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"... pero, en calquier caso, ¡el Camino de Santiago existe! y en él se encuentra la magia, el espíritu y la simiente de un mundo nuevo, más humano, mejor y diferente". (Juan)

 

EL CAMINO DE BRUNO

     Hice con Pedro la etapa que va de O Cebreiro a Triacastela. Allí conocí a Bruno, un peregrino muy especial, lleno de luz interior, de paz y de energía positiva. Iba tomando notas en un cuaderno y le pedí que me las enviase por mail. Al cabo de un tiempo recibí un paquete por el correo postal tradiccional, en el que venía un libro escrito en italiano. No sé por qué misteriosa razón ese libro me llegó medio roto, sin las tapas, sin las primeras hojas y sin las últimas. Por eso no puedo deciros su título, ni su comienzo, ni su final... Dentro del paquete venía también una carta manuscrita de Bruno en la que me autorizaba a traducir el libro al castellano y a publicarlo en esta web.

     Lo que sigue es una pequeña parte de dicho libro. Estoy seguro de que sabréis disculparme los errores de traducción, pues mi italiano no es perfecto. En cuanto tenga tiempo para traducir más capítulos os los iré poniendo.

 

Villafranca del Bierzo

     "Sigo sin poder andar, pero creo que estoy peregrinando. Ánimo a la gente; las dificultades físicas no impiden el movimiento del alma" (Elena)

     "Esto es lo que yo llamo "Caminar por dentro"" (Bruno).

     "El turista viaja, el senderista anda, el peregrino busca" (Clemente).

     Mi nombre es Bruno. Una vez más vuelvo al Camino para pasar un tiempo conmigo mismo.

     Ayer, mi amigo Manolo, me dijo:
- Bruno, yo te envidio porque tu eres capaz de estar solo y sentirte bien.
- Pues claro. Es que saber estar solo es fundamental. Lo primero que hay que aprender es a estar a solas con uno mismo sintiéndose bien. Es que si no estás a gusto contigo mismo, apaga y vamos. Si no estás bien contigo mismo ¿como vas a estar bien con los demás?
- Ya. Pero no es tan fácil. La mayor parte de la gente nos pasamos el tiempo buscando ocupaciones para escapar de la soledad. Nos da pánico encontrarnos a solas con nosotros mismos.
- Pues a mi me parece un error. Con escapar no se soluciona nada. Es necesario conocerse a uno mismo y aprender a convivir con uno mismo. Conocer nuestro cuerpo y nuestra mente, y aceptarnos como somos. Y a partir de ahí, intentar ser cada día un poco mejores.

     A Manolo le gusta mucho conversar conmigo. Dice que le transmito paz. Y me pregunta de donde nace esa paz que irradio. Yo pienso muchas veces que en gran medida esa paz me viene del Camino. Porque cada vez que voy al Camino paso muchas horas solo, meditando, sintiendo mis dedos, mis pies, mis piernas, mis rodillas, mi cadera, mi espalda, mis brazos, mis manos, mi cuello, mi cabeza, mis ojos, mi boca... Y escuchando el alma de la tierra, que me acaricia con su silencio y con su latido todo mi ser, desde los pies hasta la cabeza, desde la piel hasta el alma. Y, mientras camino solo y en silencio, escucho la voz de los pájaros, del viento, de los árboles, de las rocas aparentemente mudas...

     A veces también miro hacia mí, y veo mi alegría y mi tristeza, mi coherencia y mis contradicciones, mis certezas y mis dudas, mis miedos y mis sueños... Porque yo soy un ser humano, y por tanto grande y miserable al mismo tiempo...

     Ahora mismo son las tres de la tarde. Hace apenas diez minutos que me he bajado del autobús. Estoy en Villafranca del Bierzo, caminando por la calle del Agua, y me dirijo hacia la Iglesia de Santiago. Hace una tarde primaveral: fresca y soleada. Estamos en marzo.

     He quedado con Clemente en el atrio de la Iglesia de Santiago. Me dijo que llegaría alrededor de las cinco de la tarde. Se que aún faltan dos horas. Pero no me importa. Ya he cambiado mi reloj interior. Y saboreo el tiempo despacio, como el niño que come un helado de vainilla en una tarde de agosto.

     Ya conozco esta iglesia. Pero aún así tengo ganas de volver a verla. Llego. Me quito la mochila y la dejo en el suelo. Me siento delante de la Puerta del Perdón, con la espalda apoyada en la pared. Mi columna tocando la piedra que me susurra suavemente recuerdos de siglos pasados. Cierro los ojos. Medito. Busco mis raíces, las que sustentan y alimentan mi vida. Me gusta ser consciente de que tengo raíces, y de que sin ellas mi vida no tiene sentido.

La Puerta del Perdón, de la Iglesia de Santiago, de Villafranca del Bierzo.

 

     Una suave voz femenina me saca de mi silencio y de mi ausencia. Abro los ojos. Dos peregrinas jovencitas. Quizás no lleguen a los treinta. Hermosas. Sonrientes. Me saludan.

     - Buenas tardes. ¿Sabes a qué hora abren la Iglesia?.

     - No estoy seguro. Creo que por la tarde la abren desde las cuatro hasta las seis y media. Pero me han dicho que los lunes y los martes está cerrada. Hoy es lunes...

     - Vaya. Pues nos conformarnos con verla por fuera. Que ya no es poco.

     - ¿Cuántos días llevais en el Camino?

     - Veintidós. Empezamos en Roncesvalles. ¿Y tú?

     - Yo estoy empezando ahora mismo.

     - Vamos, que empiezas mañana.

     - Creo que ya estoy empezando ahora.

     - Pues yo no te veo caminar mucho.

     - Estoy intentando caminar por dentro.

     - Tu forma de hablar y tu voz llena de misterio me está empezando a cautivar. Explícanos eso de "caminar por dentro".

     - Siempre que vengo al Camino, lo primero que hago es un ejercicio interior de autoconciencia y ennadamiento.

     Autoconciencia. Cierro los ojos. Y miro hacia dentro. Intento ver mi cuerpo por dentro, y sentirlo. Tomar consciencia de cada uno de los miembros que lo componen, tanto de los que se ven como de los que no se ven. Hago un recorrido físico por mi interior. Y luego intento ir más allá. Busco mi parte espiritual. E intento dar un paseo por mi alma. A veces la encuentro llena de telarañas, y lo primero que hago es intentar quitarlas suavemente. Es bueno que el alma esté mínimamente limpia para poder estar a gusto con uno mismo.

     Luego hago un pequeño ejercicio de ennadamiento. Pienso en la inmensidad del universo. Y veo la Tierra muy pequeñita, olvidada en un rincón de una galaxia cualquiera. Pienso en el tiempo. En los años que lleva el hombre sobre la Tierra. Dicen que el ser hmano existe desde hace unos dos millones y medio de años. Y el 99% del tiempo que llevamos en este Planeta corresponde al Paleolítico, que terminó hace solo unos 10.000 años. Durante todo este tiempo éramos nómadas, vivíamos de la caza, la pesca y la recolección de frutos silvestres. No conocíamos la rueda, ni el fuego, ni los metales, ni la agricultura... Pensando en esto comprendo que, aunque viva cien años, mi vida será solo un pequeño momento en la historia del ser humano, y la vida del ser humano es solo un instante en relación con la edad del universo, aun cuando no tengo ni idea de cuánto tiempo lleva el universo por aquí...

     Todas estas reflexiones me ayudan a conocerme mejor y a situarme en el sitio justo: soy como una diminuta gota de agua en medio del enorme océano del espacio y del tiempo. Pero aún así soy importante, porque no hay ninguna otra gota que ocupe mi lugar. "Y sin esta gota el océano no sería el mismo".

     Veo mi pequeñez. Y pongo a cero el contador de mis deseos y de mis derechos y expectativas. No deseo nada, no espero nada, no tengo derecho a nada... Y una vez que logro esto estoy preparado para recibir como un regalo todo lo que me acontezca.

     Quizás vosotras, sin daros cuenta, ya habéis hecho muchos ejercicios de ennadamiento durante estos días. Si no fuera así, al ver la iglesia cerrada, hubiéseis empezado a protestar, y a decir que no hay derecho, que a ver qué es esto de no abrir los lunes, que habéis caminado un montón de kilómetros a pié para llegar hasta aquí, que mañana os vais de este pueblo antes de la salida del sol y que no es justo que no podáis ver la iglesia por dentro, etc. Pero en vez de pensar todo eso os habéis limitado a decir que os conformais con verla por fuera. ¿No os dais cuenta de lo que esto significa?.

     - Sí. La verdad es que sí. No lo habíamos pensado, pero nos estamos dando cuenta de que cada día recibimos todo lo que nos acontece como una bendición. Es cierto. Esta misma conversación es un enorme regalo para nosotras.

     - Para mi también es un regalo hablar, escuchar, mirar, ver vuestra hermosura, vuestra juventud, vuestra dulzura, vuestra alegría, vuestra sonrisa. Sois como un regalo del cielo en esta hermosa tarde de primavera. ¡Y que conste que no soy un viejo verde que intenta ligar con jovencitas!. Soy solo un ser humano que contempla y admira la belleza en todas sus formas y manifestaciones.

     - ¿Vienes solo al Camino?

     - No. Estoy esperando a un amigo que se llama Clemente. Y no sé si el vendrá solo o con una sobrina de él que se llama Leopoldina. Ella es más o menos de vuestra edad. Si viene sería bueno que la conociéseis. Tiene unas ideas muy refrescantes.

     - ¿Y donde vais a dormir esta noche?

     - No lo sé. Supongo que en el albergue, si es que queda sitio. Y si no en algún hostal. En cuanto llegue mi amigo buscaremos donde alojarnos.

     Y hablando del rei de Roma... por la puerta se asoma. Ahí llegan Clemente y su sobrina.

     Le doy un fuerte abrazo. Hace más de seis meses que no lo veo. Leopoldina me da dos besos. Les presento a mis dos nuevas amigas. Ellas completan la presentación con un par de datos que yo todavía no sabía: una, la rubia, se llama Silvia; la otra, la morena, se llama Macarena. Las dos son de Sevilla. ¡Igual que Clemente y Leopoldina!. ¡Qué pequeño es el mundo!

     Tras las presentaciones Clemente se hecha a reir y dice con euforia y desenfado: "Acabo de llegar y ya me he enamorado".

     Nos sentamos todos en el suelo formando un círculo y conversamos tranquilamente, durante un buen rato. La felicidad se palpa en el aire. Huele a cielo fresco. Es nuestro Tabor. Siento como si estuviera viviendo los mejores momentos de mi vida. ¡Y decir que hace tan poco tiempo estaba ennadándome! Así es el Camino.

La Puerta del Perdón, de la Iglesia de Santiago. Detalle de un capitel.

 

     Al final decidimos ir al albergue para ver si queda todavía alguna cama libre. Y tenemos suerte. Hay camas suficientes para todos.

     Colocamos nuestros sacos de dormir en las literas que el hospitalero nos asigna. Sellamos las credenciales. Vemos una chica que está escribiendo en el libro del albergue.

     - ¿Te importa si leo lo que escribes? Colecciono pensamientos de peregrinos, le digo.

    Me mira y me sonríe. Y me pasa el libro. Leo:

     "Sigo sin poder andar, pero creo que estoy peregrinando. Ánimo a la gente; las dificultades físicas no impiden el movimiento del alma" (Elena).

     Le miro. Ella empieza a contarnos: "Llegué a Villafranca hace dos días. En la bajada que hay desde el Acebo a Molinaseca, en un momento pisé mal y me caí al suelo. Al levantarme noté dolor en mi rodilla derecha. Seguí caminando ese día hasta que llegué al albergue de Molinaseca. Al día siguiente, con la pierna renqueante, y cayéndoseme las lágrimas en varias ocasiones, conseguí llegar hasta aquí. Pero mi rodilla se negó a seguir adelante. Y aquí estoy: intentando recuperarme. Y muy contenta. Si estoy quieta, la rodilla no me duele. Y además, el pasarme aquí todo el día me permite hablar con todos los peregrinos que van llegando. Estos dos días he conocido a gente maravillosa. Y también tengo mucho tiempo para pensar, para reflexionar, para meditar... En mi quietud he descubierto cosas de mi misma que ni siquiera sospechaba... Creo que han sido los días mejores de mi Camino. Y quizás los días más felices de mi vida.

     Una vez más compruebo como para mucha gente el Camino de Santiago es un camino interior, una búsqueda de un mejor conocimiento de uno mismo. Esto es lo que yo llamo "caminar por dentro".

     Por eso mi amigo Clemente dice con frecuencia: "El turista viaja, el senderista anda, el peregrino busca".

