colega no tenía prisa. Y empezó a contarle con detalles toda su experiencia a lo largo del Camino de Santiago. Y llegó un momento en que despertó la vena literaria de Clemente y el relato le empezó a parecer estéticamente interesante. Y al final llegó a aceptar en su interior hacer el Camino de Santiago antes de acabar con su vida ... podía ser una buena idea. Podría hacer el Camino, escribir unos cuantos poemas, y luego emborracharse y tirarse de un puente... Y de pronto se sorprendió al sentir en su interior las ganas de volver a escribir... La verdad es que hacía varios años que se había evaporado su última musa... En realidad, esta sensación de tener otra vez ganas de escribir fue lo que al final le llevó a tomar la decisión de posponer su suicidio y de irse al Camino de Santiago...

      Se fue a casa. Durmió tranquilamente. Al día siguiente madrugó, cogió su ropa, la metió en una bolsa, se fue a la estación de tren y compró un billete para Sevilla. Llegó siendo todavía temprano. Compró un cuaderno y un bolígrafo. Buscó el Camino y empezó a andar.

     Pero a partir de este momento empieza el Camino y vamos a dejar que sea el propio Clemente quien nos cuente su andadura.      

     Unas cuantas horas después de salir de Sevilla empecé a escribir en mi cuaderno: "Son las 5,45 de la tarde. Hoy es día 1 de agosto. Estoy en Guillena, esperando un autobús que me lleve a Sevilla. Me llamo Clemente y tengo 60 años. Creo que una vez más me he vuelto a equivocar..."

     En ese momento llegó un hombre y me saludó:

- Buenas tardes.

- Buenas.

- ¿Eres peregrino?

- Frustrado.

- ¿Por qué?

- Pretendía hacer el Camino de Santiago. Salí hoy, desde Sevilla. Pero ya he visto qeu no es lo mío. Estoy esperando a que llegue el autobús para que me lleve a Sevilla, y allí cogeré un tren para volverme a mi casa.

- ¿A tu casa?

- Sí. A mi nada. A mi sombra. A mi oscuridad. A mi última borrachera. A mi muerte. A mi noche eterna.

- Veo que eres poeta.

- Sí. Poeta fracasado.

- No hay ningún fracaso que no se pueda remediar.

- Pues el mío debe ser la excepción. Soy un hombre completamente fracasado. he fallado en todos los aspectos de mi vida.

- Esa es la visión que tienes de ti mismo en este momento. Pero es una visión equivocada. Lo primero que necesitas es cambiar la forma de verte a tí mismo.

- Va... ¡Consejos baratos! ¿Quién eres tú?

- Perdóname por no haberme presentado. Me llamo Bruno. Tengo 72 años. Y vivo aquí, en Guillena. Yo soy italiano. Pero mi mujer era de aquí. Estoy viudo y no tengo hijos.

- Yo me llamo Clemente...

- ¿Y por qué quieres abandonar el Camino de Santiago?

- He salido hoy de Sevilla a las 10. Hasta Santiponce no he tenido problemas. Pero después ha sido un calvario. El calor era insoportable. Tengo los pies destrozados. Me duele todo el cuerpo. Y mi alma sigue llena de agujeros. He llegado aquí a las 5:30 y pensé que me moría. Ya no puedo más. Otra vez he vuelto a fracasar.

- Te comprendo. Déjame que vea tus pies. Descálzate.

- ¡Estás loco!

- Solo un poco... Bien. Veo que tienes ya varias ampollas. El cazado que llevas no es el más apropiado. No es fácil hacer el Camino de Santiago con zapatos. Creo que lo mejor es que vengas a mi casa. Te daré algo de beber. Y curaremos un poco esas heridas.

- ¿Y cómo te atreves a invitar a tu casa a un desconocido? No sabes nada de mi. Puede que sea un delincuente... ¿Qué sabes tu de mi vida?