 

 

 

De Villafranca del Bierzo a O Cebreiro

     "Haere mae, haere ra, kia ora" (Bárbara)

     "Unos días camino y otros Camino. La diferencia para mi es que unos días me limito a pasar por el recorrido de mi existencia sin más, y es cuando camino; y otros días procuro poner en cada mirada a los demás, en cada palabra, y en cada gesto, algo agradable, y además de manera sincera, que no sea una pose o una careta, y ese día creo que Camino. ....
     Peregrinar no es solo andar y andar por tierras desconocidas hacia un santuario, es hacerte mejor cada día que andas... El Camino no es una carrera. Por eso: "no corras, Camina""(Salvador, 12-10-03)

     A las seis y media de la mañana, todavía de noche, empiezan a levantarse ya algunos peregrinos. A oscuras, y procurando no hacer ruido, organizan sus mochilas y se ponen a caminar. La etapa de la subida a O Cebreiro es para muchos la etapa reina, tanto por su dificultad como por su belleza. Subir las empinadas cuestas de La Faba con una pesada mochila a las espaldas exige un esfuerzo físico y mental importante. Y más si hay nieve...

     El hospitalero nos ha recomendado que lleguemos temprano a la cima. Y que si no podemos hacerlo que nos quedemos a dormir en La Faba. Que es una temeridad subir los últimos kilómetros al anochecer con la nevada que dicen que hay por allí...

    Clemente, Leopoldina y yo nos levantamos cuando empieza a despuntar el día. Elena se incorpora en su litera y nos llama para darnos un beso de despedida y para desearnos "buen camino". Le preguntamos cómo va su rodilla. "Creo que mucho mejor. Veo que puedo moverla y doblarla sin que me duela. A lo mejor hoy ya puedo caminar hasta Trabadelo", nos dice.

     Elena es un cielo de persona. Una de esas mujeres con las que te gustaría quedarte toda la vida, conversando o en silencio; simplemente a su lado. Me entran tentaciones de quedarme todo el día con ella y hacerle compañía. Se lo comento. Ella se ríe y me dice: "No. Vete. Tus amigos te necesitan más que yo".

    Salimos del albergue sin poder despedirnos de Silvia y Macarena, que siguen durmiendo plácidamente. El Camino es así. Ya lo decía Bárbara, una peregrina de Nueva Zelanda: "Haere mae, haere ra, kia ora", o lo que es lo mismo, "Nos encontramos, nos saludamos, nos decimos adios”. Pero por mucho que sé de sobra que el Camino es así... nunca me acostumbraré a despedirme de la gente con la que me encariño. ¡Y en el Camino es tan facil cogerle cariño a la gente!

     A la salida de Villafranca tenemos que entre continuar por asfalto por el arcén de la carretera o subir por un camino de tierra que da un rodeo subiendo a lo alto de una montaña y luego vuelve a bajar a Trabadelo. A Leopoldina y a mi nos apetece más ir por el camino de la montaña, pero Clemente nos dice que ha dormido mal, que se siente cansado, y que prefiere ir por el andadero al lado de la carretera. Por ello, teniendo en cuenta que en el Camino las decisiones no se toman por mayoría, decidimos seguir por el arcén de la carretera.

     Pasamos por Pereje y llegamos a Trabadelo. Luego seguimos y pasamos por La Portela, Ambasmestas, Vega de Valcarce y llegamos a Las Herrerías. Vamos a buen paso. La mayor parte del tiempo en silencio. Rumiando pensamientos.

Iglesia de San Nicolás (Trabadelo).

     En Las Herrerías decidimos hacer un alto para comer. Y lo hacemos en en A Casa do Ferreiro, un pequeño restaurante situado en medio del pueblo. Todavía estamos empezando cuando entran Silvia y Macarena. ¡Qué grata sorpresa! Llegan frescas como lechugas. ¡Lo que es la juventud! A Clemente se le iluminan los ojos. Se sientan con nosotros y comemos todos juntos. La sonrisa de Macarena ilumina el comedor entero. Es una de las sonrisas más luminosas que he visto en mi vida. No me estraña que a Clemente esta luz le encienda todos los rincones de su corazón.

     Agradable compañía. Alegria y amistad. La comida sabe a cielo. Estos momentos maravillosos también forman parte del Camino.

Las Herrerías.

Peregrinos saliendo de las Herrerías. ¿Y las tres gallinas también hacen el Camino?.

     Al terminar de comer retomamos el camino. Arriba, en lo alto de las montañas, se ve la nieve. Pero aquí abajo hace una tarde soleada y una temperatura agradable. Caminamos todos juntos, conversando, durante un buen rato. Tras cruzar un pequeño regato empezamos la subida. A unos señores que están cortando leña en una finca les preguntamos cómo se llama este sitio. “Boucelo. Este lugar se llama Boucelo... Cuando lleguen a La Faba se van a acordar del Boucelo”, nos dicen.

Último tramo llano antes de empezar la subida a O Cebreiro.

    Curvas y contracurvas. Camino de tierra y piedras. Empinadas cuestas. Y las mochilas que pesan. Empezamos a encontrarnos con la nieve. Y según vamos subiendo cada vez hay más nieve en el camino.

     Cuando llegamos a La Faba ya pasa de las cinco de la tarde. Visitamos la iglesia de San Andrés. A su lado hay un albergue. Clemente dice que prefiere quedarse a dormir allí. Preguntamos si hay sitio. Nos dicen que quedan cuatro camas. Silvia, Macarena y Leopoldina se quedan también con Clemente. Y yo decido seguir hasta O Cebreiro. A pesar de mis sesenta y cinco años, todavía me siento con fuerzas para enfrentarme a la nieve y a la montaña. Al fin y al cabo ambas son dos viejas conocidas mías, con las que he tratado en muchas ocasiones.

      Nos despedimos. "Buen Camino". Y empiezo a andar sobre la nieve. Con mi mochila, con mis botas, con mi bastón, con mi corazón... Sobre la alfombra blanca que adorna y cubre la madre tierra voy dibujando las huellas de mis pasos... Mi alma me acompaña y me da fuerzas. Y mientras camino escucho la voz del silencio y me voy encontrando a mi mismo. Cuando llego a La Laguna me siento un rato en la escalera de una casa, para beber un poco y para comer una manzana.

     Se está acercando al noche. La nieve que cubre el camino tiene más de diez centímetros de espesor. Se que el tramo que me queda va a ser muy duro. Estoy físicamente cansado, y con las piernas un poco doloridas. Pero quiero seguir. Quiero tensar mis fuerzas. Quiero conocer las fronteras de mis límites. Sigo.

     Caminar sobre la nieve, enterrando y desenterrando los pies, es a veces un ejercicio agotador. El dolor y la soledad se me clavan en los huesos. Pero aguanto. Es el calvario que me toca vivir en el día de hoy.

     Rendido, derrotado, muerto de cansancio, en medio de la oscuridad de la noche ya cerrada... llego por fín a O Cebreiro. Casi no me lo creo. Entro en un bar. Me sirven una sopa caliente y una tortilla francesa. Bebo más de un litro de agua. Sé que es mejor beber por la mañana y no por la noche. Que me tendré que levantar varias veces de noche para hacer pis. Pero el cuerpo me lo pide, y después de lo que ha sufrido se merece esta recompensa.

     Busco el albergue. Tengo suerte: queda sitio. ¡Voy a dormir en una cama! Doy gracias a Dios.

     Estoy muy cansado. Pienso en irme a dormir inmediatamente. Pero veo un peregrino sentado en la puerta del albergue, solo, llorando... Me pongo a hablar con él. Se llama Claudio. Es italiano. Me cuenta que en el día de hoy ha sufrido mucho subiendo el Cebreiro, caminando sobre la nieve. Que se ha sentido muy solo. Y que no entiende qué hace aquí. En Italia es médico. Tiene una consulta privada. Una buena clientela. Una casa grande, de dos plantas, con jardín. Una posición económica desahogada. Una familia normal. Un montón de amigos. Una vida cómoda y bien organizada. Todavía no sabe por qué ha venido a hacer el Camino. Y ahora se encuentra totalmente perdido, sumido en un caos absurdo y sin sentido... Aquí nadie le valora todo el esfuerzo que él ha hecho para llegar en su vida hasta donde ha llegado. Nació en una familia humilde, pero poco a poco, a base de esfuerzo, ha conseguido subir hasta situarse en una buena posición social... Y ahora, de pronto, en el Camino, siente que ha vuelto a ser un don nadie... ¿Qué sentido tiene todo este sufrimiento?... Está decidido a tirar la toalla. Dice que mañana, en cuanto se levante, llamará un taxi para que le lleve a Madrid, y allí cogerá un avión para volverse a su casa...

     Le escucho durante un buen rato. Al final, tras desahogarse, acaba por darse cuenta de que yo también existo. Y me pregunta: "¿y tú qué? ¿Cómo te ha ido el día de hoy?". Le hablo de las múltiples y variadas sensaciones que he notado a lo largo del día, de los momentos maravillosos de la mañana y de los momentos infernales de la tarde. Y de que todo eso me ayuda a conocerme mejor.

     De pronto Claudio dice: "Ya. Ese es mi problema: que no me conozco. Estoy rodeado de cosas que van moldeando mi vida. Pero por dentro me siento vacío. Es como si fuera solo una máscara. Mi trabajo, mis clientes, mis cosas, mis relaciones, mi rol social... ¿Y yo? ¿Existo yo?"

     "Quizás sea eso lo que estás buscando en el Camino", le digo.

     Seguimos conversando durante un buen rato. Claudio hace en voz alta una reflexión sincera sobre su vida. Dice que aparentemente lo tiene todo: salud, dinero y amor. Sí. Incluso el amor. Está convencido de que su mujer lo quiere profundamente. De que sus hijos lo adoran. De que sus amigos le admiran. También es cierto que algunos de sus conocidos le envidian, y que algunos de sus colegas le consideran un advenedizo y no le perdonan el que halla llegado tan alto viniendo desde tan abajo; al fin y al cabo no es hijo de médico, sino hijo y nieto de agricultores. Puede que sea esto lo que a veces le hace sentir desubicado, como si estuviera colocado en una posición social que no le corresponde. A veces se siente como un niño que se ha colado en el cine sin pagar la entrada. A veces se despierta de noche, sobresaltado y sudoroso, saliendo de una pesadilla. Sueña que quiere hacer el examen para entrar en la facultad de medicina, pero se ríen de él y ni siquiera le permiten examinarse. Quizás sea esta la razón por la que no encuentra la paz. Se ha colado en una clase social que no le pertenece por herencia... y en el fondo de su corazón, en secreto, se siente fuera de lugar... Y por ello le asalta con frecuencia el miedo a perder todo lo que ha logrado y a volver a caer a la clase que por nacimiento le corresponde. Estos miedos le angustian y no le permiten vivir en paz.

     Le escucho con el corazón abierto de par en par. Le cuento que yo también me siento muchas veces un bicho raro. Que a veces también pienso que estoy fuera de tiempo y de lugar. Y que cuando me asaltan estos pensamientos negativos intento mirar hacia dentro, hacia mi interior, y buscar la paz dentro de mi. Cuando el exterior me resulta hostil, es mi propio ser interior el que me salva y el que me devuelve la paz. Porque la paz verdadera no nos viene de fuera, sino que nace dentro de nosotros mismos. Si tenemos nuestro ser bien enraizado por dentro en la paz, en la verdad, en la libertad y en la bondad, los vientos exteriores no podrán arrancarnos, por muy fuerte que soplen. Es preciso que miremos sinceramente cuáles son nuestras raíces, que nos conozcamos por dentro a nosotros mismos.

     Al final Claudio cambia de planes y decide quedarse en el Camino. "Creo que me has ayudado a descubrir lo que estoy buscando. Pero solo yo puedo continuar esa búsqueda. Y para ello seguiré aquí, caminando, hasta averiguar quién soy yo", me dice.

     A mi parece que se me ha pasado todo el cansancio. Esta conversación ha sido tan reparadora como ocho horas de sueño. Claudio ha cambiado sus lágrimas por una sonrisa.

     Antes de irnos a dormir leemos un rato las frases que otros peregrinos han escrito en el libro del albergue. Claudio saca un papel y un lápiz del bolsillo y copia dos frases:

     "El camino de Santiago es un sufrimiento innecesario" (Luis Alberto)

     "Unos días camino y otros Camino. La diferencia para mi es que unos días me limito a pasar por el recorrido de mi existencia sin más, y es cuando camino; y otros días procuro poner en cada mirada a los demás, en cada palabra, y en cada gesto, algo agradable, y además de manera sincera, que no sea una pose o una careta, y ese día creo que Camino. ....
     Peregrinar no es solo andar y andar por tierras desconocidas hacia un santuario, es hacerte mejor cada día que andas... El Camino no es una carrera. Por eso: "no corras, Camina""(Salvador, 12-10-03)

     Al terminar de copiarlas Claudio me dice: "Yo estaba totalmente instalado en la primera de estas dos frases, pero tu me has abierto la puerta para poder comprender la segunda. Gracias, muchas gracias, por haber encendido dentro de mi una pequeña luz"

     Y meditando en esta frase, nos tumbamos en nuestras literas, bien encerrados dentro del saco. Al fin ya la cabo estamos rodeados por la nieve.

La Iglesia de Santa María Real (O Cebreiro), un día de poca nieve.

Palloza en O Cebreiro.

 

De O Cebreiro a Triacastela

"No hay camino sin soledad"

"Necesito el silencio para buscarme"

     Al día siguiente me despierto muy tarde. No solo es totalmente de día, sino que incluso ha salido el sol. Al levantarme veo a Claudio que está organizando su mochila al lado de la puerta del albergue. Me mira y me sonríe. Parece un hombre nuevo.

    Salimos juntos. Y buscamos un bar para desayunar. Allí nos encuentramos a Aurora, una peregrina que se ha quedado a descansar porque tiene una tendinitis en su rodilla derecha. Nos cuenta que le duele solo cuando camina. Si está quieta no le duele. Hoy se va a quedar toda la mañana en ese bar, descansando. Y por la noche dormirá otra vez en el Cebreiro. Espera que un día de descanso le venga bien y le permita continuar. Yo lo dudo. Una tendinitis normalmente no se cura en un día. Ni en dos. Es posible que al final tenga que dejar el camino y volverse para casa. Pero también cabe la posibilidad de que le mejore un poco y con una buena rodillera pueda seguir. No lo se. No soy médico, ¡ni adivino! Claudio, en cambio, sí que es médico. Le coge la rodilla entre sus manos. La mueve con cuidado. Al cabo de un rato Aurora dice que la nota mucho mejor... Y Claudio comprende que ha encontrado otra razón más para seguir en el camino: además de intentar conocerse a sí mismo puede también echar una mano ayudando a los demás. Esto empieza a tener cada vez más sentido.

    Claudio se despide y empieza a caminar. Quiere ir solo. Dice que necesita estar consigo mismo. Al despedirse me enseña otras dos frases que ha copiado del libro del albergue:

"No hay camino sin soledad"

"Necesito el silencio para buscarme"

     Yo me quedo un rato hablando con Aurora. Mientras conversamos nos llama la atención un letrero un poco antiguo en el que se anuncia una ganga: "¡¡PROMOCIÓN!! BEBES UNA CERVEZA, TE INVITO A OTRA, Y SOLO PAGAS DOS".
      Aurora me comenta:
"Como broma está muy bien. Pero lo malo es que esto no es una broma. Sino un reflejo del consumismo y del capitalismo. Usted compre y consuma aunque no lo necesite. Cómprese otra tele. Ahora una plana. Ahora una de plasma. Ahora una con TDT. Ahora cambie de ordenador. Ahora póngase ADSL. Ahora suba a 3 megas. Ahora a 6. Usted se merece una internet que vaya rápido, a toda velocidad. Ahora cambie de coche. Ahora cómprese una casa en la playa. Y otra para alquilar. ... Y trabaje, trabaje día y noche para pagar todo eso... Y encima ahorre... ¡Ya verá usted cuando se jubile lo que va a poder disfrutar de la vida!. Y corra. Sobre todo corra mucho. Que el tiempo es oro. Y el que se queda un rato parado está dejando de ganar dinero. Es el lucro cesante. Usted tiene que ser muy productivo. Tiene que conseguir los objetivos. Así será usted rentable. Así podrá sentirse útil. Y su empresa conseguirá grandes beneficios. Y usted participará en el uno por ciento de dichos beneficios, porque su empresa es generosa con los trabajadores que se esfuerzan. Es cierto que si un día llega la crisis y hace falta apretarse el cinturón puede que le despidan, para ahorrar costes. Pero ahora no piense en eso. Ahora piense en producir más para poder ganar más para poder consumir más... Aunque eso le estrese y le agobie y le haga un poco infeliz. ¡Ya será feliz cuando se jubile!... Aunque solo tenga sed para beber una cereveza, beba usted dos..."

     Veo que la tendinitis a Aurora le lleva a reflexionar... Critica esta sociedad consumista y capitalista en la que vivimos. Pero lo hace con alegría, con una sonrisa en su cara, y con una mirada limpia... No se la ve amargada por su tendinitis, sino que se la ve feliz. La crítica es dura, pero su voz es amable... Entre líneas no se ve odio, sino un deseo de que la gente cambie y la sociedad mejore...

     Por un momento pienso que podría quedarme allí todo el día, haciéndole compañía a Aurora, y conversando con ella... Se lo digo. Pero ella me dice que no, que continúe mi camino, que a ella no le importa quedarse sola un rato, y que seguramente vendrán más peregrinos y podrá charlar con ellos, y que si no viniesen tampoco pasaría nada, pues tiene un libro para leer y un cuaderno de notas para escribir... y con esto le basta para pasar sola todo el tiempo que haga falta...

     Nos despedimos. "Hasta siempre". Seguramente no volveremos a vernos. Pero en algún modo ella formará siempre parte de mi vida. Y yo de la de ella. Todo lo que nos acontece forma parte de nosotros. Y todas las personas con las que nos encontramos de algún modo entran en nuestra vida. Nada sucede en vano...

     Empiezo a caminar por el asfalto, por el arcén de la carretera. O Cebreiro es la puerta de entrada del Camino en Galicia. Un lugar mágico y maravilloso. Cargado de energía positiva. Con su iglesia de Santa María en cuyo interior se conserva el cáliz del milagro. Y con sus pallozas que en invierno se cubren de nieve. Por todo eso, no entiendo como puede ser que el primer tramo del Camino gallego, desde O Cebreiro hasta Liñares, se tiene que hacer por asfalto. Sería sencillísimo acondicionar y señalizar un sendero por el monte que nos llevase hasta Liñares. Creo incluso que esa senda existe. Limpiarla un poco y pintar unas cuantas flechas amarillas sería muy fácil. Una vez un vecino me dijo que el problema es la nieve, que el mantener esa ruta libre de nieve en invierno iba a ser difícil. Puede que tuviera razón. No lo sé.

     En Liñares hay una iglesia con una torre campanario cuadrangular. Otras veces no me había fijado en ella. Pero hoy me quedo un rato mirándola. Me recuerda a sus dos hermanas mayores: la de O Cebreiro y la de Hospital. Arriba, muy cerca, se ve ya el alto de San Roque. Otras veces había subido a él por la carretera. Pero hoy veo una senda señalizada, por el lado derecho de la carretera. Me meto por ella. Los pies se me entierran en la nieve y me cuesta trabajo avanzar. Pero vale la pena. Después de tanto rato por asfalto apetece salirse de la carretera. Me encuentro a Alejandro, que está casi parado. Cada paso le cuesta un mundo. Me dice que él es de Almendralejo, y que no está acostumbrado a caminar por nieve, y que además lleva varías ampollas en los pies. Pero sonríe. Los dos sonreímos. La nieve es alegría. Camino lentamente, a su paso, hasta que llegamos al alto de San Roque. Allí me pide que le haga una foto junto al enorme monumento al peregrino. Me gusta y me impresiona este monumento, visto así, sobre la nieve, y a contraluz. Alejandro decide quedarse un rato a descansar. La subida sobre la nieve le ha dejado agotado. Me pide que yo continúe. Nos despedimos. ¿Hasta siempre? El Camino es un saco de sorpresas y nunca sabes cuando te vas a volver a reencontrar con un peregrino...

Monumento al peregrino, en el Alto de San Roque.

 

     Llego a Hospital. Me encuentro a dos peregrinos gallegos, Pedro y Juan, que me piden que les haga una foto delante de la Iglesia. En el atrio conversamos durante un largo rato. A ellos, al igual que a mi, les encanta esta iglesia. No sé que tiene, pero a todo el mundo le gusta. Pedro y Juan tienen nombres de apóstoles: el primer papa y el discípulo amado. Se lo comento. Nos reímos. ellos no se habían dado cuenta de ese detalle. Son también unos enamorados del camino. Me dicen que hos están disfrutando de lo lindo, caminando sobre la nieve. Además se nota que se sienten muy bien. Dicen que el Camino siempre les llena de fuerza y de energía. Y que les ayuda luego en su vida cotidiana.

Pedro y Juan en Hospital.

 

     Al cabo de un rato nos ponemos en camino los tres juntos. Vamos conversando tranquilamente. Llegamos a la empinada cuesta que conduce al Alto do Poio. Allí la nieve donde no está pisada llega casi a la rodilla. Y donde está pisada y dura nos hace resbalar. Tenemos que ir caminando con pasitos cortos y poniendo los pies atravesados. Pero no nos importa. Estamos bien y no tenemos ninguna prisa. Piano piano. A modiño. Subimos saboreando cada paso. Sabiendo que millones de peregrinos, durante siglos, han subido este mismo monte antes que nosotros, y que a todos nos une algo. Todos participamos del mismo misterio del Camino de Santiago. De esa fuerza misteriosa que año tras año atrae a muchas gentes a caminar hacia Compostela, caminando al mismo tiempo hacia el interior de sí mismos. Un Camino para conocerse a uno mismo y para conocer a los demás y a la naturaleza. Un Camino cargado de espiritualidad.

     En el Alto do Poio nos sentamos para tomar algo. Juan y Pedro piden dos cafés con leche y un bocadillo de jamón con tomate, que dividen en dos mitades, para compartirlo. Yo me tomo un "latolat" con un bocadillo de tortilla francesa. ¿Qué es un "latolat"?. Me lo acabo de inventar. Le pido al camarero que me ponga en una jarra de cerveza un vaso de leche y que me sirva también un batido de chocolate, que echo en la jarra para mezclarlo con la leche. Así el batido queda más suave, que es como a mi me gusta... "Nunca me habían pedido nada tan raro", dice el camarero. Sonreímos. Llegan dos chicas y un joven, y les invitamos a sentarse con nosotros. Conversamos. Nos preguntan por qué hacemos el Camino. A veces es difícil contestar a esta pregunta. Muchas veces ni siquiera lo sabemos. Yo creo que hago el Camino porque me gusta, y porque me hace bien, porque me ayuda a ser mejor persona.

      El joven, Andrés, es de Pamplona. Y nos cuenta que él hace el camino para cumplir una promesa. Que él y su mujer llevaban años queriendo tener hijos sin conseguirlo. Pero que en un viaje de fin de semana que hicieron a Santiago de Compostela ella se quedó embarazada, lo cual les dió mucha alegría en un primer momento... Pero que luego el embarazo empezó a complicarse y su mujer tenía "pérdidas" cada poco. Los médicos le recetaron reposo absoluto. Y les dijeron que aún así, iba a ser muy difícil que el embarazo concluyera bien. Entonces Andrés, a pesar de no ser creyente, se acordó de Santiago y le prometió que si el bebé nacía bien haría el Camino a pié desde O Cebreiro a Santiago. Pasaron los meses... y el niño nació bien, sano y salvo. Y ahora, Andrés está cumpliendo su promesa. No está acostumbrado a caminar. Pesa unos cuantos kilos demás. Y sabe que le va a costar mucho esfuerzo llegar a pie a Santiago. Pero está convencido de que cueste lo que cueste tiene que hacerlo. Y, en estas pocas horas que lleva aquí, ya está viendo que el Camino le va a servir no solo para cumplir su promesa, sino para mucho más... Ya se está dando cuenta de la importancia de su cuerpo... Algo en lo que hacía tiempo que no reparaba...

     Las dos chicas, Ana y Leonor, viven en Burgos. Ana, nos dice que ella está aquí, para intentar superar un momento muy difícil de su vida. Llevaba veinticinco años casada. Felizmente casada. Un matrimonio normal, con dos hijos, con piso propio, con la hipoteca pagada, ambos trabajando... La envidia de muchas de sus amigas. Hace tres meses estuvieron los cuatro de vacaciones en Tenerife y todo salió genial. Pero dos días después de volver, su marido se despidió y se fue de casa. Así. De repente. Sin más. Dijo que se iba a Brasil. A ver a una chica que había conocido por internet. Ana no podía entender que su marido pudiera echar por la borda veinticinco años de convivencia y toda una familia, por el afán de ir a vivir con una chica brasileña a la que no había visto nunca en persona... Pero su marido le dijo que se había enamorado, que sólo se vive una vez, y que quería disfrutar de una nueva vida... Ahora, tres meses después, y con su exmarido, ya divorciado, Ana dice que necesita tiempo para reflexionar, y para aceptar esta ruptura, y para coger fuerzas para afrontar su nueva vida, con sus tres hijos, y sin el hombre que había llevado las riendas de la casa en muchos aspectos... Sabe que es difícil, pero sabe que tiene que hacerlo.