- Sé que eres una persona humana y que tienes una mirada limpia. Con eso me basta. Tengo muchos años y se interpretar las miradas. Estoy totalmetne seguro de que no eres una mala persona y de que no me vas a hacer ningún daño.

- Sigo pensando que eres un loco.

- Puede que tengas razón. Pero vente a mi casa. Está aquí al lado.

- Vale. Iré. Ya no tengo nada que perder en la vida. Apenas tengo dinero que me puedas robar. Y si me matas en tu casa se habrá cumplido al fin el deseo que tengo de poner fin a mi existencia. Solo te pido una cosa: si me matas que sea de un modo rápido y sin dolor. No soporto el sufrimiento.

     Bruno vivía solo en una casa acogedora, de bajo y una planta. Me ofreció una jarra de agua fresca, con miel. Me dio una toalla grande. Y me pidió que me duchara. Al salir me dio unas chanclas y me pidió que me las pusiera, sin calcetines, dejando los pies al aire.

    Después me dio algo de comer y me hizo la curas en los pies con agua oxigenada (¡qué dolor!) y betadine. Estuvimos charlando un buen rato. Y me invitó a quedarme esa noche en su casa.

     El durmió en la planta de arriba de la casa, y yo en la de abajo. Me dijo que si me apetecía comer o beber aldo de noche, tenía la cocina a mi disposición.

     Al día siguiente me levanté, me duché y me vestí con la intención de coger el autobús para Sevilla. Pero Bruno sirvió el desayuno y me invitó a tomarlo sin prisa. Lego me preguntó cómo me encontraba.

     Le respondí:

     - Estoy confuso. Por un lado me siento muy agusto aquí. Pero todo esto me parece absurdo y esperpéntico. No entiendo lo que buscas ni a dónde me pretendes llevar. No comprendo por qué haces todo esto.

     - No estoy haciendo nada raro. Simplemente estoy hospedando en mi casa a una persona que lo necesita.

     - Pues te lo agradezco. Pero creo que no te lo voy a recompensar de ningún modo.

     - Mi recompensa es la satisfacción que me produce el simple hecho de hacerlo. Las cosas que me producen más alegría son aquellas que hago sin esperar nada a cambio.

     - Veo que tu también eres un tipo raro.

     - Todos lo somos, en algún modo.

     - Bueno, pues te agradezco todo lo que has hecho por mi, pero ahora me voy a coger el autobus.

     - Si quieres puedes quedarte unos días en mi casa... Te propongo un plan. Yo tengo pensado empezar a andar el Camino el próximo día 10 de agosto, desde aquí, desde Guillena. Te puedes quedar en mi casa hasta ese día y luego empezamos a caminar juntos.

     - Estás como una cabra... Ya te he dicho que el Camino no es lo mío. .

     - De todos modos... ¿Tienes algo urgente que hacer estos días?.

     - Sí. Emborracharme y tirarme de un puente..

     - Anda, no digas locuras. Quédate en mi casa. No pierdes nada..

     - Esto no tiene sentido..

     - Sí que lo tiene. Ya lo verás. El Camino ha cambiado la vida de mucha gente. ¡Pruébalo!....

     - Conmigo no funcionará..

     - Dale una oportunidad.

     - Bueno... me quedo... pero con una condición: que cuando decida irme me iré....

     - Por supuesto. Tú eres libre para hacer lo que decidas..

     Al final me quedé en su casa. Esa misma tarde, después de comer, me llevó en coche a Sevilla y allí me compró tres pares de calcetines, unas sandalias, un pantalón corto y otro largo, dos camisetas y una mochila. En cuanto al saco de dormir consideró que el que llevaba yo podía servir. .