     "Pero a lo mejor tu marido recapacita y vuelve", le dice Andrés. "No creo, dice Ana. Hace una semana me ha anunciado que su nueva mujer ya está embarazada de él, y que se van a casar muy pronto para que ella pueda arreglar los papeles para venirse a vivir a España... Lo que más alucinante me resulta es que nuestros tres hijos van a tener, así, de repente, un nuevo hermano... o medio hermano. Todavía no me lo puedo creer". "Qué raros somos los humanos", dice Andrés...

     Leonor, la otra chica, dice que ella no hace el Camino por ninguna razón personal especial, sino simplemente porque es amiga de Ana y quiere acompañarla y apoyarla en estos momentos difíciles. "Pues es, desde luego, una razón muy importante. Hacer el Camino por amistad. Todo lo que se hace por amistad tiene un valor especial", le dice Juan.

      Seguimos conversando durante un buen rato de mil cosas más. Nos sentimos muy a gusto y podríamos pasar así el día entero. Pero decidimos levantarnos y continuar el camino. Empezamos a andar todos juntos y en silencio. Tenemos mucho sobre lo que reflexionar. Al llegar a Viduedo Andrés dice que necesita parar un rato para descansar. Ana y Leonor se quedan con él. Pedro, Juan y yo decidimos seguir. Nos despedimos. Nos damos un fuerte abrazo. "Buen Camino". La intimidad que hemos trabado hace que este saludo nos salga desde lo más profundo del corazón. A veces hay personas pasan por tu vida rozándote la piel, pero otras veces te encuentras con personas que entran en tu vida llegando hasta lo más profundo de tu ser. La diferencia nace a veces en la fuente del misterio.

     Cada vez hay menos nieve en el camino. Y el descenso hacia Triacastela resulta por momentos una paseo agradable. Fuera brilla el sol y cantan los pájaros. Dentro bailan los pensamientos. En Filloval varios peregrinos están sentados en el suelo, en plena calle, comiendo y descansando, mientras un pacífico y pachorrudo perro grande del lugar les acompaña. Se respira allí un aire de alegría y despreocupación. Un poquito más abajo hay una tienda-cafetería donde nos sirve tres aguas del tiempo una camarera que tiene una bonita boca y una hermosa sonrisa. El camino cruza la carretera y desciende por una preciosa "corredoira" entre árboles. Se escucha el silencio. La temperatura es perfecta. Y hay una luz especial. El Camino tiene cada día mil cosas y mil momentos diferentes.

     Un poquito antes de Triacastela, cruzamos As Pasantes, donde nos paramos a contemplar un impresionante castaño. Un cartel dice que tiene unos 800 años. Hablamos con un viejo que se encuentra allí. ¿Será cierto que este castaño tiene 800 años?, le preguntamos. "Eso dín, pero non se lle botan. A min paréceme máis novo. Eu, se me apura, penso que non ten máis de 500 anos". "¿Y usted cuantos tiene?". "Eu teño algúns menos... E, aínda así, son máis vello ca él. ¿Cómo se explica iso?". La verdad es que su razonamiento nos deja a todos sin respuesta. El concepto de joven o viejo depende de muchas cosas.

El castaño centenario de As Pasantes.

 

     En un plis plas llegamos a Triacastela. A la izquierda encontramos el albergue. Sentado delante del albergue está Claudio hablando con otros peregrinos. Tiene cara de haber empezado ya a encontrarse a sí mismo. Nos dice que está hospedado en el albergue y que hoy ha tenido un buen día. Que ya le está encontrando el sentido al Camino.

     Dentro del albergue, un cartel en mayúsculas reza: "COMPLETO". Hablamos con el hospitalero. Nos dice que hace un rato ha estado una pareja allí, y que han llamado a los teléfonos de todos los albergues y hostales de Triacastela y que no queda ni una sola cama libre en ninguno de ellos. Que como es Semana Santa y Año Santo que está todo el pueblo tomado por los peregrinos. Le miramos, nos miramos, sonreímos: "Dios proveerá".

     Nos vamos caminando hacia la iglesia. IGLESIA ROMÁNICA DE SANTIAGO. En medio de la fachada se ve una estatua de piedra de Santiago. Y en el interior, en medio del retablo principal hay otra estatua de madera también de Santiago. Aquí no hay ninguna duda de que el Camino pasa por aquí y de que la imagen del apóstol está presente. Mientras estamos visitando la iglesia aparecen Clemente y Leopoldina. Hoy se han encontrado bien y han caminado un montón. Silvia y Macarena han decidido quedarse en O Cebreiro, porque no querían pasar de prisa por un lugar tan simbólico y lleno de energía.

Estatua de Santiago en el retablo mayor de la Iglesia de Santiago (Triacastela).

      Juntos recorremos el pueblo. En una tienda compramos algo de comida. Vemos una señora mayor sentada en una escalera. Le contamos que no tenemos alojamiento y le preguntamos si a ella se le ocurre alguna idea, si puede decirnos algún sitio a donde ir. Nos mira. Pone cara de madre. "Suban e pasen. Eu tamén teño fillos polo mundo adiante". Y así, sin más, nos mete en su casa. Y nos da una habitación. ¡Y cinco toallas!. Nos indica que podemos ducharnos.

     Nos duchamos. Cenamos nuestra comida y su caldo, en su cocina. Conversamos largamente con ella... Nos sentimos como en casa. El Camino a veces es alucinante.

     Antes de irnos a dormir le decimos que al día siguiente pensamos madrugar para empezar a caminar temprano, y que para no despertarla preferimos pagarle ya esta noche, que nos diga cuánto le debemos. "Nada. Eu tamén teño fillos", nos dice.

 

De Triacastela a Sarria

"¡El Camino está lleno de sorpresas!"

"Nunca se sabe donde puede aparecer una luz que nos ilumine la puerta para entrar dentro de nosotros mismos para conocernos mejor"

     Clemente es el primero en despertarse. Empieza a vestirse, sin encender la luz. Intenta no hacer ruido. Pero todos tenemos ganas de caminar por lo que nos despertamos antes de que él acabe de vestirse. Encendemos la luz y empezamos también a ponernos la ropa de andar. Leopoldina nos dice: "¿No os vais a duchar? ¡Para un día que tenemos un baño y una toalla como Dios manda!... " Clemente le responde: "Querida sobrina, normalmente los peregrinos no se duchan por la mañana. Si te duchas ahora tu cuerpo se va a sentir de maravilla. Pero tus piés se van a ablandar con el agua. Y luego en cuanto empieces a andar es más facil que te salgan ampollas o rozaduras. Y los pies es una parte esencial. Es por eso, porque no queremos que nuestros pies se ablanden antes de empezar a andar, por lo que normalmente los peregrinos no nos duchamos nunca por la mañana, sino por la tarde, cuando llegamos al albergue". Leopoldina refunfuña un poco, pero al final se lo piensa mejor, y no se ducha.

     Clemente saca de su neceser su bote de "viksvaporub" y empieza a untarse con el los pies. Leopoldina le mira horrorizada. El le explica con paciencia: "Sobrina del alma, el "viksvaporub" mantiene frescos los pies. Al caminar los pies se recalientan, y esto es la causa principal de las ampollas. Si consigues mantenerlos frescos, puedes ayudar a evitarlas". A Pedro y Juan les parece una idea muy razonable y Clemente les pasa el bote para que también ellos se embadurnen los pies. Leopoldina dice: "Estais todos como cabras".

     Al salir de la habitación nos encontramos con la dueña de la casa que nos manda pasar a la cocina donde está servido el desayuno: café con leche, tostadas de pan centeno con manteca de vaca, mermelada, miel... ¿Estamos en un hotel de cinco estrellas?. No. Esto es mucho mejor. No podemos negarnos. Al terminar nos despedimos de ella con dos besos y un fuerte abrazo. Es nuestra madre en Triacastela.

     Empezamos a andar. Al salir del pueblo ya tenemos que decidir: ¿Por Samos o por San Xil? A muchos peregrinos no les gusta nada que haya varios caminos alternativos. El tener que elegir uno de ellos supone un estrés y un esfuerzo que se considera innecesario. Es algo realmente extraño. En el Camino se toman muchas veces decisiones esenciales que afectan radicalmente a la forma en que se quiere vivir en el futuro y en cambio no apetece tomar estas decisiones nímias de si vamos por un camino o por otro. Es algo que nunca he entendido.

     Al final decidimos ir por San Xil. Ya conoceremos Samos en otra ocasión. Hace un día bonito y soleado y vale la pena disfrutar de los campos, del canto de los pájaros, del aire y de la naturaleza...

     Durante un rato caminamos juntos, conversando. Pero poco a poco nos vamos separando unos de otros y acabamos caminando en fila india, un poco distanciados, en silencio, escuchando la música de la naturaleza y de los pensamientos y sentimientos que cada uno lleva dentro.

     Yo pienso durante un buen rato en Leopoldina. Es la primera vez que viene al Camino. Tiene veintipocos años y acaba de aprobar la oposición para ser profesora de Instituto. En este momento está que se come el mundo. Pletórica. Eufórica. Tiene un novio desde hace bastantes años. . Están preparando la boda para el próximo otoño. Él también tiene un buen trabajo. No sabe por qué ha venido al Camino. Piensa que la única razón que le ha traído aquí es la de acompañar a su tío Clemente. Es posible que ella no necesite el Camino en este momento de su vida. Puede ser que para ella sean solo unos días de ejercicio al aire libre. Su vida en apariencia está perfectamente organizada. Todo le va bien y no necesita para nada remover los cimientos de su existencia ni buscar las raíces de su propio ser. Es joven, alegre y feliz. No necesita buscar ninguna otra cosa.

     De todos modos su presencia aporta frescura al grupo. Su juventud aporta un punto de vista diferente que a veces nos ayuda a los mayores a reflexionar. Su palabra espontánea y libre nos ayuda en ocasiones a desmontar viejos perjuicios que creíamos inamovibles...

     Veo claro que ella nos ayuda a los demás. Pero me gustaría también que este Camino fuese útil para ella.

     Mientras voy rumiando estos pensamientos llegamos a un lugar llamado Montán. A la izquierda del camino hay un pastor cuidando ovejas. Desde lejos se le oía cantar. Pedro y Juan, que iban de primeros, se han parado a charlar con él. Y los demás, según vamos llegando, también nos paramos. Nos sentamos todos en el suelo, encima de una piedras. Nos cuenta que se llama Paco. Que ha sido pastor durante toda su vida. Y que siempre ha conocido a todas y cada una de sus ovejas. Y que las quiere a todas y a cada una en particular. Que no se ha casado. Que sus padres se han muerto hace ya mucho tiempo. Que sus ovejas son como su familia, y su razón principal para vivir. Y que es feliz con ellas. Le dan compañía, leche, lana y corderitos. "¿Leche? ¿Es usted capaz de ordeñar las ovejas?", le pregunta Leopoldina. "¡Pues claro!..." El pastor saca de su zurrón un vaso de cinz, y llamá con voz suave a una de las ovejas: "¡Blanca, ven aquí!".La oveja se le acerca obedeciendo al instante. Le levanta una pata trasera y empieza a ordeñarla apretando con la punta de los dedos índice y pulgar una de sus diminutas tetas. Un chorro de leche sale disparado hacia el vaso. Leopoldina queda maravillada. "¿Puedo intentarlo yo?", le pregunta. Él le enseña como hacerlo. Y al final tras varios intentos, Leopoldina dibuja en su cara una de las sonrisas más grandes de su vida: ha conseguido que salga un chorrito de leche. "¡Vaya! ¡Esto sí que no me lo esperaba!. ¡El Camino está lleno de sorpresas!", dice.

     Yo pienso lo mismo. Para mi también es una sorpresa que Leopoldina haya abierto la puerta a la posibilidad de que el Camino la sorprenda. Nunca se sabe donde puede aparecer una luz que nos ilumine la puerta para entrar dentro de nosotros mismos para conocernos mejor. Lo importante es tener la capacidad de dejarnos sorprender.

     Leopoldina acaba llenando el vaso con la leche de la oveja y decide vacíar el agua de su botella para echar en ella la leche. La prueba. Dice que sabe un poco fuerte, pero que es riquísima. "¡Es la primera vez en mi vida que tomo leche de verdad!"

     Después le pide al pastor que le enseñe alguna de sus canciones. Él canta. Y ella anota la letra en un cuaderno.

     Todos nos sentimos muy agusto. Y perdemos la noción del tiempo. No sé cuantas horas pasamos allí. Al final Paco nos invita a compartir con él su merienda. Y cada uno de nosotros saca de su mochila lo que lleva. Yo tengo un plátano, dice Juan, y le pide a Paco la navaja para cortarlo en seis rodajas, una para cada uno. Leopoldina saca dos manzanas y las reparte entre todos. Paco nos ofrece pan centeno y chorizo. ¡Qué rico nos sabe!. Leopoldina nos pasa la botella de leche para que la probemos. Pedro comparte con todos un trozo de queso. Clemente lleva unas galletas que nos saben a gloria. Y yo reparto finalmente la media tableta de chocolate que me queda...

     Todo esto me trae a la mente un pasaje del Evangelio: la multiplicación de los panes y los peces...

     Tras vivir estos momentos absolutamente llenos de magia, nos despedimos de Paco, cogemos nuestras mochilas, y nos ponemos a andar... Mientras nos alejamos, él se pone a cantar, y su voz, cada vez más lejana, nos inunda suavemente el alma...

     Bajo la caricia del sol de la tarde, nuestro alegre caminar nos lleva hasta Sarria. Allí encontramos el albergue lleno. "Podemos dormir en la calle", dice Leopoldina, "hace buena noche". Pero el hospitalero nos dice que es posible que haya sitio en el albergue de Calvor, que está a menos de cinco kilómetros. Llama por teléfono y le dicen que sí que hay sitio. Calvor está un poco antes que Sarria, y hemos pasado por allí una hora antes. Cogemos las mochilas para volver sobre nuestros pasos... Pero el hospitalero no nos lo permite, sino que abre la puerta de una furgoneta que tiene aparcada allí al lado y nos manda subir. En un momento nos acerca hasta Calvor. "¿Qué le debemos?". "Una sonrisa". "¿Le damos por lo menos algo para la gasolina?" "La sonrisa es el mejor de los combustibles".

     Nos despedimos. Él se va. Y nosotros entramos en el albergue. Y allí nos encontramos a Claudio, que está preparando unos espaguetis para la cena, ayudado por Silvia y Macarena. Nos invitan. Y cenamos todos juntos. Los espaguetis llegan para todos. ¡El Camino es alucinante!

     Después de los espaguetis Claudio se come un chorizo con un buen pedazo de pan de centeno, que le ofrece un peregrino gallego que está también en el albergue. Mientras se lo zampa pone cara de niño travieso. Disfruta como un enano.

De Sarria a Portomarín

"¡Es más facil soportar los ronquidos de los demás, que aceptar que a veces es uno el que ronca y el que no deja dormir a los otros!"

"¡Es más facil soportar los defectos de los demás que los propios!"

"¡La vida de verdad está dentro de cada uno!"

     No nos resulta nada fácil coger el sueño en el albergue de Calvor. Dos o tres peregrinos roncan horriblemente. Otros hacen ruidos para intentar que cesen de roncar, pero lo único que consiguen es empeorar la situación y poner nerviosos a la mayor parte de los hospedados. Hay momento en que la tensión se hace irrespirable.

     Yo cierro los ojos. Y me concentro en mi respiración. Y al mismo tiempo efectúo un ejercicio profundo de ennadamiento: "No tengo derecho a exigir que mis compañeros no ronquen. Tampoco es imprescindible que duerma. Con descansar es suficiente. Además si consigo no obsesinarme lo más probable es que al final termine durmiéndome. Incluso en el caso de que los ronquidos no cesen. Sí. Lo único que debo hacer es estar tranquilo, concentrarme en mi respiración y en mis pensamientos, y aislarme del mundo exterior..." Al final termino quedándome dormido. Despierto un par de veces durante la noche. Pero me vuelvo a dormir.

     Por la mañana la mayor parte de los peregrinos del albergue se levantan muy temprano. A muchos de ellos se les nota claramente que están de mal humor. Un matrimonio de mediana edad le acusa a Claudio de haber roncado toda la noche como un cerdo. "No nos has dejado dormir en toda la noche. Tus ronquidos son insoportables".

     Claudio baja la cabeza y calla. Sale del albergue. Y empieza a caminar solo. Yo salgo un poco después. Y me lo encuentro un poco más tarde un par de kilómetros más adelante. Va cabizbajo. Triste. Le saludo y apenas me contesta. Le acompaño un buen rato en silencio. No me mira. De vez en cuando le da patadas a las pequeñas piedras que va encontrando en el camino. Se le nota que está muy enfadado.

     Después de un tiempo vuelvo a intentar hablar con él. Esta vez se muestra más comunicativo: "Creía que ya me había acostumbrado al Camino. Y ya había conseguido que no mi pusiesen nervioso los ronquidos de los demás. No me importaba pasarme parte de la noche sin dormir a causa de los ronquidos de otros. Pero lo que no puedo soportar es sentirme culpable de haber roncado yo de esa manera que dicen. No lo entiendo. Creía que yo no roncaba. Siempre me han dicho que no ronco. Y esta noche no sé que ha pasado... No sé lo que voy a hacer. No sé si me iré y dejaré el Camino. No estoy preparado para esto..."

     "Es posible que habitualmente no ronques... ¿Por qué roncaste anoche?... Puede que influyese el cansancio: cuando uno está muy cansado físicamente aumentan la probabilidad de roncar. Y también ha influído el chorizo que te has tomado después de cenar. Si cenas ligero (unos espaguetis, o una ensalada) lo normal es que no ronques. Pero si cenas fuerte (carne, chorizo...) tu sueño será más pesado y es casi seguro que vas a roncar. Así que ya sabes: una cena liguera es la solución para tu problema. Como ves no es un verdadero problema, sino un pequeño inconveniente".

     "No lo sé. Ahora mismo no lo veo nada claro. Todo esto me ha levantado un terrible dolor de cabeza. Casi no lo puedo aguantar... "

     "Bien. Ya sabes que el sufrimiento forma parte del Camino. Y de la vida. Todos tenemos que pasar por momentos de dolor. Procura que este sufrimiento te ayude a reflexionar y a conocerte mejor. Y reconoce que no eres perfecto. Hoy te toca hacer un ejercicio de humildad: tú a veces también puedes hacer cosas que perjudican a los demás. Reconoce tus defectos, tus limitaciones, tus imperfecciones... Eres un ser humano, no un superhombre. Te dejo, porque creo que ahora mismo necesitas unos cuandos kilómetros de soledad"

     Dejo que Claudio siga su Camino, y yo me paro para ver con calma la iglesia románica de Santiago de Barbadelo. Una joya del románico gallego. ¡Qué lástima que la hayan rodeado de panteones modernos de dudoso estilo, que no guardan ninguna armonía con la iglesia!

     Todas las iglesias del Camino que están dedicadas a Santiago me hacen sentir una emoción especial. En esta me siento dentro, en un banco, durante un buen rato. Luego salgo y me siento fuera y me quedo contemplando la torre cuadrangular. A estas horas de la mañana hay una bonita luz. Y hace una temperatura maravillosa.

     Luego subo hasta el pequeño pueblo, para tomar un café con leche y tostadas en la Casa Carmen. Al entrar me llevo una alegría enorme: allí está Elena, la chica que habíamos encontrado en el albergue de Villafranca del Bierzo con una rodilla hecha polvo. Está con unas señoras mayores. La saludo. Me da un par de besos y un fuerte abrazo.

     "¿Como estás?" "Bien. Muy bien. La rodilla se me curó por completo. Y cada día me siento mejor físicamente. Además hoy he tenido una noche genial. Estás son mis amigas, Ana y Susana. Son alemanas. Yo las llamo por el nombre español equivalente al suyo de allá, pues no sé muy bien cómo se pronuncian sus nombres en alemán. Ayer hicimos juntas una etapa muy larga: desde el Cebreiro a Sarria. Pero cuando llegamos no encontramos donde dormir, por lo que decidimos seguir hasta Barbadelo. Pero el albergue de aquí estaba lleno. Y en Casa Carmen tampoco les quedaba ningún sitio. Aquí enfrente hay una pequeña capilla. Y nos dejaron dormir en ella. Fué genial. Creo que nunca me había sentido tan bien. Ha sido una noche maravillosa"

   Me alegra mucho ver a Elena tan contenta. Paso un buen rato conversando con ella y con sus amigas. Me cuentan que el tramo que va de Triacastela a Sarria no lo hicieron por San Xil, sino por Samos. Que los paisajes que se encontraron entre Triacastela y Samos les parecieron maravillosos. Y que cuando estaban llegando a Samos, y vieron el monasterio desde arriba, desde lo alto, les pareció una alucinación.

     A las alemanas les pregunto en inglés si han leído un libro que escribió sobre el Camino un humorista y presentador de televisión muy conocido en Alemania. Una de ellas me contesta: "Ah! El de Hape Kerkeling... Sí. Yo lo he leído. Pero mi Camino no es ese Camino. ¡Yo estoy haciendo otro Camino!"

     En la mesa de al lado hay dos chicos jóvenes que se unen a nuestra conversación. Son coreanos. Pero uno de ellos es profesor de español en una universidad de su pais, por lo que podemos entendernos con ellos en castellano. Nos cuentan que habían venido tres amigos a hacer el camino. Pero que ahora ya solo quedan dos. El otro no traía un calzado apropiado, y en la primera etapa ya se salieron ampollas. Intentó seguir. Pero dos días después tenía los pies llenos de llagas y tuvo que parar. Una hospitalera le curó los pies y le ofreció que se quedase varios días en el albergue, hasta que se curase. Pero al cabo de dos días de descanso él decidió abandonar el Camino.

     Los otros dos siguieron. Y están encantados. Mientras hablan se ríen un montón. El que no habla español le comenta cosas a su compañero y este nos las traduce. Nos cuentan que un día les pilló una tremenda tormenta y que se les mojó todo, no solo lo que llevaban puesto, sino también lo de dentro de la mochila. Que luego en el pueblo donde terminaron la etapa unos vecinos les regalaron ropa interior para ponerse esa noche. Y al día siguiente en el albergue les lavaron toda la ropa y se la secaron en la secadora. "Cuando lleguemos a casa y abramos el cajón del armario y nos encontremos los calzoncillos, las camisetas y los calcetines todos limpios, secos y dobladitos... nos va a parecer algo maravilloso... y creo que se nos van a caer las lágrimas. ¡Nunca nos habíamos dado cuenta de lo importante que es tener unos calzoncillos limpios y secos!"

     Hablamos también con Carmen, la dueña del bar. Ella nos cuenta que hace unos años una chica canadiense, que era periodista en su país, también tuvo que dormir en la capilla que hay enfrente de su casa. Y que le gustó tanto la experiencia que se quedó allí un mes entero, durmiendo por la noche en la capilla, y comiendo y cenando en Casa Carmen. Y que habían llegado a un acuerdo por virtud del cual ella les ayudaba a servir a los peregrinos y a recoger las mesas y a cambio ellos le daban el desayuno, la comida y la cena gratis. Y así estuvieron durante todo el mes. "Ella, aparte de ayudarnos en el bar, se pasaba el resto del tiempo hablando con los peregrinos, tomando notas, y haciendo fotos. Y en los momentos en los que no había peregrinos unas veces se iba a pasear por el campo y otras veces entraba en la capilla, se sentaba en el suelo, y se pasaba horas en silencio... "¡Era una chica maravillosa! Cuando se fue sentimos mucha pena, pues ya la queríamos como si fuera hija nuestra"

     Barbadelo tiene algo, un no sé qué, que me hace sentir muy agusto. Siento la tentación de quedarme en Casa Carmen durante un mes, como la canadiense, trabajando en el bar y durmiendo en la capilla de enfrente. Creo que los demás sienten la misma tentación. Pero al final la razón vence al sentimiento y decidimos ponernos a andar y retomar el Camino. Vamos contentos.

     Pasamos por Rente, Peruscallo, y otros pequeños pueblos... En uno de ellos nos paramos en el "Bar Morgade" para tomar tres suculentos bocadillos de pan con jamón, queso y tomate, que repartimos como hermanos, cortándolos a la mitad, y tomándonos cada uno medio bocadillo,. Poco después de este bar vemos una pequeña capilla, en cuyo interior hay un altar lleno de papelitos que van dejando los peregrinos con sus pensamientos, sus deseos, sus peticiones. "Por mis padres, para que no discutan, para que no se griten, para que no se insulten, para que no se peguen, para que vuelvan a respetarse y a quererse, y para que vuelvan a sonreir como antes", dice uno.

      Cuando llegamos a Ferreiros me llama la atención un cartel que hay a la puerta de un "hostal-restaurante" en el que dice en varios idiomas que dormir es gratis... En caso de que uno se quede a cenar y a desayunar en el sitio, supongo. La verdad es que me hace gracia.

     A la salida del pueblo, a la izquierda, nos paramos un rato para ver una iglesia.

     Y seguimos caminando. Hace calor. Sentimos sed. Compartimos la bebida que nos queda. Pero calor sigue apretando y volvemos a sentirnos sedientos de nuevo. Yo noto que me duelen un poco las piernas por falta de hidratación. Pero hay que seguir adelante. Un poco antes de Portomarín, en un lugar llamado Vilachá, en el porque de una casa encontramos un pequeño milagro: una mesita, una nevera portatil, un letrero que dice "1 Euro", y un bote en el que hay algunas monedas. Llamamos. No contesta nadie. Pero entendemos el mensaje. Abrimos la neverita. Dentro hay botellas de agua fresca de medio litro. Cogemos una para cada uno y depositamos cada uno un euro en el bote. ¡Qué maravilla! ¡Y qué milagro encontrarse todavía en estos tiempos gente que confía en la honradez de los peregrinos que pasan por el camino! Y qué bueno es que lo peregrinos sean de verdad honestos y depositen su euro en el bote a cambio del agua que toman para saciar su sed. ¡Es un verdadero milagro: el milagro de las pequeñas cosas!