     Los días siguientes comenzamos a caminar suavemente, llevando nuestras mochilas a cuestas. Me dijo que lo hacíamos para que mis pies se fueran acostumbrando a las sandalias y mi cuerpo a la mochila. Cada día me hacía dos veces las curas de las ampollas, una por la mañana y otra por la tarde. Y así estuve aquellos días, comiendo y durmiendo en su casa, dando pequeños paseos, y viviendo a cuerpo de rey. La verdad es que no recordaba ninguna etapa de mi vida en la que me hubieran tratado tan bien.

     Y el día 10 de agosto, tal como estaba previsto, empezamos a caminar. Para aquel entonces ya se me habían curado totalmente las ampollas de mis pies.

     Desayunamos en su casa: Agua, fruta, café con leche y tostadas. Después salimos de Guillena cuando todavía era tempranito, a las 7 de la mañana, justo cuando estaba amaneciendo. Cruzamos el río, ascendimos por un camino, atravesamos la carretera de Burguillos, y seguimos un camino cómodo y fácil de andar.

     Bruno me iba explicando los dierentes cultivos que nos íbamos encontrando. "Aquí, a la derecha, tenemos una pantación de algodón. Mira. Acércate. Tócalo". ¡Era algodón!. Igual que el que se vende en las farmacias. Nunca se me había pasado por la cabeza que el algodón podía salir así, directamente, de una planta.

     Después pasamos por muchos campos de olivos. Las aceitunas estaban todavía pequeñas y duras. A la derecha vimos un campo que estaba vallado. Dentro había una plantación de naranjos.

     De vez en cuando Bruno me hacía parar para beber agua o para comer algo. Me insistía mucho en que bebiese, aunque no tuviera sed.

     Y así, unas veces charlando, y otras veces en silencio, fuimos andando el camino. Sin prisas, pero sin pausas...

     Eran las 12:30 cuando cruzamos una carretera y vimos un cartel que ponía que nos faltaba 4 kilómetros para llegar a Castilblanco de los Arroyos, nuestro destino de ese día. A partir de ahí empezamos a andar por una senda estrecha e incómoda, paralela a la carretera. Íbamos en fila india, uno detrás del otro. El sol empezaba a apretar. Y no había ni una sola sombra. Era incómodo oir el ruído de los coches. La verdad es que esos cuatro kilómetros se me hicieron interminables.

     Cuando llegamos a Castilblanco de los Arroyos nos dirigimos al albergue. La guía decía que había que pedir las llaves en la gasolinera. Pero Bruno ya sabía que no hacía falta, que a esa hora ya habrían llegado otros peregrinos. Y así fue. Cuando nosotros llegamos, en el albergue había ya otros 8 peregrinos que iban a pie y dos más que iban en bici. "Mucha gente, para ser agosto, -comentó Bruno-, cada vez hay más gente haciendo este Camino".

     Nos duchamos, nos cambiamos de ropa, y nos fuimos a comer a un sitio que se llamaba "La Venta". No sé por qué, pero a mi en ese momento me vinieron a la cabeza las andanzas de los dos famosos personajes Cervantinos. Y me pregunté: ¿Quién de nosotros dos es el Quijote y quién es Sancho Panza? Pero por más vueltas que le di no fui capaz de hallar la respuesta a esta pregunta. Quizás porque en realidad todos tenemos dentro de nosotros una parte de "Quijote" y otra parte de "Sancho". En cualquier caso la comida estaba rica y dimos de ella buena cuenta.

     Despues de comer descansamos un rato. Bruno comprobó el estado de mis pies. Para mi sorpresa, estaban intactos. Ni una sola ampolla. Ni siquiera rozaduras. Bruno empezó a hablarme de la importancia de los pies.


     - Si quieres llegar hasta el final del Camino tienes que cuidar mucho los pies.

     - Y ¿qué quieres que haga para cuidarlos?

     - Es muy sencillo. Ahora llevas un buen calzado. El calzado debe ser cómodo, resistente, con una buena suela, y usado, ¡muy usado! No se debe venir al camino con un calzado sin estrenar. Un calzado nuevo es una garantía de fracaso seguro.