     Cuando llego a Portomarín me dirijo al albergue. Allí me encuentro a Claudio, a Clemente, a Leopoldina, a Juan, a Pedro y a dos chicas muy alegres y agradables que están charlando con ellos. Todos sentados en el suelo. Las dos chicas son ¡Silvia y Macarena, evidentemente!

     A Claudio se le nota en la cara que ha recuperado el ánimo. "¿Cómo estás Claudio?" "Bien. Ya se me ha pasado el dolor de cabeza. He hecho casi toda la etapa solo. Y he pensado mucho. Pero al final he llegado a una conclusión muy sencilla: las cosas que suceden fuera importan poco, porque la vida de verdad está dentro de cada uno. Y quiero seguir meditando más días en este pensamiento. Por tanto, ¡me quedo!. Esta noche cenaré ensalada... y espero no roncar... Y si ronco, ¡despertadme, por favor!..."

     Como el día de hoy está lleno de milagros... a pesar de la hora que es... todavía queda sitio en el albergue para Elena, para las dos alemanas, para los dos chicos coreanos y para mi. Hago las presentaciones pertinentes de unos y otros... Y me voy con Claudio y con Elena a comprar lechuga y tomate... Esta noche cenaremos todos ensalada.

 

     Claudio y Elena nos sorprenden a todos demostrándonos que son unos verdaderos especialistas en el arte de preparar la ensalada. Está empezando a anochecer. Hace una temperatura perfecta. Se respira un aire limpio que huele a paz. En la tarde-noche de Portomarín se escucha como suben del pueblo viejo que duerme bajo las aguas del embalse suaves sonidos de alegre y serena armonía. Mientras disfrutamos saboreando nuestra esquisito manjar de lechuga, tomate, remolacha y otros complementos varios, conversamos.

     Hablamos despacio, sin prisas, escuchándonos, sin atropellarnos, saboreando las palabras y los silencios. Hablamos desde el corazón. Con sinceridad y sencillez. La vida. Nuestra vida. El Camino. Nuestro Camino.

     Clemente nos cuenta que uno de los momentos más emotivos de todas sus andanzas por los Caminos de Santiago lo vivió en Oseira. Hace ya varios años. Una tarde del mes de mayo. Hacía calor, mucho calor. Caminaba solo, al mediodía... Ese día había salido tempranito de Ourense con la intención de hacer una etapa larga y terminar en Oseira. Había caminado a buen ritmo. Toda la mañana en solitario. Estaba ya a punto de llegar a su destino. Su cuerpo había aguantado bien. Pero su cabeza estaba un poco tonta ese día. Llena de nubarrones y de pensamientos negativos. Se sentía asqueado de su vida. Vacío. Desesperanzado. Absurdo. Deprimido. Roto. Con ganas de llorar. Le pesaba en su corazón una enorme sombra de amargura.

     Caminaba con desgana, ruimiando estos oscuros pensamientos. Y de pronto vió a un hombre, relativamente joven. Rondaría quizás los treinta y pocos. Sudoroso. Sonriente. Moviendo con energía las ruedas de su silla. Se saludaron. ¡Haciendo el Camino en silla de ruedas! Empezaron a conversar. Clemente se olvidó de repente de toda su desgana. Todos sus oscuros pensamientos que le tenían ocupada la cabeza desaparecieron de repente ante la imagen de aquel hombre.

      Caminaron juntos los dos kilómetros que faltaban para llegar a Oseira. Y al llegar, tras dejar las cosas en el humilde albergue, salieron a comer juntos en un bar cercano al monasterio. Allí, mientras comían, el hombre le contó su vida. Había nacido en Hungría. Pero llevaba ya bastantes años en España. Trabajaba en una empresa dedicada a la contrucción de gasoductos. Y en el tiempo libre le encantaba hacer montanbike. Hasta que un día tuvo una mala caída y se quedó impedido. Fue muy duro pasar de ser un deportista a quedarse paralítico. Le costó tiempo aceptar su nueva situación. Pero decidió hacerlo, y hacerlo a fondo. Y decidió que tenía que seguir viviendo, con valentía, con alegría, y con decisión. Sin lloriquear y sin dar lástima. Había perdido la movilidad de sus piernas. Pero conservaba lo esencial: la vida. Y además con la enorme suerte de seguir teniendo su cerebro intacto y su cabeza lúcida. Un día, después de darle muchas vueltas a su situación, llegó a la conclusión de que un hombre que conserva la capacidad de ver, de oir, de hablar, de oler, de saborear, de sentir, de razonar... ¡no tiene derecho a quejarse!. Un ser humano no puede pasarse la vida lloriqueando por el simpre hecho de que no pueda mover normalmente sus piernas.

      Y por todo ello decidió llevar una vida normal. Por fortuna le había quedado una pensión por invalided que le permitía vivir sin excesivos agobios económicos. Cambió de piso, alquilando uno en la planta baja de un edificio. Llegó a un acuerdo con el dueño para hacer las obras imprescindibles para adaptarlo a su situación. Aprendió a manejar su silla cada vez con más soltura. Llegó a adquirir una fuerza enorme en sus brazos. Se sorprendió cuando su novia, una chica brasileña, le comunicó que quería seguir con él, que no lo iba a abandonar en este momento, que le seguía queriendo igual que antes, o quizás más. Fue al oir esto cuando sintió que había sido tocado por la esencia del amor. Nunca antes había sentido tan intensamente la felicidad dentro de sí mismo.

      Años después la que era su novia ya se había convertido en su mujer. Y había traído al mundo un hijo suyo. ¡Era padre! La mirada y la sonrisa de su niño se había convertido en un motor capaz de mover todas las palancas de su vida. Es increíble la energía que puede generar un crío.

       Y cuando su hijo cumplió los tres años un amigo le invitó a lanzarse al Camino. Lo comentó con su mujer. Y ella lo animó. De corazón le dijo que si quería que podía ir. Que ella comprendía la importancia que tenía este reto en su vida y que le apoyaba totalmente.

     Con su amigo partió de Sevilla. El amigo caminando y él en su silla de ruedas. Al cabo de quince días el amigo no pudo más: había superado las ampollas, pero al final le venció una tendinitis que le impidió seguir caminando. Se ofreció a hacer las etapas en taxi para ayudar a su amigo en cada final de etapa. Pero este no quiso. Al contrario pensó que el verdadero reto empezaba ahora: seguir el camino él solo. Si lograba hacerlo habría ganado definitivamente la batalla de su vida.

     Y en eso estaba. En Oseira. Ya muy cerca de la meta. Tras haber recorrido unos novecientos kilómetros. O quizás más, porque el camino en silla de ruedad muchas veces es más largo que el de los peregrinos que van andando. Hay muchos tramos por los que es imposible pasar en una silla de ruedas. Y a veces hay que dar un rodeo por carretera para llegar al destino. Pero él siempre había tenido la suerte de encontrarse con alguien que le había ayudado en los momentos especialmente delicados. Sobre todo a la hora de ducharse, de acostarse y de levantarse. Esto era para él lo más dificil del camino. Pero de un modo u otro siempre había encontrado ayuda.

     El relato de Clemente nos hace darnos cuenta de que la mayoría de nuestros problemas son simples tonterías.

De Portomarín a Palas de Rei

"Buscaba caminar hacia el silencio y hacia el encuentro conmigo mismo."

 

     Salimos de Portomarín tempranito, y tras cruzar el río, empezamos a subir por un precioso camino de tierra. A los lados los pájaros cantan mientras se columpian en las ramas de los árboles. Vamos en fila india. En silencio para escuchar la voz de la naturaleza. Poco a poco nos vamos distanciando. Cada uno a su paso.

     Llevamos agua y bocadillos en la mochila. Es un buen día para caminar en silencio y soledad. No hace ni frío ni calor. Es maravilloso caminar así.

     Pero hoy prefiero no hablaros de nuestra etapa. Quiero dejar espacio para una historia que os voy a contar. En Palas de Rei, despues de cenar, hablamos con otros peregrinos. Nos contamos las razones por las que hemos venido al Camino. Son muchas las vivencias que merecerían ser recogidas en esta narración. Pero voy a escoger solo una. Es la que nos deja Pablo, un peregrino de Burgos. Sentado en el suelo, delante de la puerta del albergue, con voz profunda y serena, Pablo surca el silencio de una noche llena de estrella y empieza a contarnos:

     "Mi padre se murió hace seis meses. Tenía noventa y siete años. Una larga vida. Completa. Cargada de años de trabajo, sacrificio y esfuerzo. Pero también adornada con muchos momentos de alegría, de satisfacción, de felicidad y de plenitud... No murió con las manos vacías. No. Murió en paz. Satisfecho consigo mismo, con la vida que había llevado, y con las huellas que había dejado su paso por este mundo... Había cumplido su deber. Y eso le daba una gran serenidad.

     En su enfermedad, en el Hospital, le atendía una doctora de mediana edad, que le trataba con un cariño especial. Parecía como si fuese su propio padre.

     Se notaba tanto la ternura en la voz y en la mirada de aquella mujer que un día mi padre le preguntó: "Doctora, me gustaría saber ¿porqué me trata usted tan bien?".

     Ella cogió una silla, se sentó, le miró, y empezó a hablar:

     "Es una larga historia. Hace treinta y siete años, cuando yo estaba en el Intituto, haciendo el primer curso del Bachillerato, dos profesoras nos propusieron hacer el Camino de Santiago. De trescientos alumnos nos apuntamos un grupo de veinticuatro. Empezamos a caminar en Sarria. Y el primer día, ya antes de llegar a Portomarín, me salieron tres ampollas en la planta de cada pie. Al día siguiente empecé a caminar con el grupo para hacer la etapa de Portomarín a Palas de Rei. Pero no podía seguir el ritmo de los demás. Me era totalmente imposible. Una de las profesoras se quedó conmigo. Íbamos muy despacio. El peso de mi cuerpo y de mi mochila me aplastaban los pies y el alma contra el suelo. Nunca antes había sentido tanto dolor. Cada paso era un infierno.

     Pasó a nuestro lado un hombre que nos saludó y nos deseó buen camino. Y al cabo de un rato se volvió, se paró, y vino de nuevo hacia nosotros. Me preguntó lo que me pasaba. Se lo conté. Estuvimos conversando un rato. Y se ofreció a llevar mi mochila. Antes de que yo le contestase él me quitó la mochila de encima y se la puso a sus espaldas. La de él, que era pequeña, se la colocó por delante.

     Yo me sentí un poco aliviada. Pero los pies me seguían doliendo mucho. La profesora que me acompañaba dijo que teníamos que intentar llegar a Gonzar, que era el primer pueblo que había, y desde allí pedir un taxi para que me llevase a mi hasta el final de la etapa.

     Para llegar a Gonzar faltaban cinco quilómetros. A mi me parecía totalmente imposible. Pero el hombre que llevaba mi mochila empezó a hablarme con serenidad y dulzura. Me contó que él también había tenido ampollas las dos primeras veces que había hecho el Camino. Y que sabía lo que dolían. Que conocía perfectamente esos momentos en los que lo único que existe en el mundo son los propios pies... y en los que el único pensamiento y el único deseo es que dejen de dolernos los pies... Que ese es uno de las enseñanzas más importantes que podemos obtener en el Camino: ser conscientes de la existencia y de la importancia de nuestros pies, y de todos y cada uno de los miembros y de los órganos de nuestro cuerpo, y ser capaces de traer el pensamiento a nosotros mismos, olvidándonos de todo lo demás... Y hacerlo no por egoismo, sino para tomar conciencia de lo que somos, para conocernos, y para sentar las bases sólidas de nuestro actuar en el mundo, procurando luego hacer siempre el bien a los demás... Me dijo que solo por esos pocos quilómetros de dolor y sufrimiento ya valía la pena que hubiera venido al Camino... Y que aunque no me sucediese nada más en mis días de peregrina... que con eso ya habría sido suficiente...

     La conversación me encendió un montón de luces dentro de mi alma. Los pies me seguían doliendo, pero empecé a vivir el sufrimiento de otro modo, y a encontrarle sentido...

     Cuando llegamos a Gonzar llamamos un taxi. Nos hicimos una foto juntos. Y nos depedimos. Le dije al hombre: "nunca olvidaré este día". El hombre se quedó allí sentado. En cuanto mi profesora y yo subimos al taxí... ¡empecé a llorar!. Hacía mucho tiempo que no lloraba con tantas ganas. No lloraba de dolor de pies. No se muy bien por qué me caían las lágrimas. Pero creo que era porque le había cogido mucho cariño a aquel hombre y se me rompía el alma al despedirme de él y al pensar que nunca más iba a volver a verlo...