     Los calcetines deben ser sin costuras. Esos que tu llevas no tienen costuras y además son dobles. Por eso te protegen bien los pies.

     Además de esto, yo aplico también algunas normas sencillas: todos los días, antes de empezar a andar, me unto bien los pies con viksvaporub... Sí. Tal como lo oyes. El vicksvaporub de toda la vida, el del bote verde. A mi me refresca los pies. Y me ayuda a protegerlos del calor. Porque el calor es el que "cuece" los pies y provoca las ampollas. Por eso los peregrinos que caminan en verano suelen sufrir mucho más las ampollas que los que lo hacen en invierno. Y por eso se dice que el Camino del Norte no es ampollero. Porque ese Camino va pegado a la costa cantábrica, por lugares en los que nunca hace mucho calor.

     Tal como te acabo de contar, yo me unto todas las mañanas las pies con vicksvaporub, y luego, sin secármelos, me pongo los calcetines.

     Por otra parte, los calcetines debes llevarlos siempre limpios. Y su puedes, a mitad de la etapa te paras y te los cambias. Además, si en algún momento te entra alguna piedrecita dentro de la sandalia, para inmediatamente y quítatela, antes de que te haga herida. Y si notas alguna molestia, para y descálzate y mira lo que pasa. Puede que algún calcetín haya formado alguna arruga. Es mejor prevenir que curar.

     ¡Ah!... Y ¡nunca te duches por la mañana! El agua ablanda los pies. Y si empiezas a andar con los pies blandos, después de ducharte, es más facil que se te formen ampollas. Dúchate por la tarde. Y al salir de la ducha sécate bien los pies, sobre todo entre los dedos. Si los dejas mal secos, la humedad puede favorecer la aparición de hongos.

     - Una vez un amigo me dijo que él para evitar los hongos lo que hacía era mear en los pies mientras se duchaba.

     - Es verdad que la orina humana es un buen desinfectante. Yo en mi casa, alguna vez hago pis en los dedos de mis pies, mientras me ducho, para evitar los hongos. Yo vivo solo, y lo que haga en mi ducha es cosa mía. Pero ten en cuenta que aquí, en el Camino, nos duchamos todos en el mismo sitio, y no debes hacer pis en los pies mientras te duchas, pues sería una tremenda falta de respeto a los demás.

     - Veo que no tienes pelos en la lengua.

     - Clemente, tengo 72 años, y el día que cumplí los 70 decidí que en adelante iba a decir siempre lo que pienso. Ya tengo edad suficiente para ser totalmente libre. Tengo algunos achaques y limitaciones físicas propias de mi edad. Pero mentalmente nunca me había sentido tan libre como ahora.

     - Me gusta oirte hablar así. ¿Qué más consejos me das?

     - Otra de las cosas que debes hacer es beber mucho.

     - Eso es lo que llevo haciendo toda la vida...

     - No lo tomes a broma. Es muy importante que bebas mucho líquido. Sobre todo agua.

     - Y ¿cuanto es mucho? ¿Un litro al día? ¿dos? ¿tres? ¿cinco? ¿Cuanto hay que beber realmente?

     - Eso depende de cada uno, y del calor que haga, y de cómo sea la etapa... Pero hay una forma muy fácil de saber si estás bebiendo lo suficiente.

     - ¿Cual?

     - Por el color y el olor del pis. Fíjate en tu orina. Si tu pis es oscuro, denso y oloroso... es que estás bebiendo muy poco. En cambio si el pis que haces es clarito y no huele y casi no cambia el color del agua... entonces es que estás bebiendo lo que debes.

     Y si lo que bebes es suficiente... tu cuerpo estará bien hidratadao, y andarás mejor, y será más dificil que tengas agujetas y tendinitis.

     - Vaya!. No sabía yo que las agujetas y las tendinitis eran consecuencia de beber poco.

     - No eres el único. La mayor parte de la gente no lo sabe. Pero es así. Beber es esencial.

     Por la tarde dimos un paseo por el pueblo. Luego volvimos a "la Venta", para cenar algo. Y después nos fuimos tempranito al albergue.

     Puse el saco en la litera que me había correspondido y me metí dentro de él. Empecé a sudar. Me axfisiaba de calor. Entonces abrí el saco y me acosté encima. Empecé a darle vueltas al cuerpo y a la cabeza. Algunos peregrinos empezaron a roncar. Había dos que tenían unos ronquidos insoportables. Empecé a agobiarme cada vez más. Llegó un momento en que no pude aguantar más y me bajé de la litera y salí al pasillo. Entré en el baño. Volví a salir. Me senté en el suelo del pasillo un buen rato. Volví a la litera. Me tumbé. Y fui contando las horas y los minutos. La noche se me hizo interminable.

     A las 5 de la mañana empezaron a levantarse ya algunos peregrinos. No entendí cómo podían vestirse y recoger sus cosas con las luces apagadas. Yo me levanté también y salí fuera y me senté a la puerta del albergue.

     Al poco rato se despertó Bruno. Me ayudó a organizarme. Me untó los pies con vicksvaporub, me calcé, cogí mi mochila, y empezamos a andar. Todavía era de noche. Bruno llevaba una linterna. Yo caminaba detrás, pegado a sus talones. Íbamos por el arcen de la carretera. A esas horas apenas pasaban coches. Fuimos en silencio mucho tiempo. Poco a poco empezó a amanecer.

     Aquello de caminar por el arcén me pareció totalmente absurdo. Un rollo. ¡Con lo fácil que hubiera sido llamar un taxi!.

     Bruno me insistía en que bebiera mucha agua. Eran ya las 11:30 cuando dejamos la carretera y empezamos a andar por un camino, por en medio del parque forestal El Berrocal. Hacía mucho calor y me dolían los pies.

     Al principio me pareció que lo de caminar por el parque estaba mucho mejor que el hacerlo por la carretera. Pero al cabo de un rato el calor empezó a hacerme daño. A mitad del parque se me terminó el agua que llevaba. Cada vez se me hacía más dificil avanzar.

     Cuando se terminó el parque de El Berrocal, el camino se fue convirtiendo en una senda. Y de pronto apareció una cuesta arriba increíble. Yo me sentí totalmente incapaz de subirla. Me senté, y le dije a Bruno:

     - No puedo más. Déjame morir aquí. Mi vida no tiene sentido.

     Bruno se sentó a mi lado, me miró, abrió su mochila, y sacó una bolsa con un racimo de uvas y me ofreció. Aquello era como una bendición divina. Nunca había valorado tanto un racimo de uvas.

     Al cabo de un rato Bruno se levantó y me dijo:

     - ¡Andiamo!

     Él delante, y yo detrás, empezamos a subir. A subir el monte del Calvario. Dicen que son tan solo 150 metros. Pero a mi me pareció una eternidad. Llegué arriba muerto. Y luego bajé la cuesta del otro lado totalmente zombi. En cuanto entramos en el pueblo de Almadén de la Plata, Bruno me mandó sentar en un banco, y pidió agua en un quiosco que había allí al lado. Me la dio, diciéndome que la bebiera poco a poco. Y me tuvo allí, descansando, durante un buen rato.

     Buscamos el albergue. Nos apuntamos. Sellamos nuestras credenciales. Dejamos nuestras mochilas. Y nos fuimos a comer. Por la tarde, estuvimos descansando. Y yo me quedé dormido, sentado en una piedra, delante del albergue. Cuando desperté vi a Bruno a mi lado. Y le conté que no había dormido nada en toda la noche. El dijo que era normal pasar la primera noche sin dormir. Que le ocurría a mucha gente. Pero que poco a poco uno se iba acostumbrando a los ronquidos. Y que de todos modos lo peor no era despertarse sin haber dormido, sino el despertarse después de haber dormido bien y que alguien te dijese que habías pasado la noche roncando y que no habías dejado dormir a los demás. Yo en ese momento no entendí muy bien lo que me quería decir...