     Pero lo más importante es que aquellas horas marcaron todo el resto de mi vida. Cada vez que he tenido que afrontar problemas importante, o cuando he tenido que enfrentarme a dificultades serias, siempre he llevado mi pensamiento a aquellos momentos y siempre he sentido dentro de mi una fuerza enorme que me ha ayudado. Aquel hombre que me llevó la mochila no solo fue mi "angel" en aquel momento dificil de mi Camino, sino que su recuerdo y su presencia invisible me ha seguido acompañando en la historia de mi vida. Ha sido mi "angel de la guarda" en todos mis momentos difíciles... Y siempre he sentido su apoyo y su energía, sosteniendo suavemente pero con firmeza las raíces principales de mi alma...

     ¿Le suena de algo esta historia?..."

     Mi padre sonrió y dijo: "... Tengo una vaga sensación de haber vivido alguna vez algo parecido"

     "Sí. En el bar de Gonzar, mientras esperábamos al taxi, apunté en un papel su nombre y apellidos. Y he llevado siempre conmigo la foto que nos hicimos. Cuando le vi entre mis pacientes me dió un vuelco el corazón... Mire, aquí está la foto... "

     Al ver a mi padre, treinta y siete años más joven, me emocioné. Me pareció una historia alucinante. Mi padre nunca me la había contado. Quizás porque no le había dado importancia. Quizás porque para él había sido una situación normal de las muchas que se producen en el Camino...

     La noche que mi padre se murió estuvimos acompañándolo la Doctora y yo. Estuvimos hablando con él, como de costumbre. En un momento yo le pregunté: "Padre, ¿Qué es lo que buscabas tú en el Camino de Santiago?"

     El contestó: "Buscaba caminar hacia el silencio y hacia el encuentro conmigo mismo." Estas fueron sus últimas palabras. Tras pronunciarlas, cerró los ojos y dejó de respirar.

      "Buscaba caminar hacia el silencio y hacia el encuentro conmigo mismo." Esta frase me ha estado acompañando durante los últimos seis meses. Y por eso estoy aquí. Porque yo también necesito caminar hacia el silencio. Y porque yo también necesito encotrarme de verdad a mi mismo. Saber quien soy. Saber qué pinto aquí, en este mundo. Encontrar un sentido a mi vida".

      Esta es la historia de Pablo, de su padre, de la doctora... Moraleja: la vida da muchas vueltas... Y el bien que se hace nunca se pierde...

 

De Palas de Rei a Arzúa

 

"La ciudad nos crea necesidades de cosas inconquistables, generando infelicidad"

     En Palas dormimos de maravilla. Al día siguiente empezamos a caminar tempranito. Poco a poco va creciendo la luz y van apareciendo las formas de las cosas. Se dibujan los perfiles del paisaje. Y aparecen los primeros rayos de sol.

     Un bonito día. Y unos caminos magníficos. Me sorprende la belleza de este tramo del Camino.

     Intento buscar momentos de silencio para ordenar un poco mis primeros pensamientos. Pero me resulta dificil. El camino está abarrotado de gente. Es casi imposible encontrar un espacio de silencio y soledad. Unos hablan. Otros cantan. Otros gritan. Intento escuchar los sonidos de la naturaleza, pero no soy capaz.

     Veo un hombre que camina solo. Callado. Le miro. Él me mira. Nos saludamos. Intercambiamos unas palabras. A él tampoco le gusta tanto barullo. Se llama Andrés. Prefiere los días en que hay más silencio en el Camino. Hablamos de muchas cosas. Me dice que lleva un par de años buscando una forma diferente de vivir. No estaba de acuerdo con el ritmo de vida que llevaba: Trabajo, diversión, trabajo, diversión... Todo a correr. A toda prisa. Atropellando los momentos. Sin tiempo a saborearlos. Y al final el vacío. El absurdo. El sinsentido. Correr para escapar del miedo a pensar. Escapar de uno mismo, buscando fuera trocitos de placer. Migajas de felicidad.

    Hace dos años pidió una excedencia, dejó el trabajo, y se fue a pasar un mes al pequeño pueblo en donde nació. Allí intentó reencontrar sus raíces. Pero le resultó dificil. Casi todos los recuerdos de su infancia estaban borrados.

    Luego se compró una mochila y empezó a recorrer el mundo. Quería conocer lugares y gentes. Otras formas de vida.

     Uno de sus viajes le llevó al Tibet. A un pequeño pueblecito de montaña donde todavía no hay televisión. Tampoco luz eléctrica. Allí trabó amistad con un anciano llamado Tzeng. Pasaron muchas horas conversando. Y de él aprendió mucho.

     Al principio Andrés le decía a Tzeng que no comprendía como podían seguir viviendo así, como se vivía hace varios siglos, sin luz electríca, sin televisión, sin agua corriente...

     Pero al cabo de un par de meses se dió cuenta de que quizás era mucho más absurla la vida actual en las ciudades. Tzeng le explicó que las ciudades crean necesidades inconquistables y de este modo generan infelicidad. Y lo mismo sucede con la televisión. Por eso en su poblado no querían tener televisión. Si llegase la tele con ella vendría el desastre...

     En el poblado todos sabían quienes eran. Se conocían unos a otros. Y sabían lo que se podía pedir y esperar de cada uno. No les faltaba agua ni comida. Había trabajo y pan para todos. Tenían tierras para sembrar. Fuentes para beber. Caminos para andar... Y tenían tiempo para conversar. Tiempo para vivir y para saborear los momentos. Tiempo para amar. Tiempo para mirarse a los ojos. Tiempo para cogerse de la mano. Tiempo para soñar. Tiempo para respirar. Tiempo para cerrar los ojos y escuchar el silencio de la tarde... Y tenían agua pura, aire limpio, sol, sombras, y ¡silencio!. ¿Cuanto vale el silencio? Y tenían familia, tenían vecinos, tenían amigos... ¿Qué mas se puede pedir?

     Tenían todo lo esencial que necesitaban para llevar una vida feliz. Tenían sus necesidades básicas satisfechas. Y no tenían una máquina estúpida que les crease artificialmente necesidades innecesarias e inconquistables: no tenían tele. Y no querían tenerla.

     Andrés se dió cuenta de que en gran medida Tzeng tenía razón. Y cuando al cabo de varios meses volvió a la "civilización" se dio cuenta de que muchas veces le lastimaba el ruído y de que echaba de menos la paz y el silencio del poblado... Pero aún así no fue capaz de aceptar la invitación que le había hecho Tzeng de ir a vivirse allí, al poblado, el resto de su vida... Al fin y al cabo Andrés había bebido mucha tele y mucha "civilización occidental" y no era capaz de renunciar a todo lo superfluo para volver a lo esencial...

     Pero tampoco estaba dispuesto a rendirse del todo y a aceptar sin más el modo de vida occidental. Seguía buscando un camino personal situado quizás a mitad de camino. Un lugar donde pudiera compaginar las cosas positivas del progreso con los valores esenciales de toda la vida.

     En el fondo, lo que estaba buscando es lo mismo que buscamos todos: el camino personal hacia la propia felicidad.

     Y así, conversando con Andrés, casi sin darme cuenta, llego hasta Arzúa. No he encontrado el silencio. Pero sí una buena conversación. Y descubro que el silencio y una buena conversación en cierto modo se parecen mucho...

     En Arzúa, en el albergue, me encuentro a Claudio, a Clemente, a Leopoldina, a Juan, a Pedro, a Elena, a Silvia y a Macarena. Ellos me cuentan que tampoco han encontrado ni soledad ni silencio... pero que han decidido hacer de la etapa una fiesta y han venido charlando y cantando todo el camino. Y en el albergue están disfrutando de la tarde, escuchando música en una vieja radio que no sé de donde habrán sacado. En un momento suena una canción conocida. Y Macarena se pone a bailar conmigo. "Anda Bruno, que la vida no es solo pensar: a veces también hace falta bailar!"

     Bailo, me siento bien, y descubro una vez más que a mis años todavía me sigo sorprendiendo a mi mismo. Y esto es una de las cosas que me mantinen vivo.

 

De Arzúa a Santa Irene

 

""Ella se sienta en un escalón y se pone a llorar. No es una niña, sino una mujer adulta. Supongo que andará por los cincuenta y tantos años. Pero las lágrimas se le caen grandes y libres como si tuviera nueve años"

     En Arzúa, poco después de acostarme empiezo encontrarme mareado. Las literas del albergue me dan vueltas alrededor de mi cabeza. Intento relajarme. Pero el cuerpo no me obedece.

     Cierro los ojos. Intento concentrarme en mi respiración. Pero no funciona. El universo entero sigue dándome vueltas en la cabeza. Y el estómago se me sube a la boca. Me encuentro fatal.

     Los minutos se hacen eternos. De eternidad en eternidad escucho cómo van cayendo las horas lentas en el reloj. Soy una sombra de mi mismo disuelta en la oscuridad de una noche sin piedad. Me duele hasta el alma.

     Por la mañana, sin haber dormido ni un minuto, me levanto a la misma hora que mis amigos. Me notan en la cara que estoy mal. Les cuento lo que me pasa. Mientras a ellos les preparan unos suculentos bocadillos en una tienda... yo pido que me preparen una botella de agua con limón. La chica de la tienda es maravillosa y pone todo su amor y su comprensión a nuestro servicio. Coge una botella de agua fresca de litro y medio. La vacía en una jarra de cristal. Exprime en ella cuatro limones. Le pone un poco de miel. Y me la da a probar. Yo la miro con cariño y le digo: "Gracias. Tu bondad y tu ternura me alivian enormemente. Que tengas un día maravilloso". Ella me sonríe y vacía de nuevo la jarra en la botella y me la da.

     Empezamos a caminar. Les pido a mis compañeros que sigan a su paso, que no me esperen, que quiero aprovechar el día de hoy para encontrarme conmigo mismo en el sufrimiento. Ellos protestan. Pero al ver mi firme determinación me hacen caso y me dejan solo, a mi aire, conmigo y con mi dolor. Pero antes de irse me meten en la mochila un bocadillo y un par de plátanos. Yo no entiendo porqué hacen eso. Estoy totalmente convencido de que no voy a comer nada en todo el día.

     Camino despacio. La mochila me pesa mucho más que otros días. A cada rato pasan peregrinos que me adelantan. Algunos de ellos me saludan y me desean "buen Camino". Pero la mayoría pasan casi corriendo, sin apenas mirarme. Muchos van sin mochila. Y otros con mochilas enanas. Muy pocos son los que llevan la mochila grande que identifica al peregrino que viene de lejos y sin coche de apoyo.

     Arrastrando mis pies voy avanzando lentamente. De vez en cuando veo algunos detalles que me levantan el ánimo. En un muro a la vera del camino un lugareño ha dejado una canastilla con manzanas para que los peregrinos que pasan cojan alguna si les apetece. Tienen una pinta maravillosa.

     Un poco más adelante hay un monte con castaños. Un hombre mayor llena un cubo de castañas y se acerca al camino para ofrecérselas a los que pasan. Tiene las manos curtidas por la edad y por los trabajos y sacrificios de la vida. Su mirada es limpia y bondadosa. Me paro un rato a conversar con él. Le preguntó por qué hace eso de coger castañas para regalárselas a los peregrinos... Él se queda un rato pensando... "No lo sé muy bien. Cuando yo era niño había mucha hambre. Muchas familias no tenían para comer. Mis padres tenían este "souto". Daba muchas castañas. Yo venía con ellos a recogerlas. Nos pasábamos días enteros aquí. Luego, a la noche, cargábamos el saco en la mula y lo llevábamos para la aldea. Y así día tras día. Algún año llegámos a coger más de treinta sacos. En nuestra casa teníamos un "canizo" muy grande donde echábamos las castañas para que se secasen. Una vez que estaban secas las "pisábamos". Para esto se metían las castañas dentro de un zurrón y entre dos hombres le daban veinte golpes por cada lado al zurrón contra un "tallo" de madera. Así se les caían en trocitos la cáscara ya seca de las castañas. Luego vaciaban el zurrón en una "criva" y mi padre las "crivaba" para separar las cáscaras de las castañas. Una vez limpias, las guardábamos en una arca muy grande.

     Durante todo el año teníamos castañas para comer. Era nuestro principal alimento durante el invierno. Y mis padres le regalaban más de la mitad de ellas a los vecinos más necesitados. A mi aquello siempre me impresionó mucho, sobre todo porque nosotros no éramos ricos, y mis padres no estaban dando de lo que les sobraba, sino de lo que les hacía falta. Pero ellos lo hacían porque veían que los otros pasaban todavía más necesidad...

     Mis padres murieron hace tiempo. Pero yo los sigo echando mucho de menos. Ahora para mi, el venir al "souto" a coger las castañas, y el regalárselas a los desconocidos que pasan, es la forma que tengo de sentir a mis padres presentes y de agradecérles todos los sacrificios que hicieron por mi. Sería un pecado abandonar el "souto" y dejar que estas castañas se perdieran sin que nadie las comiera".

    Me despido del hombre y sigo caminando. La historia que me acaba de contar me toca muy dentro. La mayor parte de los peregrinos pasan a prisa, sin enterarse de que hay al menos dos almas detrás de cada castaña. Yo doy gracias porque el hecho de encontrarme medio enfermo me ha permitido pararme a escuchar la maravillosa historia del hombre de las castañas. Probablemente si me hubiera encontrado bien hubiera pasado de largo, como todos, limitándome a saludar al hombre y a desearle un buen día...

     Sigo caminando. De vez en cuando bebo un sorbo de agua de mi botella mágica. Y entra en mi el amor y la ternura de la chica que me la preparó en la tienda. Nunca la había visto. Y seguramente nunca volveré a verla. Pero doy gracias a Dios por ella. Sé que le estaré eternamente agradecido. Su amor y su limonada me han endulzado el día.

     Cuando llego a Santa Irene es ya media tarde. Pregunto si hay sitio en el albergue. Me dicen que sí. Y allí me quedó.

     Me tumbo en la cama. Tengo el cuerpo muy mazado. Pero el alma la siento muy ligera. La cabeza ha parado de darme vueltas. Y, aunque estoy muy cansado, me encuentro muy bien de ánimo. Cierro los ojos y le doy gracias a Dios por este día. Al rato me quedo dormido...

     Me despierto a las diez de la noche. Una peregrina brasileña acaba de llegar. Viene totalmente agotada. Casi no es capaz de andar. Rota y destrozada. Pregunta si hay algún lugar cerca donde se pueda cenar algo. El hospitalero le dice que el más próximo está a más de dos kilómetros. Ella se sienta en un escalón y se pone a llorar. No es una niña, sino una mujer adulta. Supongo que andará por los cincuenta y tantos años. Pero las lágrimas se le caen grandes y libres como si tuviera nueve años.

     Me acerco a ella. La miro. La saludo. Le pregunto lo que le pasa. Tiene hambre. Y no tiene fuerzas para andar los dos kilómetros hasta el bar. Le duele el cuerpo. Y se siente impotente.

     Yo la miro y le sonrío. "¿Crees en los milagros?", le digo. Cojo mi mochila. La abro. Y saco el bocadillo y los dos plátanos que por la mañana mis compañeron se empeñaron en meterme en ella. Y se los ofrezco. Ella me mira y me dice: "¿Y tú?". "Yo hoy no puedo cenar. Solo beberé la limonada que me queda en esta botella". Y le explico el porqué. Ella coge el bocadillo y se lo come. Luego se toma los plátanos". Y al terminar me mira, me toca, me sonríe, y me dice: "¿Eres un hombre o un angel?... ¡Esta noche he recuperado la fe en los milagros!".

     Yo la miro. Le sonrío. Y noto que de pronto me siento totalmente bien, ligero, completamente recuperado de todos mis dolores y malestares... Nos pasamos un largo rato conversando. Es una mujer maravillosa, que desempeña en su pais un puesto de mucha responsabilidad, desde le que aprovecha para hacer mucho bien a mucha gente... Pero hasta hoy no había descubierto de verdad, en carne propia, lo que vale un bocadillo en un momento de hambre y debilidad... Cree que esta experiencia le va a guiar en todos sus actos cuando vuelva a su país y a su puesto de trabajo. Está segura de que su vida a partir de ahora va a tener otro sentido y otro significado...

     Yo, por mi parte, me siento muy contento y satisfecho. Una chica de una tienda, un hombre que regalaba castañas, una brasileña muerta de hambre y de cansancio, un bocadillo y dos plátanos... han convertido este día en uno de los más intensamente felices de todos los que llevo vivido...

 

 

De Santa Irene al Monte do Gozo

 

"El reencuentro es un abrazo con la alegría"

     Los peregrinos empiezan a levantarse muy temprano. Sin encender las luces, y casi sin hacer ruido, cogen sus mochilas y salen del albergue. Medio despierto medio dormido me dejo seguir en la cama. Mi cuerpo se encuentra cansado de todo lo vivido el día anterior. Al final, cuando ya se han ido todos los peregrinos, y cuando la luz del día empieza a entrar por las ventanas, me levanto y me preparo para empezar a caminar.

     Voy solo. Despacio. Rumiando los acontecimientos del dia anterior. Llueve. No veo a nadie. Parece como si a todos los peregrinos se los hubiera tragado la tierra.

     Cuando llego al primer bar me siento para desayunar. Pido medio litro de agua. Y medio bocadillo de pan con jamón y tomate. Mi estómago parece estar totalmente recuperado de los males del día anterior.

     Cuando estoy terminando el desyuno llega Estefano. Le invito a sentarse y empezamos a charlar. Espero mientras el desayuna. Y luego empezamos a caminar juntos. Hoy decido tomarme el día con calma. Además Estéfano lleva varios días solo y necesita hablar.

     Mientras caminamos vamos conversando. Le pregunto por qué está haciendo el Camino. Y él se para, cierra los ojos, mira al cielo, y luego, al cabo de un rato, empieza a contárme su historia.

     "Hace cinco años empecé a encontrarme mal... Los médicos me dijeron que tenía un cancer de pancreas y que lo veían todo muy negro. Que solo un milagro podría salvarme de la muerte.

     Mi madre, que era muy creyente, me miró a los ojos y me dijo: "Hijo mío, lucha con fe, que si lo haces no te morirás. He prometido a Dios que si te salvas me iré a hacer el Camino de Santiago".

     La mirada de mi madre me hizo ver de repente toda la energía y la fuerza que había dentro de mi. Y luché. ¡Vaya si luché!. Con confianza, con serenidad, e incluso con alegría, me enfrenté cara a cara con mi enfermedad. Peleé con ella con todo mi ser. Y al final vencí. Salí vivo. Y según los médicos estoy totalmente curado y no me quedaron secuelas. ¡Se produjo el milagro!

     Pero el mismo día que a mi me dijeron que estaba curado... un camión atropelló a mi madre mientras cruzaba en un paso de cebra. Llovía y el día estaba muy oscuro. El paso de cebra estaba a la salida de una curva. Había una furgoneta mal aparcada que quitaba la visibilidad. Estaba anocheciendo.

     De repente pasé de la alegría inmensa al dolor terrorífico. Se me apagaron todas las luces. Mi corazón se rompió en mil pedazos. Y mi alma se llenó de nubarrones ácidos e irrespirables. Sentí como la nada se metía dentro de mi y me extrangulaba. Sentí la axfisia producida por el dolor insoportable. Me encontré de frente con el muro de la muerte cortándome el paso. Y pensé que la vida que yo le había ganado a la enfermedad no tenía ya ningún sentido. Había sido una victoria inutil.

     Me quedé totalmente desorientado. Ni siquiera fui capaz de ocuparme de los trámites del entierro de mi madre. Otros familiares tuvieron que hacerlo por mi. Yo era como un zombi que vagaba sin sentido. Muchas personas acudieron para darme el pésame. Yo, sin contestarles, les miraba ausente. Ni siquiera tenía lágrimas. Solo un vacío abusurdo dentro.

     Tras el entierro de mi madre caí en una profunda depresión. Me volví hosco, uraño, desagradable... Mi humor cambiante y totalmente imprevisible fue haciendo que todos mis amigos me fuesen abandonando poco a poco... Todos menos uno. Oscar, un amigo de la infancia, aguantó todos mis desplantes, y se mantuvo firme a mi lado. Decidido a sacarme del pozo.

     Y seis meses después de la muerte de mi madre, una tarde, mientras caminábamos por el monte, Oscar pudo ver como yo, por primera vez, le volví a mirar a los ojos. Y en mi cara apareció la primera sonrisa. En ese momento Oscar me dió un abrazo muy fuerte diciéndome: "Estéfano, ¡ya pensaba que te habías olvida de sonreir!". A partir de ese momento empecé poco a poco a dejar de mirar al suelo. Y poco a poco volví a redescubir la belleza de las flores, de la música, de las miradas...

     Y en cuanto me sentí bien me acordé de la promesa de mi madre. Y como ella ya no podía cumplirla decidí hacerlo yo. Y aquí estoy. Caminando hacia Compostela. En acción de gracias por haber salido por dos veces del pozo de la nada. Y en acción de gracias por mi madre y por todo lo que me dio a lo largo de toda su vida".

     Y caminando despacio, seguimos hablando bajo la lluvia. Y casi sin darnos cuenta llegamos al Monte do Gozo.

     Allí me encuentro a Clemente, a Claudio, a Leopoldina, y a todos los demás. El reencuentro es un abrazo con la alegría. Y Estéfano se une a nuestro grupo. Conversando lentamente pasamos las últimas horas de la tarde, preparándonos para ir al día siguiente el encuentro con el Apostol. Llueve, pero "en Santiago, la lluvia es arte"

 

Del Monte do Gozo a Santiago

"... pero, en calquier caso, ¡el Camino de Santiago existe! y en él se encuentra la magia, el espíritu y la simiente de un mundo nuevo, más humano, mejor y diferente".

     Nos despertamos a las ocho de la mañana. Nos miramos. Nos sonreimos. Leopoldina empieza a darnos un abrazo y un par de besos a cada uno. Y los demás la imitamos. Todos nos damos besos y abrazos. Estamos rebosantes de alegría. Saboreamos la cercanía de la meta: Santiago de Compostela. Nos faltan solo unos cinco kilómetros para abrazar al Apóstol, para acariciar las viejas piedras de la Catedral, para besar el suelo del Obradoiro...

     Es un momento maravilloso. Estamos a las puertas de la felicidad. ¿Será por esto por lo que le llaman al lugar Monte del Gozo?...

      Salgo afuera. Respiro el aire fresco de la mañana y reflexiono un rato. Rezo. Doy gracias a Dios porque existo, porque estoy vivo, porque tengo salud, porque me siento en paz conmigo mismo y con el universo... por el aire, por el azul del cielo, por el sol, por la luz... por los amigos que he conocido en el Camino, por los abrazos que acabamos de darnos, por las miradas de cariño... por todo doy gracias. ¡Gracias!.

     Me siento inmensamente feliz.

      Caminamos juntos. Alegres. Claudio, Leopoldina y Pedro caminan cantando. Clemente y Macarena hablan y se ríen con estruendo. Juan, Elena y Silvia conversan con Estéfano y este sonríe abiertamente. Yo camino de último, observándolos, y disfrutando con su felicidad.

     Llegamos a la Catedral a las once y media. Con tiempo suficiente para hacer cola para poder entrar a la Misa del Peregrino. Hay mucha gente en la plaza de Platerías. Nos dicen que no se puede entrar a la Catedral con las mochilas. Hay un sitio cerca donde nos las guardan pagando dos euros por cada una. Una consigna. Lo buscamos, lo encontramos, y allí las dejamos. Empezamos a sentir que nos falta algo.

     Entramos al fin en la Catedral. Empezamos a notar sentimientos contradictorios. La alegría de haber llegado se amasa con la pena de que algo se termina. Es la siempre agridulce sensación de la meta ya conseguida. El verdadero gozo está en el momento en que estás a pundo de llegar. Una vez que has llegado sientes ya el inevitable vacío que acompaña siempre al corazón humano, que se sabe finito, y que nunca es capaz de lograr la felicidad completa.

     Dentro de la Catedral se oye lejano el rumor de los rezos y de los cantos. Dentro laten en voz alta los pensamientos de cada uno. Pero, a pesar de todo, hay un algo misterioso que de algún modo nos une a todos: a los peregrinos y a los turistas, a los lugareños y a los de fuera, a los creyentes y a los no creyentes, a los hombres y a las mujeres... Hay un algo indescriptible que nos ha traído a todos hasta aquí. Y es un algo auténtico, verdadero, profundo, sincero...

     ¿Es el sepulcro de Santiago? Quizás no. Al fin y al cabo todos sabemos que es posible que realmente el apóstol Santiago no esté enterrado aquí ni lo haya estado nunca... pero...

"... pero, en calquier caso, ¡el Camino de Santiago existe! y en él se encuentra la magia, el espíritu y la simiente de un mundo nuevo, más humano, mejor y diferente".

 

Hola Amig@... déjate acariciar por la magia del Camino...


"I came to find God in me. And now I find Him everywhere. I have to bring this back to my daily life, where I actually live now. "Cami" means "God" in Japanese" (Wrenn)

"Caminar es besar la tierra con los pies" (Juan)


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©Juan Rúa. emaile-mail

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