     Esa noche dormí medianamente bien. Al día siguiente caminamos 15 kilómetros hasta El Real de la Jara. Y al otro día 20 hasta Monesterio. Y así fuimos poco a poco, avanzando, un día tras otro...

     A mi la mayor parte de los días me entraban bajones y ganas de abandonar. Cuando me llegaba el momento malo pensaba que lo que estaba haciendo era absurdo... Pero Bruno siempre encontraba las palabras adecuadas para convencerme para seguir allí.

     Pasadas dos semanas mis pies se mantenían sin ampollas. Y mi cuerpo cada vez estaba más acostumbrado al esfuerzo y a la mochila.

     Un día, estando en Carcaboso, Bruno me dijo: "Hoy nos toca la etapa más dura de este Camino. Tienes que llevar por lo menos dos litros de agua en la mochila. Vamos a atravesar casi 40 kilómetros de silencio y soledad, y no encontraremos ningún pueblo ni ninguna fuente".

     Desayunamos tempranito en un bar, compramos mucha agua, y nos pusimos a andar. Cinco horas después llegamos a las ruinas de la ciudad romana de Cáparra. Estábamos más o menos en la mitad de la etapa. Era mediodía y hacía mucho calor. Nos sentamos a la sombra del Arco y nos pusimos a hablar. Bruno me preguntó:

     - ¿Cómo te sientes? ¿Ya has conseguido desterrar de tu cabeza la idea de suicidarte?

     - No del todo. No acabo de encontrarle sentido a mi vida. Si al menos hubiera una mujer que me quisiera...

     - No, Clemente. No puedes permitir que tu vida dependa de lo que hagan otros. No puedes pretender que otro te salve. Tienes que encontrar tu salvación por tí mismo, y en tí mismo, dentro de tí. En tí, por tí, dentro de tí. Busca en tu interior las razones para vivir. No las busques fuera.

     Cerré los ojos y medité largamente estas palabras. Poco a poco pude visualizar con mi mirada interior como el consejo de Bruno iba penetrando dentro de mi y recorría todos los rincones de mi cuerpo. Se movía por todo mi ser, como si estuviera buscando algo. Y al final se encontró una luz y se fundió con ella. En ese momento noté como todo mi ser se estremecía. Y percibí que dentro de mi, además de la carne y de la sangre, había despertado algo que estaba aletargado desde hacía mil años: ¡mi alma!. Abrí los ojos. Vi a Bruno a mi lado, sentado en silencio. Me miró y me dijo:

     - No sé muy bien lo que ha sido, pero he percibido que te ha sucedido algo importante.

     Yo no supe explicárselo. Pero a partir de ese momento recuperé la sonrisa, la ilusión y las ganas de vivir. En los días siguientes empecé a amar el silencio y la soledad porque me ayudaban a conocerme mejor y a descubrir muchas cosas dentro de mi que ni siquiera sospechaba que pudieran existir. Redescubrí la belleza de mis ojos y de mis manos. Y al estar con otros peregrinos noté en sus caras la luz que desprendía mi sonrisa. Y noté como disfrutaban con mi conversación, y cómo me escuchaban con atención y placer. Y sentí también como volvían las musas a mi alma. Y volví a escribir poesía.

     Cuando llegué a Santiago, arrodillado ante la tumba, di gracias al cielo porque el Camino me había cambiado, y porque en Cáparra había vuelto a nacer y había reencontrado mi alma.

(Continuará...)

 

Hola Amig@... déjate acariciar por la magia del Camino...


"I came to find God in me. And now I find Him everywhere. I have to bring this back to my daily life, where I actually live now. "Cami" means "God" in Japanese" (Wrenn)

"Caminar es besar la tierra con los pies" (Juan)


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